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viernes, 27 de marzo de 2026

De misiones y patrañas

Para Carlos y los nueve galaicos

El mes pasado tuve la ocasión de charlar sobre varios temas con unas personas muy interesantes, de ésas que te obligan a repensar mejor algunas cosas. En estas líneas quiero dejar constancia de una de esas reflexiones propiciadas por su visita: la que atañe a la "misión" que las empresas dicen tener.

De un tiempo a esta parte, no hay empresa que se precie que no proclame viento en popa a toda web su particular versión del triunvirato mágico de "visión, misión y valores". Para mí, estas declaraciones empresariales son, en su mayoría, una pura filfa.

El objetivo último de toda empresa no es otro que ganar dinero. Todo lo demás es estrategia: cómo ganar la mayor cantidad posible de dinero con el menor esfuerzo. Parte de esa estrategia concierne a la venta. Dentro de lo que ahora llamamos marketing (porque mercadotecnia se nos hace difícil, ventas nos parece poca cosa y mercadeo tiene casi siempre connotaciones peyorativas), es importante que nuestra empresa tenga una buena imagen. Como el término imagen puede dar una cierta sensación de falsedad (puesto que no sería la cosa en sí, sino su imagen o reflejo), utilizamos identidad, que suena mucho mejor y más auténtico. Creo que es el momento de poner un ejemplo:

En mi ciudad hay ya mil bares, pero yo decido abrir uno más. Tengo claro que necesito dotar a mi local de algún rasgo distintivo frente a los demás, algo que favorezca que la gente lo conozca y, eventualmente, lo frecuente. ¿Qué puede ser ese puntito de originalidad? La decoración, la música, las bebidas, la comida, la organización del servicio... casi cualquier cosa. Podría decirse que, de esta manera, doto a mi local de su propia identidad; pero, en realidad, lo que estoy haciendo es intentar sobresalir de mi competencia con el único –y loable– objetivo de ganar más dinero más rápidamente, es decir, pretendo ser original, diferente.

No obstante, cuando decimos identidad, no sólo estamos diciendo originalidad. Dentro del paquete completo de la identidad, entendida como un escaparate para atraer la atención del cliente y, en definitiva, como un medio de ganar más dinero, se encuentra también la cantinela de la misión, la visión y los valores. Los términos son, como poco, eufemísticos. Al hablar de la visión de una empresa, nos referimos en realidad al status quaestionis del sector empresarial correspondiente que compone el dueño para sí, y que guiará su estrategia empresarial. Lo único que podría tener un pase es lo de los valores, en el caso de que la empresa se autoimponga algún límite moral en su quehacer (los legales no tienen la menor importancia, puesto que son de obligado cumplimiento). Me centraré, pues, en la misión. 

Tener una misión es supeditarlo todo (acciones, beneficios, objetivos) a un fin último, normalmente de carácter trascendente. Pongamos un par de ejemplos: 

En cierta prelatura personal se contaba la anécdota de la visita del gran jefe a la recién inaugurada universidad de cierta ciudad, de cuyo nombre sí que me acuerdo. Cuentan que el segundo de a bordo (que más tarde sustituiría al primero) le dijo:

— Ya hemos cumplido sus órdenes, Padre: nos dijo que hiciésemos una universidad y aquí está.

— No −exclamó el Padre; y aquí no puedo evitar imaginarme a Chiquito de la Calzada gritando "Noorl"−, yo no os mandé que construyerais una universidad: yo os mandé que os hicierais santos construyendo una universidad.

Otra anécdota parecida cuenta que la Madre Teresa de Calcuta, cuando visitaba a las jóvenes monjas enfermeras de alguno de sus hospitales, condensaba todas sus instrucciones en una única palabra: "ámenlos".

Eso es una misión. Para lo que nos ocupa, no importa ni la veracidad de las anécdotas ni lo acertado de las misiones. Pero, en ambos casos, todo se supedita a una meta última (de carácter cristiano, en estos ejemplos). Todo esto le resulta completamente ajeno a todas las empresas que yo conozco. Tal vez pueda estar presente en el secreto corazón de algún dueño o directivo −aunque cada vez lo dudo más−, pero jamás podría afirmarse de la empresa en sí.  

Pero la trampa es todavía más enrevesada, porque las empresas, rizando el rizo, no sólo pregonan hacia afuera una misión que no tienen, sino que pretenden trasladarla hacia adentro, al quehacer cotidiano de sus empleados. Así, es habitual (al menos en la empresas grandes y medianas) que al trabajador de turno le obliguen a contestar a disparates como "¿cuál crees que es o debe ser la misión de tu rol en la organización?". Por lo que a mí respecta, lo afirmo rotundamente: no tengo ninguna misión. ¿Pero quién me he creído que soy? Yo sólo procuro ganarme el dinero que me pagan haciendo mi trabajo lo mejor que sé y que puedo. Tutto il resto é vanità, que diría San Felipe de Neri.

Un último apunte: que una empresa, un grupo humano o una persona particular tengan una misión no sólo suele ser mentira, sino que resulta potencialmente peligroso. La Historia está llena de misiones que apenas han conseguido aportar otra cosa que no fuera sufrimiento para miles de seres humanos.



viernes, 3 de octubre de 2025

¡Pero qué bien hablan las máquinas!

Estoy harto de tener que comunicarme con sistemas informáticos.

Yo recuerdo que hace no muchos años, si tenía un problema en el trabajo, hablaba con la persona que me lo podía solucionar. ¿Que se me había fundido una bombilla? Le llamaba al electricista (que era, y esto es muy importante, un compañero de trabajo). Y lo mismo para hacer una gestión en el banco, el ayuntamiento o cualquier otro asunto. Ahora, casi nunca puedo hablar directamente con nadie, sino que tengo que usar una interfaz automática. Esto puede resultar conveniente para un cierto número de gestiones simples (obtener un billete o un certificado, por ejemplo), pero, en otros casos –la mayoría, diría yo– acaba siendo un auténtico despropósito. Veamos si consigo explicarme.

La razón que se aduce para este cambio es la mejora en la eficiencia (capacidad de obtener los resultados deseados con el mínimo posible de recursos, según la RAE). Pero esto es verdad únicamente en los casos en los que la solución al problema pueda automatizarse, como, por ejemplo, expedir un certificado. Para todos los demás, no es el sistema quien lleva a cabo la acción requerida, sino la persona de turno. En estos casos, entonces, ¿cuál es la ventaja de sustituir la comunicación personal por otra mediada por un sistema informático? Las respuestas que se suelen dar son tautológicas, como que  los nuevos sistemas mejoran la gestión o aumentan la eficacia. ¿Pero por qué, exactamente? Yo diría que la razón sólo puede ser una: la rapidez. En teoría, el sistema va a ahorrar tiempo tanto a quienes solicitan tareas como a quienes las ejecutan. ¿Pero por qué? Porque evita las charlas. Descolgar el teléfono y dar un aviso puede llevar, de hecho, menos tiempo que dejar ese aviso escrito en un sistema; la diferencia es que con el segundo no puedes charlar. Ahí está el ahorro.

De este modo, el electricista de nuestro ejemplo puede cambiar más bombillas en un solo día con el sistema informático: recibe los avisos en su dispositivo, realiza su trabajo a su ritmo y no necesita hablar con nadie casi en ningún momento. ¡Ha aumentado su eficacia! Eso sí, a costa de su despersonalización. Por tanto, cuando decimos eficacia, estamos diciendo, en realidad, ahorro económico. Y a corto plazo, además, porque me parece claro que unos trabajadores despersonalizados, dirigidos por sistemas informatizados, acabarán rindiendo peor que otros que se sientan miembros de una comunidad (aunque sea laboral).

Por otra parte, puede que los sistemas automatizados ahorren tiempo en algunas cosas, pero lo roban en otras. Véase, si no, cómo los médicos se pasan ahora una buena parte del tiempo que conceden a cada paciente alimentando el sistema informático. Vemos aquí el aspecto paradójico del asunto: algo bueno (la informatización de los expedientes médicos) conlleva algo insensato (que los médicos dediquen una parte creciente de su tiempo a un ordenador en lugar de a un enfermo). Ésta es nuestra naturaleza de sapiens: en nuestros grandes logros se esconden siempre grandes peligros.

Hasta ahora, hemos visto que la ventaja económica no está ni mucho menos clara. Llegamos así a una segunda razón, que no suele mencionarse y que me parece, en cambio, la más relevante: el control. Estas aplicaciones informáticas no han sido demandadas ni por quienes solicitan los servicios, ni por quienes los realizan, sino por sus jefes. Y éstos tal vez quieran mejorar la eficacia (o el balance económico), pero lo que desde luego pretenden es aumentar su control sobre todos esos procesos. Y justificar de paso su propia existencia, tantas veces superflua. Es, en el fondo, el viejo chiste de la trainera y la proporción entre remeros y patrones.

Hay, además, otro efecto perverso de lo anterior: como estos sistemas nunca son diseñados por quienes de verdad van a usarlos, sino por sus jefes, responden de verdad a los intereses de la gestión (léase control), no a los del trabajo en sí. En otras palabras: estos sistemas suelen ser notablemente insensatos. Estoy seguro de que entre todos podríamos levantar una montaña de ejemplos. Con esto, se cierra un peligroso círculo vicioso, puesto que muchos de estos sistemas acaban requieriendo más dedicación y esfuerzo (y no poca desesperación) por parte de los usuarios  que la "pérdida de tiempo" anterior, pero abandonando por el camino todos los beneficios y valores inherentes a la comunicación interpersonal.

En fin, si esto es el progreso, yo me doy de baja.

viernes, 4 de abril de 2025

Animales defectuosos

Nuestra tradición cultural nos ha hecho ver al ser humano como el final de la creación: nos miramos al espejo y vemos una obra acabada. Me temo que la realidad es otra. Somos un balbuceo de la evolución, un borrador apresurado y chapucero, con algunas soluciones ingeniosas, desde luego, pero con muchos problemas de diseño y funcionamiento por resolver. Hay una serie de cuestiones básicas (el cuidado de las crías, las relaciones entre los individuos y los grupos, la organización de la sociedad, el bienestar, el trabajo, el poder, etc.) que estamos tan lejos de solucionar hoy como ayer. Nuestros 300.000 años como especie (a los que podríamos sumar otros muchos miles de evolución homínida anterior) no nos han servido aún para dar respuesta a ninguno de estos desafíos.

No sé qué conclusión podríamos sacar de lo anterior, salvo ésta: paciencia. Va a ser imposible que nadie solucione nada; ninguno de los problemas de verdad importantes del ser humano se va a resolver en nuestra vida, ni en la de nuestros más próximos descencientes. Con algo de suerte, podríamos notar alguna mejora de calado dentro de unos cuantos miles de años. Y esa mejora no será social, ni cultural (que también), sino evolutiva. Si es que aún continuamos existiendo como especie, claro está (de ahí lo de la suerte).

De lo anterior cabe extraer una segunda conclusión: desconfiad de los cambios exteriores y más o menos rápidos. No debemos cambiar el mundo, sino a nosotros mismos. No tenemos que hacer un mundo mejor, tenemos que hacernos mejores a nosotros mismos. Pero, por supuesto, sólo mejoramos hacia afuera, es decir, haciendo mejor todo lo que nos rodea.

¿Cómo debe organizarse el mundo, cómo deben unos padres organizar su vida, cómo debemos educar a nuestros niños, cómo nos repartimos los recursos, etc.? Debemos tener claro que no existe una respuesta satisfactoria a ninguna de estas preguntas. Si alguien afirma que tiene las respuestas, hay que huir de él porque es un tipo peligroso, por bobo o –más probablemente– por canalla. 

He aquí por qué desconfío tanto de las ideologías, que tan correctas parecen en un papel y que tan dolorosamente acaban casi siempre. Da auténtico pavor la despreocupación con la que volvemos hoy día a corretear por aquellos mismos peligrosísimos acantilados a los que nos llevaron hace bien poco algunas de esas grandes teorías del siglo pasado. 

Otro buen ejemplo de mi descreimiento es el movimiento feminista: ¿de verdad se cree alguien que en unas pocas décadas vamos a encontrar la manera perfecta de convivir hombres y mujeres, cuando no hemos sido capaz de conseguirlo en 300.000 años? (Ojo: con esto no estoy diciendo que los pasos dados por el feminismo sean malos, ni que no se deban seguir dando más; digo que hay que ponerlos en su justa perspectiva... que no es precisamente de género.) 

Podríamos acumular los ejemplos. Aquí va el último: entre un candidato político que me prometiera la solución a mis principales problemas y otro que se comprometiera a cumplir la ley y administrar mi dinero con prudencia, yo daría inmediatamente mi voto al segundo.

Hacer América grande de nuevo, devolver su grandeza a la Madre Rusia, recuperar la esencia de España, o de Europa... Nuevos desvaríos, o, mejor dicho, los mismos desvaríos de siempre, redivivos una y otra vez por estos animales defectuosos que somos. He citado algunos ejemplos evidentes, pero cosas parecidas suceden en todas partes; también, desde luego, frente a nuestras mismísimas narices. Tal vez el problema no sea que tengamos defectos, sino que no nos damos cuenta.

martes, 7 de marzo de 2023

Esperanza en lo pequeño

Para Josu. Y hasta aquí puedo leer...

Quien se atreva –o se resigne– a leer mis pequeñas reflexiones, tal vez pueda sacar la conclusión de que soy un completo cenizo, experto en detectar desgracias y presagiar calamidades. Y algo de razón no le faltaría. Efectivamente, cuando me fijo en los grandes asuntos, en las cosas que juzgo importantes, me pasa como a Quevedo: no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Encuentro en todas partes claros indicios del ocaso de nuestra civilización, del advenimiento de profundos cambios en nuestra travesía de homo sapiens, que siempre se han saldado con miles de individuos pasándolas canutas. Incluso en los apabullantes logros científicos de nuestra época veo las semillas de horizontes turbadores.

Y si me fijo en la gente... ¡Qué decir entonces! La gente, ese compendio amorfo de necios y de lerdos, capaz de todas las majaderías, de todas las locuras, de todas las maldades; la gente, que chapotea en el lodo de su inmediatez de miras, que se regodea en su gregarismo tranquilizador, que busca afanosamente un bienestar o una creencia que le anestesie... Esa gente, incapaz de abrir de verdad los ojos, de la que nada bueno cabe esperar, está sin embargo constituida por personas individuales (¡yo entre ellas!), por una multitud de microcosmos móviles capaces de proezas inimaginables.

Aquí y allá, en mi vida diaria, me topo con personas haciendo cosas magníficas (y también, desgraciadamente, con muchos sinvergüenzas; a veces, incluso, son los mismos). Hablo de pequeños actos –un gesto, una frase, una sonrisa, una pequeña acción– sin apenas trascendencia, sin un mérito excesivo, pero que consiguen que, por un momento, en ese entorno mínimo, el mundo sea un lugar un poquito mejor.

Si los grandes asuntos, los grandes problemas, las grandes tendencias, parecen gigantescas losas negras cayendo inexorablemente sobre nuestras cabezas para aplastarnos contra el suelo, estas minúsculas hazañas cotidianas son como finísimos rayos de luz ascendente que tratan de horadar esas losas: no pueden romperlas, pero sí hacerlas ligerísimamente más porosas, menos plúmbeas, más soportables.

No me fío de las cosas grandes. Aunque sé que son necesarios, tengo muy poca fe en los grandes ideales, los grandes principios; desconfío del progreso (tal vez porque no consigo averiguar qué es), de los sistemas económicos, de los políticos; y, desde luego, no espero nada de la gente. Sin embargo, sé que sólo las personas pueden construir un futuro mejor. La salvación del mundo no está en los grandes ideales, las grandes obras, las grandes hazañas, sino en la suma de nuestras insignificancias.

Por eso, de todas las grandes palabras, las grandes ideas, hay una en la que todavía me obligo a creer: educación. No hablo de la educación reglada (que también), sino de ese proceso complejo, difuso e inacabable que puede convertir a la gente en personas, a un animal del rebaño en un miembro de la tribu (en palabras de Antonio Escohotado).

La única revolución pendiente, la única revolución posible es la que se desata en el interior de cada uno de nosotros. Esto es especialmente claro en los casos extremos: hay personas que realizan acciones execrables, literalmente imperdonables; sin embargo, estos deshechos de humanidad aún tienen una posibilidad de salvación: dejar de ser esas personas y convertirse en otras, a quienes las acciones cometidas les resulten completamente ajenas. Esto, en el nivel que corresponda en cada caso, es verdad para todos y cada uno de nosotros. 

A todos nos compete liderar nuestra propia revolución, y todos somos capaces de culminarla. ¿A qué esperamos? El futuro de la humanidad no depende de las grandes cosas, sino de esas minúsculas conquistas sobre nuestras miserias.

martes, 28 de febrero de 2023

Lenguaje, corrección política y pasta gansa

Se ha hablado mucho estos días acerca de las nuevas versiones de las novelas de Roald Dahl e Ian Fleming, expurgadas de cuanto pudiera suponer un motivo de indignación para la corrección política aparentemente imperante.

No quiero repetir los argumentos de quienes consideran este empeño una censura inaceptable y una formidable majadería. Estoy de acuerdo con ellos. Me gustaría insistir en otro hecho que, sin ser desconocido, suele pasar, a mi juicio, algo desapercibido. Me estoy refiriendo a lo que casi siempre es la verdadera madre del cordero: la pasta.

Cuando una editorial decide retocar los textos de un autor (como ya sucedió con Enid Blyton), lo hace porque calcula que así ganará más dinero (o también a la defensiva: porque teme que alguien pueda organizar una campaña en su contra si no lo hace). Lo mismo puede decirse de la productora cinematográfica que se plantea modificar las características básicas del personaje de James Bond. En ningún caso estamos hablando de las convicciones ideológicas o los valores morales de estas empresas: es negocio, puro negocio y nada más que negocio.

Somos tan tontos que nos tragamos su estrategia de ventas y, lo que resulta aún más increíble, permitimos que moldee nuestros gustos, nuestros juicios y nuestras percepciones. Al final, acabamos creyéndonos que lo lógico y normal, que lo éticamente correcto, es no llamar jamás gordo a un gordo, calvo a un calvo, etc. Y todo porque un avispado vendedor pensó que así nos sacaría más dinero.

jueves, 23 de febrero de 2023

Empecinados en lo irrelevante

Al publicar mi último texto, me quedé, una vez más, con la sensación de que no me había sabido explicar del todo bien. Confío en que no parezca que he perdido definitivamente el juicio si, para tratar de enmendarme, comienzo contando un cuento (que adapto de El chapuzas, una historieta de Goofy que leía de niño en la fantástica colección de Dumbo). Vamos allá:

Un hombre tiene un coche que últimamente funciona cada vez peor. Mete mucho ruido, ha perdido potencia, a veces el motor da unos empujones raros... El hombre, preocupado, lo lleva a un taller. Al de un par de días, el mecánico le llama y le dice que puede pasar a recogerlo porque ya está arreglado. Nuestro hombre va a buscar su coche y se lo encuentra reluciente.

— El coche estaba sucísimo –le explica el mecánico–, así que lo hemos tenido que lavar entero, por fuera y por dentro. También hemos tenido que pulir los tapacubos y cambiar la alfombrilla de los pedales. En total, aquí tiene la factura –y le pasa el papel.

— No me lo puedo creer  –exclama nuestro hombre–, ¿eso es todo lo que has hecho? ¿Ni has mirado el motor? Yo no he traído el coche para que me lo limpies, sino para que me lo arregles. Y lo único que has hecho es enredar en tonterías.

— ¿Pero es que no está mejor ahora que antes? –pregunta el mecánico, más bien ofendido.

— Lo que has arreglado son unos detalles sin ninguna importancia que me traían sin cuidado –le responde el hombre–, el coche sigue estando igual de mal que cuando lo traje. Ahora tendré que llevarlo a un taller de verdad. Y, por supuesto, no pienso pagarte esta factura.

Ya está, éste es el cuento. En esta versión, el descerebrado es el mecánico; pero también podríamos haberlo contado al revés: un hombre que lleva su coche a pintar cuando el motor se está cayendo a pedazos.

Con todos los detalles y los pormenores que queramos añadir, creo que esta historieta del coche expresa bastante bien la ceguera de nuestra sociedad, de la que quise hablar en mi anterior entrada (a cuenta de la señora ministra). Porque así también vamos nosotros, muy ocupados pasando la aspiradora por los asientos de nuestro coche, discutiendo con obstinación si bajamos o subimos una ventanilla, si conviene repintar la carrocería, y de qué color, pero sin prestar atención a si el motor responde como debe, a si tenemos suficiente gasolina, a si conducimos adecuadamente... Y, sobre todo, sin repajolera idea de hacia dónde vamos.

martes, 14 de febrero de 2023

¡Ese cuerpo, señor ministro!

Ninguna parte anatómica de un ministro debería ser motivo de debate político (salvo excepciones evidentes, como, por ejemplo, el cerebro de uno que haya sufrido un ictus). Sin embargo, hace unos días, cierta parte de una ministra originó un buen rifirrafe público. Creo que los motivos principales de esa polvareda fueron dos, en modo alguno excluyentes.

La primera razón es muy simple: la mirada de nuestra sociedad sigue siendo bastante machista. El aspecto personal de las mujeres políticas (iba a escribir públicas) es examinado con un detalle que no se aplica a sus colegas masculinos. Los atuendos, los complementos, el peinado, la forma física... todo sufre un escrutinio implacable por parte de la opinión pública, pero sólo –o especialmente– en el caso de las mujeres. El seguimiento periodístico casi diario sobre la ropa utilizada por la reina es, para mí, el ejemplo más llamativo de este desequilibrio.

La segunda razón es más compleja. Tiene que ver con la importancia excesiva que nuestra sociedad actual otorga a los gestos (actos o hechos que implican un significado o una intencionalidad, según la RAE).

No puede decirse que un gesto sea, en sí mismo, algo malo. Más bien al contrario (hablamos siempre, claro está, de gestos positivos). Sin embargo, un gesto no implica ningún compromiso, ninguna acción, no cuesta nada y no supone apenas trabajo. Ante un problema, un gesto puede ayudar, pero tampoco lo soluciona. Más aún, un gesto puede ser la táctica perfecta para disimular o rehuir la responsabilidad que a uno le corresponda: en lugar de un compromiso, en lugar de una acción o un trabajo sostenido, regalo un gesto, que me alivia y da la sensación de empatía necesaria para soslayar lo que de verdad debería hacer.

Los ejemplos son múltiples: no aceptamos a los pobres en nuestro entorno (o a los extranjeros, o a los homosexuales, etc.), pero nos ponemos camisetas solidarias o acudimos a manifestaciones; no somos capaces de hacer un auténtico examen de conciencia sobre nuestros hábitos, pero publicamos tuitts ecologistas, feministas e inclusivos y criticamos con dureza a quien se ponga a tiro por esos motivos; no cumplimos (o lo hacemos deficitariamente) las normas sanitarias, pero aplaudimos desde el balcón; no somos capaces de arrimar el hombro en nuestro entorno, pero nos hinchamos a firmar peticiones en change.org; no dedicamos el esfuerzo necesario a nuestros estudios o nuestro trabajo, pero participamos de la manifestación a favor de la educación o en contra de los recortes;  consentimos el abuso en nuestro entorno, pero firmamos manifiestos contra el bullying; conducimos de aquellas maneras, pero firmamos a favor de una mayor seguridad vial; en el parlamento, los políticos portan camisetas, enseñan carteles, se levantan, patalean, aplauden, se van, cruzan ingeniosidades... pero no cumplen con la función que les hemos encomendado; la lista podría ampliarse sin mayor esfuerzo. Somos una sociedad de gestos, con muy poquito por detrás.

Volviendo al caso que nos ocupa, ¿qué significado o intencionalidad cabe atribuir al hecho de que un ministro –una mujer, en este caso– no utilice una prenda interior? Es verdad que todo en el mundo puede entenderse como símbolo, aunque tampoco sepamos si esa plurisignificatividad existe de verdad en la naturaleza o se la otorgamos nosotros, gracias a una de esas extrañas habilidades que posee nuestra especie animal. En este caso, las interpretaciones pueden ser –han sido, de hecho– tan variadas como las miradas de quienes opinan. (Además, debemos sumar otro condicionante, por desgracia cotidiano: la mayoría de las opiniones son torticeras, malintencionadas y buscan por encima de todo desprestigiar al enemigo, sea éste quien sea).

Es más fácil ocuparse de la anatomía de un ministro que formarse una opinión sólida sobre su gestión,  debatirla debidamente y actuar en consecuencia. Que esto suceda más con las mujeres se explica por la primera razón apuntada. Pero en ambos casos, la sociedad tiende a manejar gestos, detalles menores, pequeñeces que le mantienen ocupada y le proporcionan una falsa apariencia de estar al tanto de la cosa pública, pero sin entrar nunca en el meollo de las cosas, sin discriminar las cuestiones importantes, sin plantearse alternativas para la acción, sin asumir nunca responsabilidades. Gestos, gestos y más gestos. Y la realidad, mientras, haciendo de las suyas. Y el hatajo de sinvergüenzas que nos pastorea, también.

martes, 8 de marzo de 2022

De nuevo sobre líderes y liderazgo

Para Arantza, que me ha invitado a pensar mejor.

En mi escrito anterior sobre los líderes y el liderazgo, me temo que traté el asunto de una manera un tanto superficial (como corresponde a lo limitado del espacio y lo aún más limitado de mis conocimientos), sin entrar en el meollo de la cuestión. Trataré ahora de enmendar mi falta, en la medida de mis pobres posibilidades.

En primer lugar, creo que los conceptos de líder o de liderazgo son en buena medida eufemísticos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven que acaba de firmar su primer contrato laboral. El dueño de la empresa le da la mano y le dice:

— Bienvenido, ya eres un nuevo colaborador de la empresa, ahora yo seré tu líder.

— No, no te equivoques –le corrige el nuevo empleado, demasiado joven para haber aprendido aún a callar–, yo trabajaré para ti y tú serás mi jefe.

También podemos recordar una frase escuchada con cierta frecuencia:

— Fulanito lidera un equipo de X personas.

— No  –corregiría nuestro joven osado–, Fulanito manda un equipo de X personas.

Un tercer ejemplo: muchas empresas han dejado de tener una "jefatura de personal" para disponer de un "departamento de gestión de personas" (o alguna otra formulación similar).

En estos casos constatamos que, cuando decimos líder, estamos queriendo decir jefe; cuando hablamos de liderazgo, estamos en realidad hablando de mando o, de modo más general, de poder. Pero, no sé por qué, en nuestra sociedad, tan exquisitamente igualitaria y democrática, está mal visto ejercer el poder; más aún: parece que todo poder estuviera esencialmente deslegitimado, o por lo menos fuera sospechoso per se. Y para procurar que la idea de poder quede camuflada, utilizamos el eufemismo, de modo que los jefes se convierten en líderes, los empleados en colaboradores y el poder en liderazgo.

Sin embargo, de esta manera incurrimos en un grave error, porque, sin darnos cuenta –aunque me temo que algunos sí que son plenamente conscientes– acabamos manejando una idea mucho más amplia y peligrosa: colaborar exige una implicación personal mayor que obedecer; a un jefe se le obedece de ocho a dos, pero a un líder se le sigue a todas horas; una empresa tiene derecho a gestionar el quehacer de su empleado, pero de ningún modo tiene derecho a gestionar su persona. Camuflando una relación de obediencia, se nos ha colado otra de dependencia y sometimiento.

En segundo lugar, el liderazgo debe ser, a mi modo de ver, un reconocimiento ajeno y a posteriori. Dentro de un grupo humano, del tipo que sea, a veces –o sea, no siempre– sucede que una persona, por sus cualidades o su desempeño, se constituye en la más importante de todas, en el núcleo o el alma de dicho grupo. Esa consideración, además, casi siempre es implícita o tácita y no ha sido buscada por la persona en cuestión. 

Otra cosa diferente es que ese grupo, si necesita llevar a cabo un trabajo, se organice para ello de la manera que estime conveniente, estableciendo diferentes funciones que impliquen que uno mande y otro obedezca. (Cuando el grupo en cuestión se organiza de forma jerárquica, esas funciones son inevitables.) Pero esa persona que manda o dirige será –al menos en principio– un encargado o un jefe, nunca un líder.

Lo que es un disparate absurdo es que alguien se constituya en líder de un grupo humano por decreto, a priori, sin haberse ganado previamente esa consideración por parte de sus compañeros. Si alguien se acerca a un grupo diciendo "yo voy a ser vuestro líder", ese fulano es un usurpador, un aprendiz de tirano, un necio con ínfulas de grandeza.

En definitiva, creo que la creciente ola de líderes y liderazgo que estamos sufriendo es de carácter eufemístico y apriorístico. Dos graves errores que mantienen mis pilotos rojos de alarma a pleno rendimiento.

miércoles, 2 de marzo de 2022

De líderes y liderazgo

Se me activan todos los pilotos rojos de alarma en cuanto oigo hablar de líderes o de liderazgo. Desde hace unos cuantos años, estas palabritas (y el sucedáneo de idea que esconden detrás) se han convertido en uno más de los ídolos a los que sacrificamos nuestra sensatez, o lo que nos va quedando de ella. Es fácil ver aquí un nuevo ejemplo de colonización cultural, pero me temo que el asunto da para más.

En los ámbitos empresarial y administrativo, el liderazgo ha servido para que unos cuantos listillos se forren dando cursos de supuesta formación a un creciente enjambre de jefes y jefecillos que se creen una moderna mezcla de Alejandro Magno y Gengis Kan. Dejar una empresa en manos de semejantes orates engreídos consigue, en primer lugar, volver tarumbas a sus pobres subalternos y, en última instancia, lastrar su funcionamiento cotidiano y poner en peligro su propio futuro.

Sin embargo, es en lo político donde el dichoso liderazgo muestra toda su potencial malignidad. Un político es alguien elegido por sus conciudadanos para gestionar la cosa pública, y que debe rendir cuentas de dicha gestión; su posición preeminente es, por tanto, circunstancial y transitoria. El líder, en cambio, es alguien que, supuestamente por su comportamiento ejemplar o heroico (en realidad, más bien por su astuta utilización de la propaganda), se gana la voluntad popular para situarse por encima de sus conciudadanos, que cambian así su condición por la de seguidores acríticos. El político es examinado, el líder es seguido; al político se le juzga, al líder se le obedece y, eventualmente, se le ama; el político establece un pacto de confianza; el líder, de lealtad.

Un país culto, bien instruido e informado, no necesita un líder. Esta campaña ubicua de elogio del liderazgo, que pretende llenar de líderes todos los ámbitos de nuestra vida, coincide con otra serie de cambios globales que parecen pretender el freno del librepensamiento y de las libertades públicas y, en definitiva, el fin del llamado estado del bienestar. ¿Es casual esta coincidencia? Me cuesta creer que lo sea. Más bien me parecen síntomas de un mismo fenómeno.

Yo no quiero tropezarme con ningún líder, ni en mi escalera, ni en mi trabajo, ni en mi país, ni en ningún sitio. Son peligrosísimos. Basta con echar un vistazo al mundo para comprobarlo.

lunes, 24 de enero de 2022

Libertad e igualdad

Libertad e igualdad son dos palabras muy manidas, cuyo significado, con tanto uso, se vuelve cada vez más vago. Me resulta curioso, por cierto, que la tercera parte del eslogan revolucionario, la fraternidad, haya casi desaparecido de la escena. ¿Tal vez porque contiene un elemento algo más espiritual, porque interpela a un resorte más recóndito de nuestro corazoncito, y eso la convierte en un concepto menos apto para el debate público? Sea como sea, me gustaría dedicar estas líneas a reflexionar sobre la libertad y la igualdad, en la medida de mis pobres entendederas.

En primer lugar, hablamos de dos ideales que no pueden pretenderse de manera absoluta, sino relativa. Nadie puede aspirar a una libertad completa, puesto que debe compaginarla con la de sus congéneres; del mismo modo, todos somos únicos y una igualdad completa entre nosotros no sería ni posible ni deseable. Una vez más, lo difícil es el equilibrio.

También resulta difícil saber cuándo estas palabras se usan de una manera inocente. Nuestra especie es capaz de lo mejor y de lo peor, a la vez: el lenguaje con el que nos comunicamos nos sirve también para engañarnos; los grandes ideales nos empujan a construir un mundo mejor, pero también los usamos tramposamente para nuestros propios intereses.

Hay una manera reduccionista de entender la libertad, que la equipara con el cumplimiento de la propia voluntad o, más aún, con la satisfacción de los deseos propios. Todo ello está relacionado, obviamente, pero no es ni mucho menos lo mismo.

Hoy en día, estamos viendo cómo los sectores políticos que más se identifican, por su cercanía o simpatía, con los ricos y los poderosos enarbolan cada vez con más insistencia y desparpajo la palabra "libertad". Según ellos, estamos sufriendo un ataque sistemático contra la libertad individual, llevado a cabo no se sabe muy bien por quién (porque unas veces lo hace "la izquierda" y otras, "la plutocracia internacional"). ¿Qué libertad es la que pretenden salvaguardar estas voces? Me temo que, en realidad, de lo que hablan es de  liberalización y desregularización. Dicho de otro modo: quieren la libertad de hacer de su capa un sayo para ganar dinero de todos los modos posibles, sin tener que preocuparse de pequeñeces morales o legales.

La voluntad individual siempre deberá sujetarse a la voluntad general, vale decir, la ley. En los últimos tiempos, cada vez más gente, en un abanico de asuntos cada vez más amplio, protesta si se le obliga a cumplir las normas, porque lo presenta como un atentado a su libertad. Pero el caso es exactamente el contrario. La pandemia nos ha proporcionado múltiples ejemplos de este despropósito.

Por su parte, detrás de la bandera de la igualdad pueden encontrarse no pocas veces sentimientos de  revanchismo o de pura envidia. Se olvida así que igualdad no significa uniformidad. Que todos reciban lo mismo no es justo, porque no todos aportan lo mismo: hay ciudadanos ejemplares y también sinvergüenzas redomados; los hay trabajadores y vagos, capaces y lerdos, etc. Una cosa son las oportunidades y otra, su aprovechamiento.

Además, si bien la igualdad debe estar en las oportunidades, tampoco éstas tienen por qué ser idénticas para todos. Hay que distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. Por poner algún ejemplo de brocha gorda: las oportunidades para que un niño ciego sea pintor, o futbolista profesional, son cercanas a cero; sin embargo todos sabemos que un niño europeo blanco va a tener más posibilidades de vivir mejor que una niña afgana; o uno nacido en el barrio de Salamanca y otro echado al mundo en la Cañada Real. Al niño ciego habrá que que brindarle otras oportunidades; pero modificar lo segundo sí que está en nuestra mano. Y no lo hacemos.

Creo que la educación en nuestro país (y tal vez en otros) es un buen ejemplo de perversión del concepto de igualdad: bajo la bandera de la igualdad de oportunidades, se ha eliminado el mérito, se han rebajado las exigencias para que puedan ser cumplidas cada vez más fácilmente por cada vez más alumnos y, en resumen, se ha igualado a todos por abajo, en una búsqueda insensata –y quiero creer que inconsciente– de la mediocridad.

En definitiva, libertad e igualdad son dos mecanismos sociales, en cierta medida antagónicos, que deben ajustarse y equilibrarse constantemente. Y la herramienta para efectuar esos ajustes se llama justicia. ¿Es justo que tal individuo disfrute de la libertad de hacer tal cosa? ¿Es justo que tal individuo reciba el mismo trato -en lo que sea- que tal otro? (Pero, por supuesto, y como siempre: ¿quién es capaz de contestar estas preguntas?)

Tiendo a desconfiar del privilegiado que grita "libertad", del mismo modo que desconfío del paria que grita "igualdad". Por supuesto, ambos casos pueden estar plenamente justificados (aunque parece que uno debería sentir más simpatía por el paria que por el privilegiado, independientemente de sus anhelos o reivindicaciones). 

Es comprensible que defiendas la vigencia de la ley de la selva si tú eres el león; en cambio, si fueras la gacela, preferirías que las relaciones entre los animales estuvieran reguladas por leyes consensuadas entre todos.

jueves, 23 de septiembre de 2021

El consejo

El otro día estuve charlando con una persona extraordinaria. Una de las anécdotas que me contó me parece digna de ser compartida. Y, como creo que a ella no le va a importar, lo voy a hacer.

Hace bastantes años, esta amiga mía trabajaba –entre otros– con alumnos universitarios. En cierta ocasión, uno de ellos quiso hablar en privado con ella para hacerle una pregunta personal importante. 

— Tú estás siempre contenta –le dijo el chaval–, llena de entusiasmo, pareces feliz y tienes más energía que cualquiera de nosotros. ¿Cómo lo haces? ¿Me puedes decir cuál es tu secreto?

— ¿El secreto? Claro que hay un secreto –le contestó mi amiga– y ahora mismo te lo voy a decir, porque es muy sencillo. Difícil, pero muy sencillo: hacer el bien a los demás. ¿Quieres ser feliz? Ayuda a tus semejantes. No hay más.

Y ya está. La historia es muy simple. Pero el consejo de mi amiga podría ser revolucionario, ¿no te parece?

viernes, 16 de julio de 2021

Ley de libertad sexual

He leído la Proposición de Ley de Protección Integral de la Libertad Sexual y para la erradicación de las violencias sexuales, que, una vez más, ha creado un gran revuelo en los periódicos (aunque, también una vez más, casi nadie se ha molestado en facilitar el texto a los lectores).

Como era de esperar, hay artículos que me parecen bien y otros (el 28, por ejemplo) que me parecen mal. No escribo estas líneas para discutir esas cosas, sino para llamar la atención sobre la gran carga ideológica de la ley, que se explicita especialmente en el apartado introductorio de Exposición de Motivos. Tal vez esté equivocado, pero a mí me parece que el texto de una ley debe ser lo más neutro posible, de modo que cualquiera pueda aceptarlo como suyo, independientemente de su grado de acuerdo. Sin embargo, en este caso parece que el legislador aprovecha para dar rango de ley a lo que no dejan de ser opiniones particulares (aunque uno pueda estar de acuerdo con ellas). Coloco algunos ejemplos:

  • Las violencias sexuales son una manifestación de las violencias machistas.
  • Los roles de género sustentan la discriminación de las mujeres y la penalización, mediante formas violentas, de cualquier expresión de la disidencia respecto a la normatividad heterosexual, sexual y de género.
  • Las violencias sexuales no son una cuestión individual, sino social; no se trata de una problemática coyuntural, sino estructural.
  • Además de la discriminación por razón de género, las mujeres se enfrentan a un sistema de discriminaciones solapadas que da lugar a formas de violencia multidimensionales y, en consecuencia, a vulneraciones múltiples de derechos humanos.

Lo repito: creo que este tipo de afirmaciones no deberían formar parte del texto de una ley. Y además, algunas de ellas me parecen solemnes majaderías.

Analicemos, por ejemplo, la segunda frase: parece ser que hay una normatividad sexual, otra heterosexual y otra más de género. Para empezar, ¿qué entendemos por normatividad? Que yo sepa, la palabrita en cuestión expresa la cualidad de lo normativo (por ejemplo, la normatividad de una gramática normativa), mientras que aquí parece utilizarse en el sentido de 'conjunto de normas'. No deja de ser asombroso que un legislador no conozca el recto uso de estas palabras. Pero sigamos: hay esos tres conjuntos de normas, que al menos yo ignoro por completo, y si alguien expresa su desacuerdo con ellas (aunque hablar de disidencia le aporta un matiz diferente, y aunque no entiendo cómo alguien puede no estar de acuerdo con algo que desconoce) va a resultar penalizado de forma violenta (es decir, agredido: ¿por quién?); y todo ello es posible por los roles de género (que tampoco sé lo que son, ni la relación que guardan con las tres normatividades). En fin, para mí, al menos, el veredicto es claro: esta frase es una memez que nunca debería poder leerse en una ley.

Quiero señalar otro problema que encuentro en esta Ley, a mi juicio también de raíz ideológica.

El Artículo 1 comienza muy bien, hablando del derecho a la libertad sexual de todas las personas, y dejando sentado que la ley no consentirá discriminación alguna por motivos de género, sexo, orientación sexual, identidad sexual o de género (¡cinco motivos, nada menos!). Acto seguido, señala que la Ley va a contener una serie de medidas específicas para las mujeres, pero aclara que esto no se considera discriminatorio, porque tienen la finalidad de remover los obstáculos que impiden que los hombres y las mujeres puedan disfrutar de su libertad en igualdad de condiciones. En definitiva, la famosa discriminación positiva, que siempre me ha parecido razonable pero de encaje legal delicado (los españoles son iguales ante la ley, que dice el artículo 14 de la Constitución). También me llama la atención que, al defender esta posible discriminación, ya no se andan con tantos remilgos como en el párrafo anterior, y hablan directamente de hombres y mujeres.

El caso es que, a lo largo del larguísimo articulado de la Ley (47 páginas), a mí al menos no me queda claro cuándo están hablando de personas y cuándo de mujeres. Más aún, me parece que, en general, sólo hablan de mujeres. Por ejemplo,  en el cuarto apartado de la Exposición de Motivos se anuncia que el Título III recoge los derechos de las mujeres víctimas de violencias sexuales. ¿Pero es que un hombre no puede ser víctima de la violencia sexual? En este caso, al parecer, no cabe hablar de víctimas y víctimos... 

viernes, 9 de julio de 2021

Jóvenes, juerga y pandemia

El derecho de uno obliga a todos. Que tú tengas derecho a la vida implica necesariamente que todos nosotros tenemos la obligación de procurar salvaguardártela. Y así con todos tus derechos. Pero si tienes un deseo o una aspiración que no obliga al resto, entonces esa aspiración no constituye un derecho. Y llegamos así al caso que nos ocupa: no existe el derecho a la juerga. Es lícito, puede ser razonable e incluso deseable que quieras divertirte; pero no es un derecho. Y a mí, particularmente, me trae sin cuidado que te diviertas o no. Más aún, si tu diversión me causa el más mínimo inconveniente, prefiero que no te diviertas.

En la situación actual, con la quinta ola de la pandemia asomando la patita, resulta que la manera en la que unos cuantos se divierten supone un peligro para la salud de todos (y no sólo para la salud, pues también afecta a la economía y al bienestar general). En otras palabras: la satisfacción de un deseo particular vulnera un derecho colectivo. 

Sin embargo, muchos –y no sólo los juerguistas, jóvenes y no tan jóvenes– presentan la situación exactamente al revés, como si una banda de liberticidas pretendiera privarles de sus derechos ciudadanos. Ver a un nutrido grupo de beodos, con sus litronas en la mano, coreando "libertad" es grotesco. Que partidos políticos se sumen a esta perversión del concepto de libertad, e incluso la fomenten, es muy alarmante.

Para colmo, muchas voces piden –o exigen, según gusta decir últimamente– que se vacune masivamente a los jóvenes, antes incluso que a personas de más edad, porque así resultarían menos peligrosos sus modos de diversión. Es decir, se pretende que, una vez más, paguemos entre todos los gastos que origina el mal comportamiento de unos pocos. En el fondo, la cosa no es muy diferente de tener que pagar con dinero público los destrozos del mobiliario urbano que causan los vándalos ciudadanos. 

Con todos los problemas y los errores que uno quiera encontrar, el hecho es que estamos gastando una gran cantidad de dinero en administrar vacunas a la población, para evitar que enferme y, eventualmente, muera. Lógicamente, la administramos según su riesgo sanitario. Y ahora aparece un grupo de descerebrados insolidarios diciendo: "sé que mi comportamiento es peligroso para todos, pero me da igual y voy a seguir haciéndolo, porque he decidido que sea mi derecho; y ahora, si quieres que no sea tan peligroso, págame una vacuna". A mí me parece algo cercano a la extorsión.



miércoles, 2 de junio de 2021

De periodistas, lenguaje, pensamiento y sociedad

Me resulta difícil leer un periódico o escuchar un noticiario sin irritarme. Muchas veces me parecen un ejemplo magnífico de necedad, un síntoma claro de la tontuna que nos ahoga.  Por si acaso, me apresuro a aclarar que no siempre, y que hablo en términos generales, y que existen magníficos profesionales, cultos, inteligentes y capaces; pero creo que son, cada vez más, la excepción. Los periodistas de los que hablo son víctimas de un estado general de incultura galopante, pero también sus impulsores más decididos. Averiguar si fue antes el huevo o la gallina excede mis capacidades.

Quiero dedicar unas líneas a ejemplificar algunos de los irritantes usos que, a mi modo de ver, sólo se explican si el nivel intelectual del periodista es tirando a lamentable. No citaré las fuentes, por motivos evidentes, pero no me invento nada.

1. Un primer tipo de casos son los errores léxicos, que denotan un pensamiento romo, incapaz de percibir matices. Algunos ejemplos :

  • Desde hace tiempo, ya nadie analiza la situación de algo, se plantea alternativas de actuación, o estudia las posibilidades futuras. Ahora sólo se calculan diferentes escenarios. Como si todo esos términos fueran equivalentes, y estudiar un escenario tuviera sentido fuera de la dramaturgia.
  • Últimamente nadie nadie critica algo o a alguien, sino que arremete contra algo o alguien. Y no es lo mismo, se mire como se mire.
  • Últimamente las acciones no son urgentes, necesarias, perentorias, imprescindibles, ineludibles... Ahora todo se hace sí o sí. Adiós al matiz.
  • Alguien pensó que tensar no era suficientemente largo, e inventó tensionar. (Desde entonces, estoy esperando a que alguien largue el primer tensionamentar.) Con la pandemia, los hospitales no estaban saturados, sino tensionados. Y a partir de aquí, se está produciendo una propagación vírica (nunca mejor dicho) del uso de la palabrita de marras.
  • Hay errores que producen casi hasta ternura. Ayer mismo, alguien explicaba en un periódico que el tramo más barato en el nuevo sistema de tarifas eléctricas corresponde a los findes de semana...

2. Otro tipo de usos irritantes consiste en noticiar lo obvio. Algunos ejemplos:

  • El otro día, un periódico daba la noticia de que una mujer, supongo que famosa, había dado a luz después de nueve meses de embarazo. ¡Insólito, pardiez!
  • Ayer mismo, otro periódico, tras presentar los tres tramos de facturación eléctrica que entran en vigor este mes, publicaba un artículo titulado "Cómo ahorrar en la factura eléctrica", en el que explicaba que, para pagar menos, había que evitar los tramos más caros y consumir en los más baratos. ¡Quién podría imaginar tamaña audacia ahorradora!
  • La prensa deportiva es especialista en lo obvio, tal vez porque tiene que rellenar unos espacios enormes que algún otro necio ha reservado de antemano. Así, un día sí y otro también nos enteramos de noticias tan impresionantes como que tal equipo de fútbol ha entrenado con normalidad, o que tal otro afronta su próximo partido con la intención de ganar...

3. Ya que ha salido el asunto, y aunque me aparto un tanto de mi intención inicial, no me resisto a comentar algunos usos del periodismo deportivo, ámbito feraz en el que florecen todas las tontadas lingüísticas habidas y por haber. Por citar sólo algunos casos:

  • La absurda eliminación de los determinantes, que hace que un futbolista corra por lado derecho, o chute con pierna izquierda.
  • Ahora los deportistas no se lesionan, por ejemplo, en una pierna (o en la pierna derecha), sino en una de sus piernas (o en su pierna derecha). ¿Acaso puede alguien lesionarse en la pierna del vecino?
  • Ahora los futbolistas no avanzan, sino que progresan; no se caen y se levantan, sino que pierden y recuperan la verticalidad; no entran en el campo, sino que ingresan en el terreno de juego.
  • El campo de fútbol es el terreno de juego, pero también el césped, el verde, y hasta el pasto. El saque de banda es también de lateral, de costado, de lado. La camiseta de los jugadores es también camisola, elástico (hasta ahí, pase) e incluso zamarra. ¿Para cuándo jubón?
  • No quiero dejar sin señalar los increíbles hábitos prosódicos de los comentaristas deportivos, que darían para varias tesis doctorales: su enloquecedora capacidad aulladora, sus grupos fónicos alterados, sus patrones entonativos chiripitifláuticos, sus desesperantes muletillas...
  • Mi ejemplo favorito es el del periodista que dijo que no sé qué futbolista había metido un gol de un formidable testarazo con pierna derecha...

4. Por supuesto, no todo lo que me irrita de un periodista tiene que ver con el lenguaje. Lo peor es la trampa, la tergiversación, la manipulación y la mentira. Pero esto (que, por cierto, también se realiza por medio del lenguaje) requeriría otro espacio específico. En el primer párrafo, hablaba de periodistas cultos, inteligentes y capaces. El caso es que no basta con eso para ser un buen periodista: también hace falta no estar sometido económica o ideológicamente, estar razonablemente libre de prejuicios, no ser una mala persona... ¿Quién dijo que ser periodista fuese una cosa fácil?

He descrito algunos usos lamentables del periodismo actual. Hay más, y no sólo los cometen los periodistas. Podría decirse que la mayoría de ellos son meramente lingüísticos, pero, tras el lenguaje, se sitúa el pensamiento. Y creo que muchos de los ejemplos anteriores no lo son sólo del mal decir, sino también del mal pensar.

Esta pobreza expresiva –y mental– de la prensa, ¿a qué obedece? Caben dos respuestas: en la primera, los periódicos rebajan sus exigencias (eliminan los correctores, etc.) por un afán miope de reducir gastos, al entender que a la sociedad no le importan demasiado esas lindezas; en la segunda, se trata de una operación consciente para rebajar el nivel del discurso público, porque así se consigue una sociedad más manipulable. En ambos casos, la culpa última no es de los periodistas, sino de quienes les pagan, y de la sociedad, que ni discierne ni discrimina; o sea: de nosotros. Es, por tanto, nuestra responsabilidad.



viernes, 28 de mayo de 2021

Palabras en cuarentena

Decía Borges que el lenguaje es un ordenamiento eficaz de la enigmática abundancia del mundo.  En efecto, gracias a las palabras somos capaces de entender y manejar la realidad. Pero, como siempre, no todas las palabras son iguales. Algunas tienen un significado claro y preciso, mientras que otras provocan una constelación de significados múltiples. (En realidad, no hay palabras con un único significado unívoco y constante, salvo –y tampoco del todo– en los usos metalingüísticos. Pero existen, como siempre, los grados.)

Hay muchas palabras que tienen un significado tan amplio, tan impreciso, tan dependiente de las circunstancias, y que son además tan manidas, se utilizan para tantos fines y con tantos sentidos, que al final pueden expresar casi cualquier cosa, de modo que, en rigor, apenas significan nada. Me gustaría dedicar las siguientes líneas a repasar algunas de ellas.

En el ámbito universitario, que me es más propio, se repiten como mantras términos como aprendizaje inclusivo, significativo, transversal o autónomo; también interdisciplinariedad, interculturalidad, calidad o competencias. Nadie sabe muy bien qué significa ninguno de esos términos, a pesar de (o precisamente debido a) que se han escrito ríos de tinta sobre ellos. Quien las utiliza, puede que lo haga en un sentido recto (de acuerdo a una determinada definición o concepción teórica) o puede que no; y no hay manera de saber cómo las va a entender el receptor. El fracaso de la comunicación, por tanto, está prácticamente asegurado. Pero todos seguimos adelante, fingiendo que nos entendemos. Y eso es grave, especialmente si pretendemos estar haciendo ciencia.

Otros términos, aunque también se usen en la universidad, tienen ámbitos de aplicación más amplios, como la innovación, el liderazgo, la igualdad, las sinergias o la cultura.

El ámbito fetén en el que este tipo de palabras alcanza su hábitat perfecto es, desde luego, el político. Libertad, democracia, derechos, progresista, fascista, liberal, facha, comunista... La mayor parte de las veces, en boca del político de turno (o del grupo de tifossi correspondiente), estas palabras no significan nada, bien porque han ampliado su significado hasta abarcar cualquier cosa que interese en el momento (todo se puede probar si las palabras que se usan no están claramente definidas, que decía André Maurois), o bien porque lo han deformado hasta el insulto. 

Tratar con algo de detalle cada uno de estos términos exigiría muchísimo tiempo (además de unos conocimientos que me temo que no poseo). Sólo voy a poner un pequeño ejemplo: una búsqueda de un minuto en Google encuentra cultura de la violencia, de la violación, de la vida, de la cancelación, de la diversidad, de la innovación, de la legalidad, de la organización, del trabajo, de la conversación, de la participación, de los cuidados, de la muerte, de la sal, de la performance, de la dieta, de la queja, de los invisibles y hasta de la basura. Como puede verse, cultura, en estas expresiones, significa cualquier cosa y no significa nada.

La conclusión de lo anterior es clara: es necesario someter a todas estas palabras a una severa cuarentena, hasta que puedan volver a servir para comunicar algo de verdad. En primer lugar, amable lector, evítalas en la medida de lo posible, no sólo en tu discurso (escrito u oral), sino, sobre todo, en tu mismo pensamiento. En segundo lugar, huye de quien las usa con frecuencia como de la mismísima peste. Porque lo es.


martes, 27 de abril de 2021

Otro fantasma (más) recorre Europa (una vez más)

El pasado 23-04-2021, se publicó en el BOE la Ley Orgánica 5/2021, de 22 de abril, de derogación del artículo 315 apartado 3 del Código Penal. En el preámbulo de dicha Ley, se realizaba un durísimo ataque explícito al PP. Copio algunas líneas:

Con la crisis como oportunidad, desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades y especialmente de aquellas que afectan a la manifestación pública del desacuerdo con las políticas económicas del Gobierno. La reforma laboral, que prácticamente excluyó la negociación colectiva de los trabajadores y que devaluó o directamente eliminó otros muchos de sus derechos, no pareció suficiente y por ello se reforzaron, con ataques directos, todas las medidas que exteriorizaron el conflicto, utilizando la legislación en vigor.

Es evidente que lo anterior no es la expresión recta de unos hechos, sino una interpretación de los mismos. El grado de acierto de dicha interpretación es irrelevante (a mí, por ejemplo, no me parece del todo desatinada); lo importante es que el gobierno ha utilizado el BOE para acusar a su principal rival de haber actuado de manera ilegítima y de haber llevado a cabo un "sistemático desmantelamiento de las libertades". La constancia pública que implica el BOE pretende convertir en un hecho cierto lo que sólo puede ser una crítica particular (sea o no acertada). Esto es inaceptable.

La democracia no consiste en tener razón, sino en cumplir las normas y acatar las decisiones comunes, aunque no estés de acuerdo con las normas o te parezcan equivocadas esas decisiones.  Si estás tan convencido de tener razón que te consideras por encima de las normas y de los consensos, te has rendido a un pensamiento dogmático y totalitario, puedes ya considerarte un aspirante a dictador, un mero tirano, al menos in pectore.

Lo del BOE es el último caso de un fenómeno alarmante: la proliferación del pensamiento totalitario. Los ejemplos son incontables y vienen desde cualquier ámbito social. La creciente crispación política que estamos viviendo no es sino uno de sus síntomas más evidentes.

El pensamiento totalitario puede tener que ver con las ideologías, ya que éstas (y puede que algunas más que otras) contienen en sí mismas el germen de la dicotomía entre adeptos y adversarios; permiten plantear la vida como una confrontación entre ideas, y de ahí es fácil pasar a una confrontación entre personas. Pero son sólo unos determinados individuos los que aprovechan esta gatera y se deslizan por la pendiente de la confrontación, y en el fondo lo hacen, creo yo, no por motivos ideológicos, sino psicológicos o éticos (es decir, por alguna falla psicológica o ética en su interior).

Hay personas (estoy pensando en algún que otro periodista famoso) a quienes les resulta difícil entender el mundo sin contar con enemigos. Para estas personas, las ideologías no son un andamiaje en el que encajar los hechos, los conocimientos y las opiniones, una guía para la vida y sus afanes, sino un proveedor de enemigos: alguien –más que algo– contra quien luchar, a quien combatir o, directamente, agredir.

En los últimos años, parece que estuviéramos viviendo un resurgir de las ideologías. Sin embargo, creo que es un espejismo: lo que se ha avivado es el confrontamiento personal (o peor aún, el confrontamiento grupal, de manada, que no de clase), que utiliza las ideologías como herramienta. Una herramienta que tampoco es necesario conocer en profundidad, o mantener engrasada y a punto, puesto que la pelea en la que se utiliza es burda, a garrotazos (como la premonitoria  escena de Goya). 

¿Por qué hemos entrado en esta deriva? ¿Quién consigue qué cosas gracias a esta continua confrontación? ¿Responde a un plan trazado por alguien, o es sólo el inevitable curso de los tiempos? ¿Hay alguien avivando el fuego o se alimenta solo? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer? Lo siento, pero no tengo respuestas. Sólo sé que la Historia nos advierte de que, si no corregimos el rumbo, el futuro que nos espera puede ser desolador.

Una sencilla pregunta para ti, lector, a modo de estrambote: cuando, unos párrafos más arriba, hablaba de "algún que otro periodista famoso", ¿en quién has pensado? ¿Te has acordado sólo de uno, sólo de un determinado medio de comunicación, de un sesgo ideológico concreto? ¡Cuidado! De ser así, conviene que te hagas un buen análisis, porque puedes estar infectado del virus del totalitarismo.


viernes, 22 de enero de 2021

Haciendo como que es, pero sabiendo que no es

Nadie conoce el futuro, nadie sabe quién lo escribe. El estado natural del hombre es, precisamente, no saber. Hemos acumulado una enorme cantidad de conocimientos, pero no hemos conseguido alterar esa condición básica.

A lo largo de nuestra vida, tomamos innumerables decisiones; muchas, aparentemente baladíes; otras, más importantes. Tampoco sabemos a priori la trascendencia de cada una de ellas. En cualquier caso, todas las tomamos sin la información completa: ni tenemos todos los datos (o igual sí, pero no lo sabemos), ni somos capaces de calcular las infinitas cadenas de causas y efectos que pueden construirse con ellos. Disponemos de varias palabras para expresar esa impotencia: azar, destino, dios, historia...

Durante los incontables siglos de evolución, nuestra especie ha ido codificando en su información genética algunas respuestas más o menos automatizadas para diversas situaciones en las que nos podemos encontrar. Sin embargo, es obvio que éstas resultan insuficientes para responder al abrumador y mudable repertorio de aprietos en los que nos coloca el mundo. También para eso tenemos palabras: instinto, sentido común, orden natural...

Algunos especímenes de nuestra especie creen que esta cadena de decisiones cotidianas a la que llamamos vida puede y debe estar sujeta a unos principios teóricos intangibles. ¿Cuáles? Hay varios catálogos, no siempre compatibles. Para esto, cómo no, también tenemos palabras: ética, moral...

Otros especímenes van más allá y engarzan su inventario de principios en un relato sobrenatural que le da un sentido más potente o trascendente, más allá del tiempo (sobre todo del suyo propio). A eso lo llamamos religión.

Otros especímenes no aceptan la existencia de ningún principio teórico inmaterial, y se guían por lo que su instinto, su voluntad o su comodidad decida en cada caso; o incluso no deciden nada, y se dejan vivir como una hoja al viento.

Todos nosotros participamos de los tipos descritos, en proporciones variables. Lo que no varía es que, en cada paso que damos, nos movemos siempre entre tinieblas, por más que nos aprovisionemos de todo tipo de linternas, como las que acabamos de indicar. Sin embargo, todos queremos sentir que somos dueños de nuestras vidas, es decir, que nuestras decisiones son, efectivamente, nuestras.

(También sabemos que no siempre podemos decidir sobre todo y que no siempre podemos decidir cualquier cosa. Cedemos nuestras capacidades habitualmente, a veces a regañadientes, a veces a propósito y hasta con placer. Pero eso es otra historia, que nos llevaría a hablar de la inteligencia –que nos suministra las alternativas entre las que elegir–, la convivencia, la cooperación, la libertad y hasta el amor.)

En definitiva, nos enfrentamos constantemente al irresoluble problema de cómo decidir. Y aquí es donde quiero proponer mi solución (si es que se le puede llamar así): cualquiera que sea el principio que sigamos, y también si no seguimos ninguno, debemos hacer como si dicho principio (o no-principio) fuera ciertamente el mejor, aunque sepamos que puede que no lo sea. Este hacer como que sí pero sabiendo que no me parece la mejor manera de actuar en casi todos los órdenes de la vida.

Por ejemplo, los padres deben decidir acerca de sus hijos como si cada una de esas decisiones fuera importante para cimentar su futuro venturoso, pero sabiendo que probablemente no lo sea. Los alumnos deben estudiar sus asignaturas como si fueran fundamentales para sus vidas, pero sabiendo que seguramente no lo van a ser. Los deportistas deben entrenar como si fueran a ganar la próxima medalla olímpica, pero sabiendo que probablemente se la lleve otro. Quienes se dedican al estudio, cultivo o fomento de una lengua (o una cultura, o lo que sea) deben trabajar como si dicha lengua fuese a durar indefinidamente, pero sabiendo que desaparecerá sin remedio tarde o temprano. Los políticos deben trabajar por su patria como si ésta fuese a durar eternamente, pero sabiendo que lo único seguro es que dejará de existir. Y así con todo.

Tener y perder es la común vicisitud de los pueblos, escribió Borges. La frase es también aplicable a todo proyecto humano, y a nosotros mismos, que debemos vivir como si fuésemos perpetuos, sabiéndonos mortales.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Señales de peligro

Hay algunas cosas que hacen que se me enciendan inmediatamente los pilotos rojos de alarma, por un peligro algo indefinido que podría describir como la sospecha de que hay cerca de mí una inmensa rueda de molino intentando que yo comulgue con ella. En estas líneas quiero repasar dos de estos índices.

Las consignas son el primero de ellos. Por ejemplo, hace unas semanas todos los seguidores y simpatizantes de determinados partidos se indignaron, de repente y a la vez, por las mismas cosas de la Ley Celaá, con los mismos motivos y utilizando los mismos argumentos. Curiosamente, las cosas que a esas mismas personas les indignaban en 2006 (con la anterior ley de educación del PSOE) ahora les importaban un bledo. 

Los ejemplos políticos son incontables. De repente, como a toque de corneta, un buen número de políticos (siempre con sus medios de comunicación al lado) comienzan a poner en tela de juicio (o a defender a capa y espada) al rey y a la monarquía. Más: de repente, las restricciones y los confinamientos de la pandemia dejan de ser un ataque intolerable a la libertad, como, también de repente, habían sido considerados. Más: de repente, los intolerables ataques a la libertad de la conocida como Ley mordaza dejan de serlo. Podría seguir indefinidamente. En general, no ha habido debate político o social en los últimos años que no haya consistido en el despliegue de diferentes consignas por parte de unos y otros.

En el País Vasco, la llamada izquierda abertzale ha sido una gran experta en la utilización de consignas. Desde el Lemoiz apurtu (la primera de la que yo tengo un recuerdo claro) hasta el no al tren de alta velocidad (AHT-TAV Stop), pasando por las diferentes versiones del Presoak Etxera, ha habido en este ámbito político un evidente interés en mantener unida a su gente en torno a una consigna. De todos modos, es claro que, también en el País Vasco, este interés no ha sido ni es exclusivo de una determinada ideología o formación política. Por poner un ejemplo muy diferente, hace unos años, de repente, aparecieron unos "profundos sentimientos" alavesistas, que nacieron casualmente con un partido (Unidad Alavesa) y desaparecieron con él, también de repente.

Por supuesto, las ideas o las propuestas detrás de una consigna pueden ser acertadas. El problema es que, al convertirse en consigna, dejan de ser objeto de análisis para convertirse en bandera de adhesión, de modo que la cosa pública deja de ser un ámbito de debate para convertirse en un terreno de lucha, porque al ciudadano no se le presenta algo sobre lo que reflexionar, sino algo que defender o atacar. (Esto, por cierto, es lo que diferencia una consigna de una mera campaña.)

Otro motivo de alarma es el afán por controlar el lenguaje. No hablo del interés por mejorar el lenguaje, propio o ajeno, sino por controlarlo. Por dictar qué palabras, qué usos, son correctos, y cuáles no. Por intentar que todo el mundo hable de acuerdo con lo que uno considera correcto o adecuado para su modelo de sociedad o de mundo.

El lenguaje es, de un modo que no acabamos de comprender, una herramienta crucial para nuestro pensamiento: cuanto más rico sea nuestro lenguaje, más posibilidades proporcionará a nuestro pensamiento (los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo, que decía Wittgenstein). Por tanto, si yo controlo el lenguaje de las personas, en cierto modo estoy en camino de poder controlar también su manera de pensar.

Esta modalidad de control es, además, muy sutil, puesto que el sujeto controlado no suele tener una conciencia clara de su existencia. Pongo un par de ejemplos simplísimos: si el dueño de la fábrica consigue que sus empleados piensen en una "reestructuración del personal", probablemente protesten menos que si piensan en "despidos"; también protestarán más por una congelación salarial que por una subida salarial del 0%.

Este intento de control lingüístico, llamado últimamente lenguaje políticamente correcto, genera en primer lugar un gran número de de eufemismos (es decir, manifestaciones suaves o decorosas de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante, según la definición de la RAE). El aspirante a dictador pretenderá, pues, que a la gente le resulte "duro o malsonante" todo lo que le parece a él, y sólo eso. De este modo, ahora no podemos llamar negro a un negro, gordo a un gordo, tullido a un tullido, etc. Por supuesto, esto ha existido siempre. Ya se quejaba de ello Juan Rufo en 1596: "al chico de cuerpo se le ha de llamar mediano; al moreno, trigueño, y al negro, moreno; al ventero, huésped, y al oficio, arte; al que es gordo, fresco y corpulento; a las necedades, descuidos. Hasta el ciego se consuela con oírse llamar privado de la vista". En tiempos de Franco, por ejemplo, estaba proscrita la palabra "rojo", de modo que en los frontones había que apostar al colorado, el cuento  infantil era Caperucita Encarnada, etc. Con esto advertimos otra característica de estos eufemismos: una vez pasada la fiebre que los produjo, resultan sencillamente ridículos.

Hoy en día, en la cima del lenguaje políticamente correcto, está el llamado lenguaje inclusivo. No quiero exponer mi opinión al respecto, porque es irrelevante para lo que trato aquí: el problema no está en que las propuestas del lenguaje inclusivo sean o no sensatas, sino en su empeño en ser obligatorias. Es tremendo observar cómo cualquiera que se resista a su uso es inmediatamente tachado de machista troglodita y retrógrado.

He tratado someramente dos fenómenos (hay más) que me generan una sensación de peligro. Creo que ambos son índices poderosos de que, detrás de ellos, se sitúa una pensamiento totalitario y, con él, un aspirante a dictador. Sé que, en ocasiones, algunas de las ideas que manejan estas personas pueden coincidir con las mías. Pero eso, lejos de tranquilizarme, hace que me aleje de ellos a toda prisa, con las luces rojas de alarma girando a toda velocidad.

martes, 15 de diciembre de 2020

El manifiesto de los escritores contra la Ley Celaá

Después de buscar mucho, por fin he encontrado el texto del manifiesto Escritores con nuestra lengua, en el que cerca de 100 escritores critican con dureza la conocida como Ley Celaá de educación (LOMLOE), básicamente por haber suprimido la referencia al castellano como lengua vehicular. En estas líneas, pretendo señalar algunas de las trampas, tergiversaciones y falsedades que contiene dicho  manifiesto.

Antes de ponerme a la tarea, me gustaría señalar un hecho muy indicativo, a mi juicio, de la inopia intelectual en la que nos movemos y a la que nos conducen. Últimamente se han sucedido los manifiestos, las cartas abiertas, las declaraciones particulares, etc. Los periódicos dan cuenta de todas ellas, las resumen a su manera (inclinando la balanza hacia el lado que les interesa), pero casi nunca ofrecen la posibilidad de leer el texto original. Sin embargo, para mantener activa alguna neurona, lo que necesita el lector no es tragarse la papillita que le ha preparado el periodista de turno, sino acceder a la fuente original y analizarla por sí mismo. Al hurtarnos cada vez más esa posibilidad, los medios de comunicación se revelan como auténticos medios de manipulación.

Vamos con el manifiesto. Enumeraré algunas de sus afirmaciones más graves, y las comentaré seguidamente.

1. La ley Celaá ha sido "aprobada a instancias del independentismo y asumida como propia por el gobierno".

Esta frase es un completo desatino. ¿Primero se aprobó la ley y luego fue asumida como propia por el gobierno que la redactó? ¿O es que no la había redactado el gobierno? Porque sólo faltaba que un gobierno no asumiera como propia una ley que él mismo redacta. Por otra parte, ¿puede el independentismo (vale decir, los independentistas) obligar al congreso a aprobar algo en contra de su voluntad? ¿Quién, si no, ha aprobado esa ley? ¿Y acaso no es el congreso el representante genuino de la soberanía popular? ¿O lo son estos escritores?

2. La Ley Celaá "ha eliminado de su articulado la condición del castellano como idioma oficial y vehicular en todo el Estado".

La condición de idioma oficial del castellano está reconocida en la Constitución. Por tanto, ninguna otra ley puede eliminar esa condición. En otras palabras: lo que ha eliminado esta ley no es la condición, sino su mención. Que no es lo mismo. Los escritores deberían percatarse al vuelo de estas cosas. Y los no escritores, también.

3. El manifiesto concluye un somero repaso al tratamiento de la lengua vehicular de la educación en las últimas décadas afirmando que ahora, con la ley Celaá, "se ha dado un salto cualitativo" (se explica seguidamente que en la erradicación del castellano como lengua vehicular).

Para comprobar que no hay tal salto cualitativo, basta recordar que las leyes de educación españolas, al menos en los últimos 50 años, no han mencionado jamás que el castellano deba ser la lengua vehicular, salvo el paréntesis de 7 años de la ley Wert (2013-2020). No existe, pues, ningún salto cualitativo, sino, todo lo más, una vuelta a la redacción habitual en las décadas anteriores.

4. Esta ley "busca cortar a hachazos el cordón umbilical y los lazos de unión que ensamblan y cimientan el sentimiento de pertenencia a una misma nación".

¿Pero cómo pueden saber estos escritores cuál es el objetivo que persigue alguien cuando escribe algo? Como mucho, podrán decir que eso (lo del cordón umbilical, etc.) es el resultado esperable –según ellos– de la ley, pero nunca su objetivo oculto y no declarado. ¿En qué trama novelesca creen que viven?

5. Abundando en lo anterior, afirman que la ley expropia a las generaciones futuras el patrimonio del castellano, lo que "no solo privará a esas generaciones de conocer en profundidad la riqueza idiomática del español, sino que las desconectará paulatinamente del resto de compatriotas desde el punto de vista histórico y emocional".

Y todo eso, lo conseguirá esta ley simplemente eliminando la expresión "lengua vehicular". ¡Prodigioso! 

Teniendo en cuenta que, según esta ley, compete al gobierno la ordenación general del sistema educativo, la fijación de las enseñanzas mínimas y la regulación de las condiciones de obtención de los títulos (artículo 6 bis), me da la sensación de que si nuestros futuros muchachos no llegasen a conocer en profundidad la riqueza del idioma de Cervantes (cosa que ahora, al parecer, sí consiguen, según estos escritores), no será porque el gobierno carezca de las competencias oportunas. 

Para que quede aún más claro, la disposición adicional del artículo 89 establece que:

  1. Las administraciones educativas garantizarán el derecho de todos a recibir enseñanzas en castellano y en las demás lenguas cooficiales en sus respectivos territorios. (Esto, añado yo, es un mero recordatorio de lo que establece la constitución y los estatutos de autonomía, de obligado cumplimiento.)
  2. "Al finalizar la educación básica, todos los alumnos y alumnas deberán alcanzar el dominio pleno y equivalente en la lengua castellana y, en su caso, en la lengua cooficial correspondiente".
  3. Las administraciones educativas aplicarán los instrumentos de control y evaluación que consideren oportunos para garantizar que "todo el alumnado alcance la competencia en comunicación lingüística, en lengua castellana y en su caso en las lenguas cooficiales, en el grado requerido", así como "las medidas necesarias para compensar las carencias que pudieran existir en cualquiera de las lenguas".

Algo parecido se decía también en el artículo 24.8. Por tanto, afirmar que esta ley pretende erradicar el castellano de algún sitio es, sencillamente, falso.

Conste que no estoy diciendo que me parezca inoportuna la mención al castellano como lengua vehicular común en todo el territorio nacional (ni tampoco lo contrario): digo que no hacerlo no acarreará ninguna plaga bíblica, y tampoco responde a un maquiavélico plan secreto para acabar con España.

6. Podría señalar más afirmaciones que merecen comentario, como considerar la LOMLOE como "una obra de ingeniería social, muy grata a todos los regímenes totalitarios", o entender que es el castellano y no el euskera –por ejemplo– la lengua que necesita protección, pero creo que ya es suficiente para hacerse una idea de por dónde van los tiros.

En resumen, si éste es el nivel de los intelectuales del país, apaga y vámonos...


miércoles, 30 de noviembre de 2016

Elecciones y pensamiento difuso

Las últimas elecciones estadounidenses, con su sorprendente final, dan pie para muchos comentarios. A mí me han hecho recordar aquella frasecilla demoledora que escribió Karel Capek hace casi un siglo: «Estáis ocupados con las votaciones [...] y en momentos así no hay lugar para la sabiduría. ¡Bah, qué digo! Ni siquiera para la sensatez. Las elecciones son, más bien, cuestión de astucia» (Agatón o la sabiduría). Efectivamente, no parece que los norteamericanos hayan escogido con sabiduría, ni tan siquiera con sensatez. Y lo mismo vale para los ingleses, los españoles, etc. La cuestión obvia es: ¿cómo es posible que tanta gente se equivoque tanto? Voy a ensayar una posible respuesta.

Desde hace muchos años (no menos de dos décadas), asistimos a un empobrecimiento continuado de la “inteligencia pública”. La educación en todos sus niveles, los medios de comunicación, los políticos, los famosos, los modelos sociales, las artes, las ideologías, todo ello se entrecruza en una maraña intrincada que va tirando de la sociedad hacia la incultura y la inopia intelectual. ¿A qué sociedad me refiero? Creo que lo dicho vale, en general, para la sociedad del llamado mundo occidental.

El resultado de este proceso es que el pensamiento claro y ordenado, que debería ser nuestra guía, ha sido sustituido por el pensamiento difuso. 

El pensamiento claro y ordenado distingue entre hechos y opiniones, entre hechos ciertos y hechos probables o posibles, entre opiniones infundadas y opiniones razonables o teorías, entre razonamientos y sentimientos o sensaciones. Se basa en argumentos sólidos y bien estructurados, se somete de buen grado a la crítica y la revisión, no es dogmático.

El pensamiento difuso se basa en clichés, tópicos, expresiones vacuas e ideas vagas; maneja por igual hechos, creencias, suposiciones y deseos. Compone con todo eso una papilla confusa y multiusos, que se exhibe como bandera (sin admitir, por tanto, crítica alguna) y aun como arma arrojadiza.

De esta manera, como resultado de este pensamiento cada vez más difuso, tenemos unos ciudadanos que sienten cada vez más, pero razonan cada vez menos; unos ciudadanos que opinan cada vez más, pero saben cada vez menos; unos ciudadanos que incluso recelan cada vez más de quienes saben y de quienes piensan.

¿Por qué ha sucedido –está sucediendo– todo esto? No lo sé. Pero parece difícil atribuir este vasto proceso social al azar. Si siguiéramos la vieja máxima de los detectives clásicos (“averigua a quién beneficia el crimen”), la conclusión lógica sería, aunque manida, escandalosa: quien maneja los hilos del poder en nuestra sociedad está interesado en que los ciudadanos no sepan pensar, porque resultan así mucho más manejables.

Si eso fuera verdad, las últimas elecciones (americanas y europeas) vendrían a ser el clásico tiro por la culata. De tan maleable, la sociedad es blanco fácil para el primero que sepa excitar sus resortes primarios, de modo que los poderosos acaban recibiendo en este caso una buena dosis de su propia medicina.

En esta explicación, incurro en lo que denuncio, porque manejo una idea vaga, muy vaga: el poder y quienes manejan sus hilos. Intentar aclarar esto nos llevaría demasiado lejos, pero no me resisto a dejar anotada aquí mi percepción de que nuestra democracia occidental parece cada vez más una fachada, una representación pública que esconde tras de sí la verdadera realidad: la existencia de una plutocracia que escribe la obra que se representa y es en última instancia –o pretende ser– la dueña del teatro en el que estamos todos. Si esto fuera así, podríamos preguntarnos si en realidad estas decisiones populares imprevisibles no habían sido ya previstas, si de verdad suponen un desafío para el auténtico poder, si acaso no será un mero cambio de libreto en la representación social.

En cualquier caso, la siguiente pregunta también parece obvia: ¿qué hacer? Tampoco lo sé, pero intuyo que la clave está, como casi siempre, en una palabra mágica: educación. La educación actual, con toda su cháchara pedagógica y tecnológica, pretende formar hombres útiles (¿a la sociedad, a las empresas, al capital?), no hombres libres. Porque los hombres libres pueden no ser útiles, especialmente si la utilidad se entiende en términos de beneficio económico (al fin y al cabo, muchas veces lo verdaderamente importante no sirve para nada); de hecho, pueden llegar a ser extraordinariamente incómodos e inconvenientes. 

Educación y más educación. Es fácil de decir, pero difícil de llevar a cabo. Un apunte: la escuela es sólo una parte de la educación de un niño, y no la más importante; lo resume muy bien un conocido proverbio africano: «hace falta una tribu entera para educar a un niño». Otro apunte: hay varios modelos educativos razonables; más importante que acertar con el mejor es lograr el compromiso y el trabajo de todos a favor del modelo seleccionado, sea el que sea.

Si queremos ser dueños de nuestras vidas, debemos ser de verdad dueños de nuestros pensamientos. Lo escribió con otras palabras en los primeros años de la transición (y tal vez no por los motivos adecuados) Fernando Lázaro Carreter: «no habrá democracia mientras unos sepan expresarse satisfactoriamente y otros no; mientras unos comprendan y otros no; mientras el eslogan pueda sustituir al razonamiento articulado que se somete a ciudadanos verdaderamente libres porque tienen adiestrado el espíritu para entender y hacerse entender».

Este sencillo artículo no puede terminar sin un estrambote final. ¿Seguro que existe el proceso social que he descrito? Porque tal vez sea un fenómeno o una percepción constante a lo largo de la historia, que no deba aplicarse a este tiempo más que a cualquier otro de los últimos dos mil años. ¿Seguro que la educación actual está más desnortada que la de antes? Porque la respuesta depende mucho, para empezar, de lo que entendamos por “antes”. ¿Seguro que los norteamericanos y los europeos han votado de manera insensata? Porque también es posible que sea yo el equivocado… ¿Quién ha dicho que yo tenga las respuestas? Sólo intento hacerme las preguntas correctas.