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viernes, 3 de octubre de 2025

¡Pero qué bien hablan las máquinas!

Estoy harto de tener que comunicarme con sistemas informáticos.

Yo recuerdo que hace no muchos años, si tenía un problema en el trabajo, hablaba con la persona que me lo podía solucionar. ¿Que se me había fundido una bombilla? Le llamaba al electricista (que era, y esto es muy importante, un compañero de trabajo). Y lo mismo para hacer una gestión en el banco, el ayuntamiento o cualquier otro asunto. Ahora, casi nunca puedo hablar directamente con nadie, sino que tengo que usar una interfaz automática. Esto puede resultar conveniente para un cierto número de gestiones simples (obtener un billete o un certificado, por ejemplo), pero, en otros casos –la mayoría, diría yo– acaba siendo un auténtico despropósito. Veamos si consigo explicarme.

La razón que se aduce para este cambio es la mejora en la eficiencia (capacidad de obtener los resultados deseados con el mínimo posible de recursos, según la RAE). Pero esto es verdad únicamente en los casos en los que la solución al problema pueda automatizarse, como, por ejemplo, expedir un certificado. Para todos los demás, no es el sistema quien lleva a cabo la acción requerida, sino la persona de turno. En estos casos, entonces, ¿cuál es la ventaja de sustituir la comunicación personal por otra mediada por un sistema informático? Las respuestas que se suelen dar son tautológicas, como que  los nuevos sistemas mejoran la gestión o aumentan la eficacia. ¿Pero por qué, exactamente? Yo diría que la razón sólo puede ser una: la rapidez. En teoría, el sistema va a ahorrar tiempo tanto a quienes solicitan tareas como a quienes las ejecutan. ¿Pero por qué? Porque evita las charlas. Descolgar el teléfono y dar un aviso puede llevar, de hecho, menos tiempo que dejar ese aviso escrito en un sistema; la diferencia es que con el segundo no puedes charlar. Ahí está el ahorro.

De este modo, el electricista de nuestro ejemplo puede cambiar más bombillas en un solo día con el sistema informático: recibe los avisos en su dispositivo, realiza su trabajo a su ritmo y no necesita hablar con nadie casi en ningún momento. ¡Ha aumentado su eficacia! Eso sí, a costa de su despersonalización. Por tanto, cuando decimos eficacia, estamos diciendo, en realidad, ahorro económico. Y a corto plazo, además, porque me parece claro que unos trabajadores despersonalizados, dirigidos por sistemas informatizados, acabarán rindiendo peor que otros que se sientan miembros de una comunidad (aunque sea laboral).

Por otra parte, puede que los sistemas automatizados ahorren tiempo en algunas cosas, pero lo roban en otras. Véase, si no, cómo los médicos se pasan ahora una buena parte del tiempo que conceden a cada paciente alimentando el sistema informático. Vemos aquí el aspecto paradójico del asunto: algo bueno (la informatización de los expedientes médicos) conlleva algo insensato (que los médicos dediquen una parte creciente de su tiempo a un ordenador en lugar de a un enfermo). Ésta es nuestra naturaleza de sapiens: en nuestros grandes logros se esconden siempre grandes peligros.

Hasta ahora, hemos visto que la ventaja económica no está ni mucho menos clara. Llegamos así a una segunda razón, que no suele mencionarse y que me parece, en cambio, la más relevante: el control. Estas aplicaciones informáticas no han sido demandadas ni por quienes solicitan los servicios, ni por quienes los realizan, sino por sus jefes. Y éstos tal vez quieran mejorar la eficacia (o el balance económico), pero lo que desde luego pretenden es aumentar su control sobre todos esos procesos. Y justificar de paso su propia existencia, tantas veces superflua. Es, en el fondo, el viejo chiste de la trainera y la proporción entre remeros y patrones.

Hay, además, otro efecto perverso de lo anterior: como estos sistemas nunca son diseñados por quienes de verdad van a usarlos, sino por sus jefes, responden de verdad a los intereses de la gestión (léase control), no a los del trabajo en sí. En otras palabras: estos sistemas suelen ser notablemente insensatos. Estoy seguro de que entre todos podríamos levantar una montaña de ejemplos. Con esto, se cierra un peligroso círculo vicioso, puesto que muchos de estos sistemas acaban requieriendo más dedicación y esfuerzo (y no poca desesperación) por parte de los usuarios  que la "pérdida de tiempo" anterior, pero abandonando por el camino todos los beneficios y valores inherentes a la comunicación interpersonal.

En fin, si esto es el progreso, yo me doy de baja.

domingo, 4 de agosto de 2024

La dichosa innovación

Quiero reflexionar sobre la innovación, uno de los más evidentes fetiches del pensamiento actual. Me centraré en el ámbito universitario, que conozco mejor.

En primer lugar, creo que el concepto se utiliza de un modo muy impreciso. Veámoslo con un ejemplo: un profesor lleva varios años dando satisfactoriamente una asignatura a grupos de unos quince alumnos, pero el curso que viene deberá hacerlo con un grupo de cuarenta. ¿Tendrá que cambiar algo? Muy probablemente. ¿Deberá, entonces, innovar? No veo por qué: la asignatura es la misma, lo que cada alumno debe aprender es lo mismo, el trabajo que debe hacer para conseguirlo es, más o menos, el mismo. Lo que sí deberá hacer nuestro profesor es adaptar o adecuar sus clases a un grupo mayor de alumnos. Pero adaptar no es innovar; adaptación no es innovación.

Pongamos otro ejemplo: la investigación. Dese hace años, se repite como un mantra la frase de que toda investigación debe ser innovadora. No me resisto aquí a hacer un excurso personal.

Yo comencé desarrollando proyectos de investigación. Enseguida, los proyectos pasaron a ser de investigación y desarrollo (I+D). ¿Desarrollo de qué? Nunca lo he sabido. ¿Desarrollo social? Ignoro qué quiere decir eso y cómo se mide (cf. el término progreso). ¿Desarrollo de la propia disciplina? Pero es que una investigación que no pretenda aportar algo, por poco que sea, al conocimiento acumulado, no es que no sea I+D, es que tampoco es I. En todo caso, eso era poco para las grandes mentes que rigen el cotarro, y los proyectos acabaron siendo, desde hace ya tiempo, de investigación, desarrollo e innovación: I+D+I. Volvemos, pues, al hilo abandonado en el párrafo anterior.

Cuando se dice que toda investigación debe ser innovadora, en realidad lo que se quiere decir es que debe ser original. Que no es lo mismo. Pero es que tampoco el concepto de originalidad es unívoco. ¿Se trata de una investigación que resulta de la inventiva del autor (segunda definición de la RAE) o que tiene en sí carácter de novedad (sexta definición)? En el primer caso, hablaríamos de una pura obviedad, más relacionada con la honestidad que con la ciencia; en el segundo, sí podríamos hablar en puridad de originalidad e incluso de innovación. Pero el caso es que ni mucho menos tienen que ser así todas las investigaciones. Por poner un ejemplo simplicísimo: yo puedo replicar un experimento anterior de un modo prácticamente idéntico, obtener unos resultados similares, llegar a las mismas conclusiones que el trabajo replicado... y aún así resultar un aporte científico razonablemente valioso.

Innovacion, adaptación, originalidad... Algo tienen que ver entre sí esos términos, pero no son en absoluto sinónimos. En resumen, el concepto de innovación se utiliza de una manera difusa y, a mi modo de ver, tramposa, puesto que que puede significar muchas cosas diferentes y nadie sabe, en realidad, de qué demonios se está hablando.

Pasemos ahora al segundo punto de esta reflexión, e imaginemos a todos los profesores de todas las universidades del mundo devanándose la sesera para producir, año tras año, conocimientos nuevos, procedimientos nuevos, métodos nuevos. No sólo sería un espectáculo absurdo, sino, sobre todo, imposible. Con suerte, una persona de genio es capaz de generar algo verdaderamente innovador una o dos veces en su vida. El resto no serán sino repeticiones, adiciones o matizaciones. Más aún: si esa persona se obsesiona por innovar, lo más probable es que le salga el tiro por la culata y acabe dando a luz auténticos despropósitos. La innovación nunca es perpetua, ni tan siquiera recurrente. Anda que no tenemos ejemplos preciosos de esta regla en el mundo de la moda...

¿Imaginan ustedes a un profesor impartiendo treinta años seguidos la misma materia, y haciéndolo cada año de un modo verdaderamente innovador? ¿Sería posible? Rotundamente, no. Pero de conseguirlo, ¿sería cada año mejor? Tampoco, porque –y aquí viene lo bueno– innovar no implica mejorar. Esta es la gran obviedad que escondemos. Si yo me creyera capaz de idear, año tras año, nuevas maneras de ejercer mi trabajo, siempre diferentes y siempre mejores, sería un pobre trastornado o, más probablemente, un simple idiota. Un profesor no tiene que ser innovador: tiene que ser eficaz. Y honesto, que es algo que siempre se nos olvida.