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domingo, 4 de agosto de 2024

La dichosa innovación

Quiero reflexionar sobre la innovación, uno de los más evidentes fetiches del pensamiento actual. Me centraré en el ámbito universitario, que conozco mejor.

En primer lugar, creo que el concepto se utiliza de un modo muy impreciso. Veámoslo con un ejemplo: un profesor lleva varios años dando satisfactoriamente una asignatura a grupos de unos quince alumnos, pero el curso que viene deberá hacerlo con un grupo de cuarenta. ¿Tendrá que cambiar algo? Muy probablemente. ¿Deberá, entonces, innovar? No veo por qué: la asignatura es la misma, lo que cada alumno debe aprender es lo mismo, el trabajo que debe hacer para conseguirlo es, más o menos, el mismo. Lo que sí deberá hacer nuestro profesor es adaptar o adecuar sus clases a un grupo mayor de alumnos. Pero adaptar no es innovar; adaptación no es innovación.

Pongamos otro ejemplo: la investigación. Dese hace años, se repite como un mantra la frase de que toda investigación debe ser innovadora. No me resisto aquí a hacer un excurso personal.

Yo comencé desarrollando proyectos de investigación. Enseguida, los proyectos pasaron a ser de investigación y desarrollo (I+D). ¿Desarrollo de qué? Nunca lo he sabido. ¿Desarrollo social? Ignoro qué quiere decir eso y cómo se mide (cf. el término progreso). ¿Desarrollo de la propia disciplina? Pero es que una investigación que no pretenda aportar algo, por poco que sea, al conocimiento acumulado, no es que no sea I+D, es que tampoco es I. En todo caso, eso era poco para las grandes mentes que rigen el cotarro, y los proyectos acabaron siendo, desde hace ya tiempo, de investigación, desarrollo e innovación: I+D+I. Volvemos, pues, al hilo abandonado en el párrafo anterior.

Cuando se dice que toda investigación debe ser innovadora, en realidad lo que se quiere decir es que debe ser original. Que no es lo mismo. Pero es que tampoco el concepto de originalidad es unívoco. ¿Se trata de una investigación que resulta de la inventiva del autor (segunda definición de la RAE) o que tiene en sí carácter de novedad (sexta definición)? En el primer caso, hablaríamos de una pura obviedad, más relacionada con la honestidad que con la ciencia; en el segundo, sí podríamos hablar en puridad de originalidad e incluso de innovación. Pero el caso es que ni mucho menos tienen que ser así todas las investigaciones. Por poner un ejemplo simplicísimo: yo puedo replicar un experimento anterior de un modo prácticamente idéntico, obtener unos resultados similares, llegar a las mismas conclusiones que el trabajo replicado... y aún así resultar un aporte científico razonablemente valioso.

Innovacion, adaptación, originalidad... Algo tienen que ver entre sí esos términos, pero no son en absoluto sinónimos. En resumen, el concepto de innovación se utiliza de una manera difusa y, a mi modo de ver, tramposa, puesto que que puede significar muchas cosas diferentes y nadie sabe, en realidad, de qué demonios se está hablando.

Pasemos ahora al segundo punto de esta reflexión, e imaginemos a todos los profesores de todas las universidades del mundo devanándose la sesera para producir, año tras año, conocimientos nuevos, procedimientos nuevos, métodos nuevos. No sólo sería un espectáculo absurdo, sino, sobre todo, imposible. Con suerte, una persona de genio es capaz de generar algo verdaderamente innovador una o dos veces en su vida. El resto no serán sino repeticiones, adiciones o matizaciones. Más aún: si esa persona se obsesiona por innovar, lo más probable es que le salga el tiro por la culata y acabe dando a luz auténticos despropósitos. La innovación nunca es perpetua, ni tan siquiera recurrente. Anda que no tenemos ejemplos preciosos de esta regla en el mundo de la moda...

¿Imaginan ustedes a un profesor impartiendo treinta años seguidos la misma materia, y haciéndolo cada año de un modo verdaderamente innovador? ¿Sería posible? Rotundamente, no. Pero de conseguirlo, ¿sería cada año mejor? Tampoco, porque y aquí viene lo bueno innovar no implica mejorar. Esta es la gran obviedad que escondemos. Si yo me creyera capaz de idear, año tras año, nuevas maneras de ejercer mi trabajo, siempre diferentes y siempre mejores, sería un pobre trastornado o, más probablemente, un simple idiota. Un profesor no tiene que ser innovador: tiene que ser eficaz. Y honesto, que es algo que siempre se nos olvida.

miércoles, 24 de julio de 2024

Pedagogía y Universidad

La pedagogía es una disciplina muy interesante. Indagar, mediante el método científico, acerca de cómo aprendemos y cómo podemos enseñar mejor: ¿quién podría negar interés a estas cuestiones? El problema no está en la teoría, sino, una vez más, en la práctica.

De un modo general, la práctica de la pedagogía no ha conseguido zafarse de un error fundacional, de algo así como su pecado original: olvidarse del qué para ocuparse del cómo; o, en el mejor de los casos, supeditar aquél a éste. Es un error muy comprensible, muy disculpable, pero es un error: lo que enseño, mi propia disciplina, es mucho más importante que cómo lo enseño y debe ser el centro de mi quehacer.

La matraca de las competencias (y demás milongas pedagógicas adjuntas) que dirige y controla desde hace años, en mayor o menor medida, el diseño de los planes de estudio de todas las titulaciones de la universidad española es una decidida vuelta de tuerca al error fundacional señalado, pues otorga un aparente fundamento teórico a la conversión definitiva del cómo en el nuevo qué. De este modo, la universidad ha sacrificado los contenidos en el altar de las competencias, olvidando que uno sólo puede ser competente en algo, y que, sin una materia real que manejar y controlar, sólo puede aspirar a ser un competente a la violeta, es decir, un bonito globo vacío.

Yo creo en la buena fe y la sensatez de los pedagogos (y me consta en el caso de los que conozco personalmente). En realidad, el error no está tanto en ellos, como en quienes les cedieron la capacidad de dirección y decisión. Porque son los médicos, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de medicina; son los lingüistas, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de lingüística; etc. Los médicos, los lingüistas, todos harán bien en pedir consejo a los pedagogos y seguir sus indicaciones; pero un pedagogo jamás debe tener la última palabra en nada de eso.

No se trata de volver a la situación anterior, porque es claro que en la universidad española abundaban las barbaridades docentes. Había y sigue habiendo, curiosamente, después de tantos años de tutela pedagógica– muchas cosas por corregir. Y la pedagogía tiene, evidentemente, mucho que decir en esto. El problema es que aquí se pasó pronto, y sin que nadie supiera muy bien cómo, del consejo a la imposición.

No debemos, pues, volver al pasado, sino aprender de nuestros errores y corregir el rumbo, lo que implica entre otras cosas colocar a la pedagogía y los pedagogos en el lugar que en puridad les corresponde. Y hay que hacerlo mejor hoy que mañana, porque la cosa urge. Nos jugamos una buena parte del futuro.


miércoles, 28 de julio de 2021

¿A qué puede llamarse universidad?

He leído con atención el informe ¿A qué puede llamarse universidad?, publicado por el Observatorio del Sistema Universitario el pasado 18 de marzo. El informe analiza el grado de cumplimiento de los requisitos previstos en el nuevo Real Decreto de creación, reconocimiento y autorización de universidades y centros universitarios, y acreditación institucional de centros universitarios (aprobado finalmente el 27 de julio), así como el grado de cumplimiento de los requisitos vigentes desde el 2015 (Real decreto 420/2015, de 29 de mayo, de creación, reconocimiento, autorización y acreditación de universidades y centros universitarios).

Lo primero que advierto es que aquí también rige la inveterada costumbre española (y tal vez universal): cuando una ley no se cumple, se cambia de ley. ¿Por qué no se ha cumplido la ley anterior? No se sabe. ¿Se va a cumplir la nueva? Tampoco se sabe, pero lo lógico es, en todo caso, prever que no. ¿Y pasa algo, se va a hacer algo al respecto? No, por supuesto. Dentro de algunos años, alguien vendrá y hará una ley nueva, que oh, sorpresa tampoco se cumplirá.

Efectivamente, la primera conclusión del Informe es el incumplimiento generalizado de los requisitos vigentes desde 2015. Sólo 18 de las 81 universidades analizadas los cumplen. Además, si se consideran también los centros adscritos, las 18 se quedan en 10 (8 públicas y 2 privadas).

Como la nueva ley endurece las condiciones (aunque no todas), las universidades que las cumplen ahora mismo son sólo 12; si se consideran también los centros adscritos, sólo 4. ¡Menos del 5%! Además, no hay que olvidar que el Informe deja sin estudiar, por diferentes motivos (sobre todo, falta de datos oficiales), 7 universidades, la mayoría de las cuales, previsiblemente, tampoco cumplirían todos los requisitos.

Veamos las cosas con algo más de detalle:

1. Requisitos sobre la oferta docente

La nueva ley amplía los requisitos (todas cumplen los vigentes), con la idea de conseguir centros con ofertas amplias, en al menos 3 de las 5 ramas de conocimientos manejadas habitualmente. De esta manera, se pretende eliminar las universidades pequeñas y focalizadas en una o dos ramas. Particularmente, no lo veo claro: creo que lo que debe atacarse no son las universidades pequeñas, sino las universidades malas. No tienen por qué coincidir.

2. Requisitos sobre la actividad investigadora

En general son bastante razonables, aunque hay dos números mínimos que me parecen discutibles: el de publicaciones científicas y el de sexenios de investigación. Creo que es discutible el número, el procedimiento de cálculo (las ratios utilizadas) y, sobre todo, los conceptos mismos de "publicación científica" y de "sexenio de investigación", sobre los que creo que tenemos pendiente una profunda reflexión.

3. Requisitos sobre la plantilla de PDI y su cualificación

La mayoría de las universidades incumple los 4 en vigor desde 2015, y eso que el 3º estaba vigente desde 2007 (LOU) y el 1º, el 2º  parcialmente y el 4º estaban vigentes desde 1991 (Real Decreto 557/1991). Esto es un escándalo que debería llenar de vergüenza a los responsables políticos, presentes y pasados. Pero, por supuesto, aquí no pasa nada.

En este apartado se producen incumplimientos clamorosos, que en no pocos casos esconden claros fraudes de ley. La palma se la lleva el porcentaje de temporalidad, que, según afirma el Informe (p. 31),  se está incumpliendo masivamente y de manera sistemática.

Es curioso que sea precisamente este tercer apartado, que es el que menos se cumple, el único que vea rebajados algunos de sus requisitos. Lo reconoce el propio Informe (p. 35): llama la atención que en todos estos años no se hayan corregido las carencias de tantas universidades a este respecto, ni se haya revocado su reconocimiento de no corregirse éstas. Quizá ello explique por qué el Proyecto reduce algunas de las exigencias. Y, en todo caso, pone en duda la eficacia futura de la propuesta actual.

4. Requisitos sobre los centros adscritos

Hablamos de centros docentes que se adscriben a las universidades, mediante un convenio aprobado por la comunidad autónoma, para impartir estudios conducentes a la obtención de títulos oficiales (p. 36). Hay en España 166 de esos centros, 148 en las universidades públicas (aunque 101 de ellos son de titularidad privada).

Como era de prever, estos centros presentan una grado aún mayor de incumplimiento de los requisitos y, además, en no pocos casos no hay datos para poder efectuar la evaluación.

A mí me viene a la cabeza, no sé si con razón o sin ella, la palabra "chiringuito". El Informe utiliza palabras más delicadas: todo ello pone en cuestión la viabilidad y calidad de una gran mayoría de estos centros (p. 42). 

Hasta aquí el Informe, que me parece demoledor. Pero no pasa nada, porque ya tenemos  una nueva ley. Sabemos que la inmensa mayoría de las universidades no la cumplen, pero les damos un plazo de 5 años para adaptarse (Disposición Transitoria Primera del Real Decreto). Podemos estar razonablemente seguros de que, transcurrido ese tiempo, las cosas no habrán variado sustancialmente. ¿Hemos previsto algún sistema de seguimiento efectivo del cumplimiento de los requisitos legalmente establecidos (como reclamaba el Informe)? Por supuesto que no. De hecho, sabemos que las fuentes actuales de información (SIIU y IUNE) no contienen todos los datos necesarios para ello. En otras palabras: una vez más, se legisla sabiendo de antemano que la ley no se va cumplir. Y ya está: no pasa nada.

Una última reflexión: nos hemos centrado en datos numéricos, aceptando la premisa de que son índices fiables de la calidad. Así lo hace todo el mundo. Es comprensible, es razonable. Sin embargo, yo no estoy ni mucho menos convencido de que sea lo mejor. Sería precisamente la universidad la encargada de examinar la cuestión y de proponer, en su caso, nuevos enfoques. ¿Va a realizar esta tarea? No, y a partir de ahora, además, menos que nunca, porque se va a dedicar únicamente a cumplir los dichosos requisitos. A cumplirlos o a torearlos, que no en vano estamos hablando de la universidad española...


viernes, 28 de mayo de 2021

Palabras en cuarentena

Decía Borges que el lenguaje es un ordenamiento eficaz de la enigmática abundancia del mundo.  En efecto, gracias a las palabras somos capaces de entender y manejar la realidad. Pero, como siempre, no todas las palabras son iguales. Algunas tienen un significado claro y preciso, mientras que otras provocan una constelación de significados múltiples. (En realidad, no hay palabras con un único significado unívoco y constante, salvo y tampoco del todo en los usos metalingüísticos. Pero existen, como siempre, los grados.)

Hay muchas palabras que tienen un significado tan amplio, tan impreciso, tan dependiente de las circunstancias, y que son además tan manidas, se utilizan para tantos fines y con tantos sentidos, que al final pueden expresar casi cualquier cosa, de modo que, en rigor, apenas significan nada. Me gustaría dedicar las siguientes líneas a repasar algunas de ellas.

En el ámbito universitario, que me es más propio, se repiten como mantras términos como aprendizaje inclusivo, significativo, transversal o autónomo; también interdisciplinariedad, interculturalidad, calidad o competencias. Nadie sabe muy bien qué significa ninguno de esos términos, a pesar de (o precisamente debido a) que se han escrito ríos de tinta sobre ellos. Quien las utiliza, puede que lo haga en un sentido recto (de acuerdo a una determinada definición o concepción teórica) o puede que no; y no hay manera de saber cómo las va a entender el receptor. El fracaso de la comunicación, por tanto, está prácticamente asegurado. Pero todos seguimos adelante, fingiendo que nos entendemos. Y eso es grave, especialmente si pretendemos estar haciendo ciencia.

Otros términos, aunque también se usen en la universidad, tienen ámbitos de aplicación más amplios, como la innovación, el liderazgo, la igualdad, las sinergias o la cultura.

El ámbito fetén en el que este tipo de palabras alcanza su hábitat perfecto es, desde luego, el político. Libertad, democracia, derechos, progresista, fascista, liberal, facha, comunista... La mayor parte de las veces, en boca del político de turno (o del grupo de tifossi correspondiente), estas palabras no significan nada, bien porque han ampliado su significado hasta abarcar cualquier cosa que interese en el momento (todo se puede probar si las palabras que se usan no están claramente definidas, que decía André Maurois), o bien porque lo han deformado hasta el insulto. 

Tratar con algo de detalle cada uno de estos términos exigiría muchísimo tiempo (además de unos conocimientos que me temo que no poseo). Sólo voy a poner un pequeño ejemplo: una búsqueda de un minuto en Google encuentra cultura de la violencia, de la violación, de la vida, de la cancelación, de la diversidad, de la innovación, de la legalidad, de la organización, del trabajo, de la conversación, de la participación, de los cuidados, de la muerte, de la sal, de la performance, de la dieta, de la queja, de los invisibles y hasta de la basura. Como puede verse, cultura, en estas expresiones, significa cualquier cosa y no significa nada.

La conclusión de lo anterior es clara: es necesario someter a todas estas palabras a una severa cuarentena, hasta que puedan volver a servir para comunicar algo de verdad. En primer lugar, amable lector, evítalas en la medida de lo posible, no sólo en tu discurso (escrito u oral), sino, sobre todo, en tu mismo pensamiento. En segundo lugar, huye de quien las usa con frecuencia como de la mismísima peste. Porque lo es.


viernes, 12 de marzo de 2021

El feminismo de la RUIGEU

El 8 de marzo de este año 2021, la Red de Unidades de igualdad de Género de las Universidades Españolas para la Excelencia Universitaria (RUIGEU) ha emitido un nuevo Manifiesto. En su día comenté con cierto detalle el que publicaron el 25 de noviembre de 2018, con motivo del Día Internacional por la Eliminación de las Violencias contra las Mujeres. Éste de hoy, aunque más comedido que aquél, contiene algunas cosillas que me gustaría comentar. Cito el Manifiesto en negrita cursiva, y comento seguidamente.

1. Volvemos a reivindicar la necesidad de avanzar en una igualdad efectiva entre mujeres y hombres que nos permita alcanzar una sociedad verdaderamente justa y democrática.

El error aquí consiste en la equiparación entre justicia y democracia. No es, desde luego, algo exclusivo del Manifiesto, sino que se encuentra con bastante frecuencia en muchos otros discursos. La justicia y la democracia algo tienen que ver, obviamente, pero no son en absoluto equivalentes o equiparables. Puede haber justicia sin democracia, y democracia sin justicia. Ambas palabras son de esas que como decía Cortázar, si no recuerdo mal deben lavarse concienzudamente antes de usarlas. Y a mí, la ligereza con la que se usan en el Manifiesto y en tantos otros sitios me alarma automáticamente.

2. La violencia ejercida contra las mujeres, la feminización de la pobreza, las dificultades de acceso al espacio público en general, así como la conciliación, son problemas persistentes que año tras año el movimiento feminista pone en el centro del debate público como prioritarios.

Estoy de acuerdo con esta frase... hasta llegar a la última palabra. Estos problemas existen, resisten y persisten, y deben por tanto debatirse públicamente. Ahora bien, ¿son prioritarios? ¿Lo son para todos? Casi nadie discute hoy que la causa feminista sea una causa justa. El problema es que hay en el mundo muchas otras causas justas. Yo observo en el feminismo un creciente interés por erigirse en la causa central, en la primera de las causas justas, en el gran imperativo moral que debe ocuparnos a todos constantemente. Este intento es, por supuesto, comprensible, pero creo que no es correcto. Más aún, me parece una peligrosa gatera para la intrusión de un pensamiento totalitario.

3. La crisis [de la pandemia], como es lo habitual, está afectando especialmente a las mujeres.

Yo creo que esto es verdad, pero no me parece de recibo que una red de unidades universitarias para la excelencia universitaria (sea eso lo que sea) suelte afirmaciones tan gruesas sin aportar la menor prueba o argumentación. Este proceder me parece ajeno al método académico y científico. ¿Dónde queda la dichosa excelencia universitaria?

4. El Manifiesto señala algunos de los trabajos o logros de la RUIGEU en el año 2020:

  • La elaboración de una guía de Teletrabajo y Conciliación Corresponsable en tiempos de covid-19, que pretende mejorar los problemas de conciliación detectados que ahondan, aún más, las distintas brechas de género que existen en la comunidad universitaria.
    De nuevo me inquieta que una entidad universitaria para la excelencia afirme las cosas gratuitamente, incluso cuando es muy posible que sean verdaderas. ¿Cuántas son esas brechas? ¿Dónde están los datos que prueban su existencia, las describen, etc.? No estoy diciendo que tengan que colocar toda esa información en este Manifiesto, pero sí que deberían incluir las referencias correspondientes. Así se trabaja en una universidad... incluso aunque no sea excelente.
  • Este punto es un divertido ejemplo de lo mal redactado que está el texto. Se trata de la aportación de nuestras Unidades de Igualdad a la creciente preocupación de la ANECA por la brecha de género. Según esto, la Aneca está cada vez más preocupada, y la RUIGEU contribuye a aumentar su preocupación. Gran aportación, pardiez...
  • La RUIGEU se ha incorporado a la Mesa de Género y Universidad impulsada por el Ministerio de Universidades. Es decir, la burocracia en torno a estos asuntos sigue creciendo. ¿Seguro que es esto una buena noticia?

La RUIGEU entiende que estos logros no cambian nada, pero sí constatan una tendencia a abordar las clásicas problemáticas de las mujeres en las universidades y, sobre todo, demuestra que la actuación conjunta de esta Red para avanzar en la igualdad obtiene, efectivamente, resultados. Es decir, que existen unas problemáticas clásicas, pero hay una tendencia a abordarlas. La frase es, una vez más, un globito de colores. De todas maneras, lo mejor es lo de los resultados demostrados. ¿Cuáles, la elaboración de una guía, la participación en una mesa, el incremento de la preocupación en la Aneca? ¡Tremendos resultados!

5. Reivindicamos la importancia del trabajo desarrollado por las Unidades de Igualdad para avanzar en la eliminación de las desigualdades y exigimos que la perspectiva de género impregne todas las políticas universitarias.

Es lógico que quieran reivindicar su trabajo (falta les hace, me temo). Lo que me parece un grave error es la exigencia de que todas las políticas universitarias deban estar impregnadas de la perspectiva de género. Nos topamos otra vez como ese interés en erigirse en centro del universo, que olvida una verdad obvia: algunas políticas universitarias tendrán que tener presente la perspectiva de género, pero otras muchas, no. (Por cierto: ¿qué es exactamente una política universitaria? ¿Y la perspectiva de género?) La RUIGEU, sin embargo, insiste en que tal perspectiva (que, insisto, nadie sabe muy bien en qué consiste) debe aplicarse en todos los ámbitos de la universidad, que enumera además de la siguiente manera: la administración, la gestión, la docencia, la investigación y la innovación. Me salgo del tema, pero no puedo resistirme a comentar la inclusión de la innovación como un pilar fundamental del quehacer universitario, junto con la docencia o la investigación. He aquí otro magnífico ejemplo de la utilización de clichés de pensamiento, de los que huyo como de la peste.

6. No es posible la excelencia y la calidad sin la igualdad.

¿Pero cómo que no? Por supuesto que, en condiciones de desigualdad (y no sólo por razón de sexo, que es lo único que importa a los autores del Manifiesto), una universidad puede ofrecer frutos de calidad. Sin embargo, esa universidad no sería un lugar justo. Y, por supuesto, sería deseable que lo fuese. Además, cualquier lugar en el que reine la justicia está en mejores condiciones de rendir más y mejor. Pero no es una condición sine qua non

En definitiva, procurar la justicia y la igualdad es un imperativo (no sólo moral) que debe regir en la universidad (y en cualquier sitio). Pero sin frases vacuas, eslóganes falsos y trampas del pensamiento. Y sin olvidar que ese ideal debe ser mucho más amplio que el feminista. 

lunes, 10 de diciembre de 2018

Universidad y violencia contra las mujeres

El pasado 25 de noviembre de 2018, los 51 miembros de la Red de Unidades de Igualdad de Género de las Universidades Españolas para la Excelencia Universitaria (RUIGEU) firmaron un Manifiesto con motivo del Día Internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres. Puede leerse en https://www.uv.es/ruigeu2/MANIFIESTO25N_2018.pdf. Me gustaría repasar rápidamente algunos de los dislates que, a mi juicio, contiene el documento.

1. Comienza el Manifiesto hablando de la lucha contra todo tipo de violencia sobre las mujeres, violencias que están asentadas sobre las desigualdades entre hombres y mujeres, construidas culturalmente mediante prácticas discriminatorias. Es decir, según la RUIGEU, todas las violencias nacen de la desigualdad, no cabe por tanto un acto violento contra una mujer que no esté asentado sobre la desigualdad. Esto es sencillamente falso.

2. La RUIGEU entiende que un objetivo prioritario de las universidades debe ser colaborar con los poderes públicos y la sociedad en su conjunto para poner fin a las violencias ejercidas contra las mujeres. Por eso, afirma que las universidades tenemos como núcleo irrenunciable de actuación, el principio de igualdad. A mi modo de ver, esto es un grave error de concepto. 

Por supuesto que el principio de igualdad debe ser observado en la universidad. Ese principio, y otros muchos. Pero esa observancia en ningún caso debe ser el núcleo de su actuación. A quién podría parecerle mal que la universidad colabore en la erradicación de la violencia (contra las mujeres y contra quien sea). Pero eso no ha de ser de ningún modo un objetivo prioritario. La universidad está para otras cosas.

3. La RUIGEU insiste en la necesidad de acabar con todo tipo de agresiones, abusos y acosos sexistas en las universidades. De lo que cabe deducir que estos hechos se producen con cierta frecuencia. Yo, sin embargo, creo que, de existir, son excepcionales. Por supuesto, puedo estar equivocado (o mal informado). Pero en lo que sí creo tener razón es en lo siguiente: si hoy se da un caso de esos en cualquier universidad, ésta tiene plena capacidad de actuación. No necesita hacer manifiestos, ni pedir nada: basta con que cumpla con su obligación ciudadana; cuenta para ello con su propia reglamentación y el recurso a la justicia ordinaria. Afirmar que todo esto existe cotidianamente en la universidad no es sino reconocer su propia culpa. ¿Qué pasa, que actúas mal? Pues cállate y actúa bien…

4. La RUIGEU entiende que la universidad debe formar a todos sus alumnos en las competencias y destrezas necesarias para este indispensable cambio social hacia la igualdad, de modo que sus grados y posgrados capaciten para el ejercicio profesional con perfil cualificado en los procesos derivados de la violencia de género. Por supuesto, nadie sabe en qué consiste esa cualificación, ni cuáles son esas competencias y destrezas. También es digna de reseñar la pretensión de que todo perfil profesional deba incluir formación al respecto. Pero lo fundamental sigue siendo, a mi juicio, el error de concepto sobre el quehacer universitario: ¿desde cuándo la universidad está para enseñar a nadie a actuar ante un acto injusto? ¿Y además sólo debe hacerlo si la injusticia es contra una mujer? No digo que no lo haga, ni que no sea su deber hacerlo: digo que su objetivo es otro.

5. La RUIGEU reclama el apoyo de los poderes públicos: la dotación económica dispuesta por el Pacto de Estado, y gestionada por las Comunidades Autónomas, debe contener la previsión correspondiente para incluir a las universidades como agentes intervinientes en la lucha contra la violencia de género, dotándoles de los medios materiales y humanos suficientes. […] necesitamos el respaldo institucional y financiero del gobierno de las comunidades autónomas para acometer las políticas de género, ya que, sin dicho respaldo, resulta muy difícil, cuando no inviable, que las universidades, y sus unidades de igualdad, podamos asumirlas

Me temo que hemos dado con la auténtica finalidad del Manifiesto: la pasta. Quieren más dinero. ¿Para qué? No lo dicen. Yo no entiendo muy bien la necesidad de un presupuesto específico para atajar la violencia o la injusticia en una universidad. Pero, en cualquier caso, no dicen: quiero dinero para hacer esto, y lo otro y lo de más allá. Sólo dicen: dame dinero, porque mi objetivo es justo. Y eso es hacer trampa.

6. El Manifiesto asume que sólo hay un punto de vista correcto para afrontar la violencia contra las mujeres: la ideología de género. Más aún, entiende que afrontar estos problemas desde otra perspectiva es, no sólo erróneo, sino contraproducente: la ausencia de perspectiva de género en la evaluación de los hechos que fundamentan la violencia de género lleva a la consolidación de falsos presupuestos, otorgando autoridad a quienes niegan la existencia de una violencia sistémica contra las mujeres. Estamos, pues, ante una versión del clásico o conmigo o contra mí. Creo que el batiburrillo mental en la cita anterior es evidente: parece ser que hay unos hechos (¿cuáles?) que fundamentan la violencia, y no verlos desde una determinada perspectiva supone dar la razón a quienes niegan dicha violencia, que de paso resulta ser sistémica… Además, en esto hay otro grave problema: que nadie sabe muy bien en qué consiste exactamente la tan manida ideología de género

7. Dejo para el final el disparate más grave, a mi juicio: es ineludible la transversalización de la perspectiva de género en todas las áreas de conocimiento según el grado de intensidad que se requiera en cada una de ellas

Me pregunto si la RUIGEU habrá oído hablar del Decreto Orovio, que en 1875 suspendió la libertad de cátedra en España y prohibió –entre otras cosas– cualquier enseñanza contraria a la doctrina católica. Seguro que a la RUIGEU le parecería intolerable que alguien hoy en día pretendiera que en la universidad la doctrina católica fuera una perspectiva transversal en todas las áreas de conocimiento. ¿Y por qué entonces le parece bien si se trata de la ideología de género? Lo inaceptable es pretender que el quehacer científico y académico deba someterse a una ideología, sea ésta la que sea. La presión ideológica sobre la universidad ha existido siempre; pero que ahora sea la propia universidad la que solicite para sí misma un yugo ideológico es el colmo: las ranas pidiendo un rey, los pájaros llamando a los cazadores.

Luchar contra la violencia contra las mujeres es un objetivo loable. Luchar contra cualquier violencia lo es. El problema no está en el objetivo, sino en los medios utilizados. Y los medios propuestos por la RUIGEU (subversión de los objetivos universitarios, sometimiento ideológico) son inaceptables.

lunes, 9 de junio de 2008

Decálogo universitario

Llevo media vida en la Universidad, en la de Deusto, pero también en otras. Tengo familia y amigos en diversas universidades, y sé de sus trabajos, afanes, problemas y sinsabores. En definitiva, en estos años, aquí y allá, creo haber aprendido algunas cosas (tampoco muchas, al fin y al cabo), que voy a intentar resumir en esta especie de decálogo desordenado. Se trata de generalizaciones, por lo que no deben verse alusiones a personas o situaciones concretas:

  1. En la Universidad florece la paradoja, por lo demás universal, de que "quien sabe no puede, y quien puede no sabe".
  2. En la Universidad conocerás las inteligencias más luminosas, pero también los tontos más rotundos. El estudio no siempre genera conocimiento, ni éste implica sabiduría. En definitiva, la universidad no sirve de antídoto contra la estulticia.
  3. Frente a la Universidad como templo del saber, debes reivindicar la importancia del no saber: un saber que no lleve aparejado su correspondiente no saber es acaso la mayor necedad. (Corolario: es tal vez más importante que enseñes lo que no sabes que lo que sí sabes; esto último se encuentra fácilmente en los libros).
  4. Por mucho que sepas, y por muy prudente que seas, siempre habrá un momento en el que dejes al descubierto tu ignorancia. Procura, de todas maneras, saber más, mejor y –sobre todo– ser más prudente. (Corolario: no te burles de la ignorancia del vecino, porque la compartes; sí puedes hacerlo, acaso, de su imprudencia.)
  5. Es fácil ser bueno en aquello en lo que inviertes mucho tiempo. Por tanto, todos tus logros tampoco valen tanto.
  6. A tu lado hay mucha gente, y casi todos tienen potencias, saberes y méritos que ignoras.
  7. Además del conocimiento y la inteligencia, la experiencia es indispensable para conseguir esa facultad indefinible que se denomina criterio. Pero no olvides que la experiencia no consiste tanto en las cosas que has experimentado, como en las cosas sobre las que has reflexionado.
  8. ¿No consigues ser brillante, destacar entre tus colegas? Bueno, es una pena, pero no pasa nada: con ser honrado tienes más que suficiente.
  9. Un mal profesor lo es por la combinación, en proporciones muy diversas, de tres razones principales: no saber lo suficiente, carecer de verdadero interés por que sus alumnos aprendan y presentar alguna "deficiencia" personal (tener pocas luces o poca vergüenza son las más habituales). Nada de esto se corrige con pedagogía. (Corolario: ¿quién se atreve?)
  10. Sea cual sea tu situación, desde el instante en que "te lo crees" estás perdido.

Estas diez sagacísimas sentencias resumen lo que he aprendido. Tal vez dentro de algún tiempo escribiría otras; tal vez entonces éstas me parezcan tontas. En todo caso, podemos acabar como Groucho Marx: éstos son mis principios; y si no te gustan, tengo otros...