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martes, 14 de febrero de 2023

¡Ese cuerpo, señor ministro!

Ninguna parte anatómica de un ministro debería ser motivo de debate político (salvo excepciones evidentes, como, por ejemplo, el cerebro de uno que haya sufrido un ictus). Sin embargo, hace unos días, cierta parte de una ministra originó un buen rifirrafe público. Creo que los motivos principales de esa polvareda fueron dos, en modo alguno excluyentes.

La primera razón es muy simple: la mirada de nuestra sociedad sigue siendo bastante machista. El aspecto personal de las mujeres políticas (iba a escribir públicas) es examinado con un detalle que no se aplica a sus colegas masculinos. Los atuendos, los complementos, el peinado, la forma física... todo sufre un escrutinio implacable por parte de la opinión pública, pero sólo –o especialmente– en el caso de las mujeres. El seguimiento periodístico casi diario sobre la ropa utilizada por la reina es, para mí, el ejemplo más llamativo de este desequilibrio.

La segunda razón es más compleja. Tiene que ver con la importancia excesiva que nuestra sociedad actual otorga a los gestos (actos o hechos que implican un significado o una intencionalidad, según la RAE).

No puede decirse que un gesto sea, en sí mismo, algo malo. Más bien al contrario (hablamos siempre, claro está, de gestos positivos). Sin embargo, un gesto no implica ningún compromiso, ninguna acción, no cuesta nada y no supone apenas trabajo. Ante un problema, un gesto puede ayudar, pero tampoco lo soluciona. Más aún, un gesto puede ser la táctica perfecta para disimular o rehuir la responsabilidad que a uno le corresponda: en lugar de un compromiso, en lugar de una acción o un trabajo sostenido, regalo un gesto, que me alivia y da la sensación de empatía necesaria para soslayar lo que de verdad debería hacer.

Los ejemplos son múltiples: no aceptamos a los pobres en nuestro entorno (o a los extranjeros, o a los homosexuales, etc.), pero nos ponemos camisetas solidarias o acudimos a manifestaciones; no somos capaces de hacer un auténtico examen de conciencia sobre nuestros hábitos, pero publicamos tuitts ecologistas, feministas e inclusivos y criticamos con dureza a quien se ponga a tiro por esos motivos; no cumplimos (o lo hacemos deficitariamente) las normas sanitarias, pero aplaudimos desde el balcón; no somos capaces de arrimar el hombro en nuestro entorno, pero nos hinchamos a firmar peticiones en change.org; no dedicamos el esfuerzo necesario a nuestros estudios o nuestro trabajo, pero participamos de la manifestación a favor de la educación o en contra de los recortes;  consentimos el abuso en nuestro entorno, pero firmamos manifiestos contra el bullying; conducimos de aquellas maneras, pero firmamos a favor de una mayor seguridad vial; en el parlamento, los políticos portan camisetas, enseñan carteles, se levantan, patalean, aplauden, se van, cruzan ingeniosidades... pero no cumplen con la función que les hemos encomendado; la lista podría ampliarse sin mayor esfuerzo. Somos una sociedad de gestos, con muy poquito por detrás.

Volviendo al caso que nos ocupa, ¿qué significado o intencionalidad cabe atribuir al hecho de que un ministro –una mujer, en este caso– no utilice una prenda interior? Es verdad que todo en el mundo puede entenderse como símbolo, aunque tampoco sepamos si esa plurisignificatividad existe de verdad en la naturaleza o se la otorgamos nosotros, gracias a una de esas extrañas habilidades que posee nuestra especie animal. En este caso, las interpretaciones pueden ser –han sido, de hecho– tan variadas como las miradas de quienes opinan. (Además, debemos sumar otro condicionante, por desgracia cotidiano: la mayoría de las opiniones son torticeras, malintencionadas y buscan por encima de todo desprestigiar al enemigo, sea éste quien sea).

Es más fácil ocuparse de la anatomía de un ministro que formarse una opinión sólida sobre su gestión,  debatirla debidamente y actuar en consecuencia. Que esto suceda más con las mujeres se explica por la primera razón apuntada. Pero en ambos casos, la sociedad tiende a manejar gestos, detalles menores, pequeñeces que le mantienen ocupada y le proporcionan una falsa apariencia de estar al tanto de la cosa pública, pero sin entrar nunca en el meollo de las cosas, sin discriminar las cuestiones importantes, sin plantearse alternativas para la acción, sin asumir nunca responsabilidades. Gestos, gestos y más gestos. Y la realidad, mientras, haciendo de las suyas. Y el hatajo de sinvergüenzas que nos pastorea, también.

viernes, 16 de julio de 2021

Ley de libertad sexual

He leído la Proposición de Ley de Protección Integral de la Libertad Sexual y para la erradicación de las violencias sexuales, que, una vez más, ha creado un gran revuelo en los periódicos (aunque, también una vez más, casi nadie se ha molestado en facilitar el texto a los lectores).

Como era de esperar, hay artículos que me parecen bien y otros (el 28, por ejemplo) que me parecen mal. No escribo estas líneas para discutir esas cosas, sino para llamar la atención sobre la gran carga ideológica de la ley, que se explicita especialmente en el apartado introductorio de Exposición de Motivos. Tal vez esté equivocado, pero a mí me parece que el texto de una ley debe ser lo más neutro posible, de modo que cualquiera pueda aceptarlo como suyo, independientemente de su grado de acuerdo. Sin embargo, en este caso parece que el legislador aprovecha para dar rango de ley a lo que no dejan de ser opiniones particulares (aunque uno pueda estar de acuerdo con ellas). Coloco algunos ejemplos:

  • Las violencias sexuales son una manifestación de las violencias machistas.
  • Los roles de género sustentan la discriminación de las mujeres y la penalización, mediante formas violentas, de cualquier expresión de la disidencia respecto a la normatividad heterosexual, sexual y de género.
  • Las violencias sexuales no son una cuestión individual, sino social; no se trata de una problemática coyuntural, sino estructural.
  • Además de la discriminación por razón de género, las mujeres se enfrentan a un sistema de discriminaciones solapadas que da lugar a formas de violencia multidimensionales y, en consecuencia, a vulneraciones múltiples de derechos humanos.

Lo repito: creo que este tipo de afirmaciones no deberían formar parte del texto de una ley. Y además, algunas de ellas me parecen solemnes majaderías.

Analicemos, por ejemplo, la segunda frase: parece ser que hay una normatividad sexual, otra heterosexual y otra más de género. Para empezar, ¿qué entendemos por normatividad? Que yo sepa, la palabrita en cuestión expresa la cualidad de lo normativo (por ejemplo, la normatividad de una gramática normativa), mientras que aquí parece utilizarse en el sentido de 'conjunto de normas'. No deja de ser asombroso que un legislador no conozca el recto uso de estas palabras. Pero sigamos: hay esos tres conjuntos de normas, que al menos yo ignoro por completo, y si alguien expresa su desacuerdo con ellas (aunque hablar de disidencia le aporta un matiz diferente, y aunque no entiendo cómo alguien puede no estar de acuerdo con algo que desconoce) va a resultar penalizado de forma violenta (es decir, agredido: ¿por quién?); y todo ello es posible por los roles de género (que tampoco sé lo que son, ni la relación que guardan con las tres normatividades). En fin, para mí, al menos, el veredicto es claro: esta frase es una memez que nunca debería poder leerse en una ley.

Quiero señalar otro problema que encuentro en esta Ley, a mi juicio también de raíz ideológica.

El Artículo 1 comienza muy bien, hablando del derecho a la libertad sexual de todas las personas, y dejando sentado que la ley no consentirá discriminación alguna por motivos de género, sexo, orientación sexual, identidad sexual o de género (¡cinco motivos, nada menos!). Acto seguido, señala que la Ley va a contener una serie de medidas específicas para las mujeres, pero aclara que esto no se considera discriminatorio, porque tienen la finalidad de remover los obstáculos que impiden que los hombres y las mujeres puedan disfrutar de su libertad en igualdad de condiciones. En definitiva, la famosa discriminación positiva, que siempre me ha parecido razonable pero de encaje legal delicado (los españoles son iguales ante la ley, que dice el artículo 14 de la Constitución). También me llama la atención que, al defender esta posible discriminación, ya no se andan con tantos remilgos como en el párrafo anterior, y hablan directamente de hombres y mujeres.

El caso es que, a lo largo del larguísimo articulado de la Ley (47 páginas), a mí al menos no me queda claro cuándo están hablando de personas y cuándo de mujeres. Más aún, me parece que, en general, sólo hablan de mujeres. Por ejemplo,  en el cuarto apartado de la Exposición de Motivos se anuncia que el Título III recoge los derechos de las mujeres víctimas de violencias sexuales. ¿Pero es que un hombre no puede ser víctima de la violencia sexual? En este caso, al parecer, no cabe hablar de víctimas y víctimos... 

domingo, 15 de mayo de 2005

Guerra de sexos

¿Qué es la guerra de sexos y qué puedo decir yo acerca de eso? Supongo que la cuestión se podrá analizar desde perspectivas diversas. Si fuera psicólogo, tal vez sabría explicar qué parte de nosotros deriva del hecho de ser sexuados, qué cualidades corresponden a cada sexo y cuáles de ellas entran o pueden entrar en conflicto recíproco. Si yo fuera psicólogo... pero no lo soy.

Si yo fuera paleobiólogo, probablemente creería que detrás de un hombre y una mujer hay largos siglos de evolución divergente, y mantendría la hipótesis de que el auténtico origen de la guerra de sexos está en el momento evolutivo del bipedismo y de la pérdida de celo. ¿Será todo eso verdad? No lo sé: como no soy paleobiólogo...

También se puede disertar largo y tendido sobre la guerra de sexos y la violencia, el abuso de poder, la educación, la instrumentalización de la diferencia, etc. ¿Qué necesitaría ser para hacer eso? Lamentablemente, casi cualquier cosa: sociólogo, pedagogo, pero también contertulio, famoso, concursante, listo profesional...

También podríamos recurrir a algunos de los grandes nombres de la Historia. Podríamos así aprender que la mujer es un ser inferior ("la hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades" –Aristóteles–), pero con la cualidad de resultar atractiva ("la mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido, aunque agradable y gracioso" –Erasmo de Rotterdam–), y que debe por tanto cultivar únicamente la cualidad de gustar ("no hay manto ni sayo que peor siente a una mujer que el querer ser sabia" –Martín Lutero–). Queda claro, pues, que la mujer existe para ser utilizada por el hombre ("las mujeres están para ser gustadas. Después, unas se dejan, otras no… Eso ya va por provincias" –Camilo José Cela–). En definitiva, esta pequeña ensalada de perlas nos enseña que el genio y el patán pueden perfectamente convivir debajo del mismo sombrero. Si algo queda claro en esta historia de hombres es su definitiva ineptitud para comprender a las mujeres; lo reconocía claramente Sigmund Freud: "la gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?"

Otra luz que puede iluminar la cuestión de la guerra de sexos es la del humor, puesto que hay miles de chistes de todo tipo que la ilustran copiosamente. Estas pocas líneas no permiten tratar más que uno de esos tipos: el que parece en primer lugar "reversible" (que puede contarse tanto acerca de hombres como de mujeres), pero suscita la reflexión de si, en verdad, pueden aplicarse en sentido doble. Estos chistes son auténticas joyas de perspicacia. Por ejemplo, éste que clasifica las cuatro fases del enamoramiento masculino: "Primero te gustan todas; luego, sólo te gusta una; más tarde, vuelven a gustarte todas; por último, te gustan todas menos una". ¿Puede predicarse lo anterior de los dos sexos, o acaso conviene más al masculino? Tal vez se ajuste más al femenino esta revisión del chiste anterior, hecha por un amigo mío: "Primero te gustan todas; luego te casas y ya no te gusta ninguna". Dilucidar si estas dos versiones presentan una distribución sexual y ensayar posibles explicaciones para cualquiera de las dos opciones, creo que podría dar para alguna que otra sesuda tesis doctoral.

En fin. Ya casi he terminado mi ejercicio de redacción. Me habría gustado ser psicólogo, paleobiólogo, sociólogo, pedagogo, incluso listo. Pero como, al parecer, no soy nada de eso, ni sé de nada, he acabado contando chistes. Sin embargo, creo que en ellos se puede encontrar la manera tal vez más humana de encarar la dichosa guerra de sexos: mirar con honradez cómo somos, qué ridículamente nos comportamos tantas veces, y sonreír después con benevolencia. Porque en esa sonrisa anidan la comprensión, el perdón (¿es que no son lo mismo?) e incluso, a veces, el propósito de enmienda.

(Publicado en la revista Deusto, nº. 86, 2005, pág. 39)