viernes, 27 de marzo de 2026

De misiones y patrañas

Para Carlos y los nueve galaicos

El mes pasado tuve la ocasión de charlar sobre varios temas con unas personas muy interesantes, de ésas que te obligan a repensar mejor algunas cosas. En estas líneas quiero dejar constancia de una de esas reflexiones propiciadas por su visita: la que atañe a la "misión" que las empresas dicen tener.

De un tiempo a esta parte, no hay empresa que se precie que no proclame viento en popa a toda web su particular versión del triunvirato mágico de "visión, misión y valores". Para mí, estas declaraciones empresariales son, en su mayoría, una pura filfa.

El objetivo último de toda empresa no es otro que ganar dinero. Todo lo demás es estrategia: cómo ganar la mayor cantidad posible de dinero con el menor esfuerzo. Parte de esa estrategia concierne a la venta. Dentro de lo que ahora llamamos marketing (porque mercadotecnia se nos hace difícil, ventas nos parece poca cosa y mercadeo tiene casi siempre connotaciones peyorativas), es importante que nuestra empresa tenga una buena imagen. Como el término imagen puede dar una cierta sensación de falsedad (puesto que no sería la cosa en sí, sino su imagen o reflejo), utilizamos identidad, que suena mucho mejor y más auténtico. Creo que es el momento de poner un ejemplo:

En mi ciudad hay ya mil bares, pero yo decido abrir uno más. Tengo claro que necesito dotar a mi local de algún rasgo distintivo frente a los demás, algo que favorezca que la gente lo conozca y, eventualmente, lo frecuente. ¿Qué puede ser ese puntito de originalidad? La decoración, la música, las bebidas, la comida, la organización del servicio... casi cualquier cosa. Podría decirse que, de esta manera, doto a mi local de su propia identidad; pero, en realidad, lo que estoy haciendo es intentar sobresalir de mi competencia con el único y loable objetivo de ganar más dinero más rápidamente, es decir, pretendo ser original, diferente.

No obstante, cuando decimos identidad, no sólo estamos diciendo originalidad. Dentro del paquete completo de la identidad, entendida como un escaparate para atraer la atención del cliente y, en definitiva, como un medio de ganar más dinero, se encuentra también la cantinela de la misión, la visión y los valores. Los términos son, como poco, eufemísticos. Al hablar de la visión de una empresa, nos referimos en realidad al status quaestionis del sector empresarial correspondiente que compone el dueño para sí, y que guiará su estrategia empresarial. Lo único que podría tener un pase es lo de los valores, en el caso de que la empresa se autoimponga algún límite moral en su quehacer (los legales no tienen la menor importancia, puesto que son de obligado cumplimiento). Me centraré, pues, en la misión. 

Tener una misión es supeditarlo todo (acciones, beneficios, objetivos) a un fin último, normalmente de carácter trascendente. Pongamos un par de ejemplos: 

En cierta prelatura personal se contaba la anécdota de la visita del gran jefe a la recién inaugurada universidad de cierta ciudad, de cuyo nombre sí que me acuerdo. Cuentan que el segundo de a bordo (que más tarde sustituiría al primero) le dijo:

— Ya hemos cumplido sus órdenes, Padre: nos dijo que hiciésemos una universidad y aquí está.

— No exclamó el Padre; y aquí no puedo evitar imaginarme a Chiquito de la Calzada gritando "Noorl", yo no os mandé que construyerais una universidad: yo os mandé que os hicierais santos construyendo una universidad.

Otra anécdota parecida cuenta que la Madre Teresa de Calcuta, cuando visitaba a las jóvenes monjas enfermeras de alguno de sus hospitales, condensaba todas sus instrucciones en una única palabra: "ámenlos".

Eso es una misión. Para lo que nos ocupa, no importa ni la veracidad de las anécdotas ni lo acertado de las misiones. Pero, en ambos casos, todo se supedita a una meta última (de carácter cristiano, en estos ejemplos). Todo esto le resulta completamente ajeno a todas las empresas que yo conozco. Tal vez pueda estar presente en el secreto corazón de algún dueño o directivo aunque cada vez lo dudo más, pero jamás podría afirmarse de la empresa en sí.  

Pero la trampa es todavía más enrevesada, porque las empresas, rizando el rizo, no sólo pregonan hacia afuera una misión que no tienen, sino que pretenden trasladarla hacia adentro, al quehacer cotidiano de sus empleados. Así, es habitual (al menos en la empresas grandes y medianas) que al trabajador de turno le obliguen a contestar a disparates como "¿cuál crees que es o debe ser la misión de tu rol en la organización?". Por lo que a mí respecta, lo afirmo rotundamente: no tengo ninguna misión. ¿Pero quién me he creído que soy? Yo sólo procuro ganarme el dinero que me pagan haciendo mi trabajo lo mejor que sé y que puedo. Tutto il resto é vanità, que diría San Felipe de Neri.

Un último apunte: que una empresa, un grupo humano o una persona particular tengan una misión no sólo suele ser mentira, sino que resulta potencialmente peligroso. La Historia está llena de misiones que apenas han conseguido aportar otra cosa que no fuera sufrimiento para miles de seres humanos.



viernes, 13 de marzo de 2026

Pedagogía y políticos

Cuando se hace pública la penúltima barrabasada de algún gobierno (nacional, autonómico, municipal), una salida habitual del político de turno es reconocer que, en ese asunto concreto, "les ha faltado pedagogía". Normalmente, queda claro que lo que les falta no es pedagogía, sino vergüenza; no obstante, creo que la confusión permite alguna que otra reflexión interesante.

Un político no tiene por qué enseñarnos nada: lo que debe hacer es rendir cuentas. Que un político nos enseñase algo sería un admirable plus añadido a su labor; pero rendir cuentas y explicar adecuadamente su quehacer es su obligación. Al hablarnos de pedagogía, presenta como optativo lo que es de obligado cumplimiento (su parte del contrato suscrito con sus conciudadanos en la urnas), es decir, trata de hacernos trampa.

Este "político pedagogo" no llega ni a plantearse la corrección de sus propios actos, sino que se lamenta de no habernos colado su versión de los hechos. La verdad queda así supeditada a la intrepretación normalmente torticera de los mismos. Esta artimañana recibe últimamente nombres rimbombantes, como "postverdad" o "relato". 

Todos sabemos que la verdad  al menos la de las cosas humanas no es unívoca ni absoluta, todos hemos oído hablar del principio de incertidumbre de Heisemberg (aunque no sé si lo entendemos bien), todos hemos leído alguna que otra sesuda reflexión epistemológica... Pero aquí no estamos haciendo física cuántica, ni tratamos de discernir enrevesadas cuestiones históricas o sociales: se trata de justificar un gasto indebido, una acción incoherente, una decisión sospechosa, etc.

¿Quiere un político enseñar algo a la gente? Explíqueles, y muéstreselo con su ejemplo, una doble distinción, del todo evidente, pero que sus colegas y amiguetes se han encargado de dinamitar, a saber:

1. Hay que distinguir entre los hechos y las interpretaciones de dichos esos.  Y entre éstas y las opiniones.

2. No todos los hechos son igualmente ciertos, sino que se ordenan en un continuum de certidumbre, con infinitos grados intermedios. Por ejemplo: una inscripción romana bien conservada es un dato muy cierto, puesto que su lectura es prácticamente unívoca; sin embargo una inscripción en alfabeto ibérico es mucho más incierta, puesto que no estamos seguros de saber leer correctamente esos caracteres, y caben por tanto diferentes interpretaciones.

Los historiadores viven enredados en estas cuestiones y aceptan que la historia no es única. El problema suele ser que tanto la elección de los hechos analizados (es imposible que un historiador pueda manejarlos todos) como su jerarquización (en un doble eje de certidumbre e importancia) dependen, en un grado mayor del deseable, del bagaje teórico e ideológico del historiador en cuestión. Cuando esta dependencia parece excesivamente grande, cabe incluso sospechar de la honradez del historiador. Pues bien, todo esto se traslada, corregido y aumentado, al ámbito de la cosa pública, donde los políticos y sus periodistas palmeros ni pueden ni quieren manejar datos, sino sólo "ganar la batalla del relato". La llamada "memoria histórica" es un buen ejemplo de este proceder tramposo por parte de casi todos. Y lo lamentabilísimo, una vez más, no es tanto que pretendan engañarnos, sino la suma facilidad con la que lo consiguen. Y así, mientras nos entretenemos con los "relatos", no prestamos atención cuando malgastan nuestro dinero o, directamente, se lo reparten.