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martes, 14 de febrero de 2023

¡Ese cuerpo, señor ministro!

Ninguna parte anatómica de un ministro debería ser motivo de debate político (salvo excepciones evidentes, como, por ejemplo, el cerebro de uno que haya sufrido un ictus). Sin embargo, hace unos días, cierta parte de una ministra originó un buen rifirrafe público. Creo que los motivos principales de esa polvareda fueron dos, en modo alguno excluyentes.

La primera razón es muy simple: la mirada de nuestra sociedad sigue siendo bastante machista. El aspecto personal de las mujeres políticas (iba a escribir públicas) es examinado con un detalle que no se aplica a sus colegas masculinos. Los atuendos, los complementos, el peinado, la forma física... todo sufre un escrutinio implacable por parte de la opinión pública, pero sólo –o especialmente– en el caso de las mujeres. El seguimiento periodístico casi diario sobre la ropa utilizada por la reina es, para mí, el ejemplo más llamativo de este desequilibrio.

La segunda razón es más compleja. Tiene que ver con la importancia excesiva que nuestra sociedad actual otorga a los gestos (actos o hechos que implican un significado o una intencionalidad, según la RAE).

No puede decirse que un gesto sea, en sí mismo, algo malo. Más bien al contrario (hablamos siempre, claro está, de gestos positivos). Sin embargo, un gesto no implica ningún compromiso, ninguna acción, no cuesta nada y no supone apenas trabajo. Ante un problema, un gesto puede ayudar, pero tampoco lo soluciona. Más aún, un gesto puede ser la táctica perfecta para disimular o rehuir la responsabilidad que a uno le corresponda: en lugar de un compromiso, en lugar de una acción o un trabajo sostenido, regalo un gesto, que me alivia y da la sensación de empatía necesaria para soslayar lo que de verdad debería hacer.

Los ejemplos son múltiples: no aceptamos a los pobres en nuestro entorno (o a los extranjeros, o a los homosexuales, etc.), pero nos ponemos camisetas solidarias o acudimos a manifestaciones; no somos capaces de hacer un auténtico examen de conciencia sobre nuestros hábitos, pero publicamos tuitts ecologistas, feministas e inclusivos y criticamos con dureza a quien se ponga a tiro por esos motivos; no cumplimos (o lo hacemos deficitariamente) las normas sanitarias, pero aplaudimos desde el balcón; no somos capaces de arrimar el hombro en nuestro entorno, pero nos hinchamos a firmar peticiones en change.org; no dedicamos el esfuerzo necesario a nuestros estudios o nuestro trabajo, pero participamos de la manifestación a favor de la educación o en contra de los recortes;  consentimos el abuso en nuestro entorno, pero firmamos manifiestos contra el bullying; conducimos de aquellas maneras, pero firmamos a favor de una mayor seguridad vial; en el parlamento, los políticos portan camisetas, enseñan carteles, se levantan, patalean, aplauden, se van, cruzan ingeniosidades... pero no cumplen con la función que les hemos encomendado; la lista podría ampliarse sin mayor esfuerzo. Somos una sociedad de gestos, con muy poquito por detrás.

Volviendo al caso que nos ocupa, ¿qué significado o intencionalidad cabe atribuir al hecho de que un ministro –una mujer, en este caso– no utilice una prenda interior? Es verdad que todo en el mundo puede entenderse como símbolo, aunque tampoco sepamos si esa plurisignificatividad existe de verdad en la naturaleza o se la otorgamos nosotros, gracias a una de esas extrañas habilidades que posee nuestra especie animal. En este caso, las interpretaciones pueden ser –han sido, de hecho– tan variadas como las miradas de quienes opinan. (Además, debemos sumar otro condicionante, por desgracia cotidiano: la mayoría de las opiniones son torticeras, malintencionadas y buscan por encima de todo desprestigiar al enemigo, sea éste quien sea).

Es más fácil ocuparse de la anatomía de un ministro que formarse una opinión sólida sobre su gestión,  debatirla debidamente y actuar en consecuencia. Que esto suceda más con las mujeres se explica por la primera razón apuntada. Pero en ambos casos, la sociedad tiende a manejar gestos, detalles menores, pequeñeces que le mantienen ocupada y le proporcionan una falsa apariencia de estar al tanto de la cosa pública, pero sin entrar nunca en el meollo de las cosas, sin discriminar las cuestiones importantes, sin plantearse alternativas para la acción, sin asumir nunca responsabilidades. Gestos, gestos y más gestos. Y la realidad, mientras, haciendo de las suyas. Y el hatajo de sinvergüenzas que nos pastorea, también.

miércoles, 2 de junio de 2021

De periodistas, lenguaje, pensamiento y sociedad

Me resulta difícil leer un periódico o escuchar un noticiario sin irritarme. Muchas veces me parecen un ejemplo magnífico de necedad, un síntoma claro de la tontuna que nos ahoga.  Por si acaso, me apresuro a aclarar que no siempre, y que hablo en términos generales, y que existen magníficos profesionales, cultos, inteligentes y capaces; pero creo que son, cada vez más, la excepción. Los periodistas de los que hablo son víctimas de un estado general de incultura galopante, pero también sus impulsores más decididos. Averiguar si fue antes el huevo o la gallina excede mis capacidades.

Quiero dedicar unas líneas a ejemplificar algunos de los irritantes usos que, a mi modo de ver, sólo se explican si el nivel intelectual del periodista es tirando a lamentable. No citaré las fuentes, por motivos evidentes, pero no me invento nada.

1. Un primer tipo de casos son los errores léxicos, que denotan un pensamiento romo, incapaz de percibir matices. Algunos ejemplos :

  • Desde hace tiempo, ya nadie analiza la situación de algo, se plantea alternativas de actuación, o estudia las posibilidades futuras. Ahora sólo se calculan diferentes escenarios. Como si todo esos términos fueran equivalentes, y estudiar un escenario tuviera sentido fuera de la dramaturgia.
  • Últimamente nadie nadie critica algo o a alguien, sino que arremete contra algo o alguien. Y no es lo mismo, se mire como se mire.
  • Últimamente las acciones no son urgentes, necesarias, perentorias, imprescindibles, ineludibles... Ahora todo se hace sí o sí. Adiós al matiz.
  • Alguien pensó que tensar no era suficientemente largo, e inventó tensionar. (Desde entonces, estoy esperando a que alguien largue el primer tensionamentar.) Con la pandemia, los hospitales no estaban saturados, sino tensionados. Y a partir de aquí, se está produciendo una propagación vírica (nunca mejor dicho) del uso de la palabrita de marras.
  • Hay errores que producen casi hasta ternura. Ayer mismo, alguien explicaba en un periódico que el tramo más barato en el nuevo sistema de tarifas eléctricas corresponde a los findes de semana...

2. Otro tipo de usos irritantes consiste en noticiar lo obvio. Algunos ejemplos:

  • El otro día, un periódico daba la noticia de que una mujer, supongo que famosa, había dado a luz después de nueve meses de embarazo. ¡Insólito, pardiez!
  • Ayer mismo, otro periódico, tras presentar los tres tramos de facturación eléctrica que entran en vigor este mes, publicaba un artículo titulado "Cómo ahorrar en la factura eléctrica", en el que explicaba que, para pagar menos, había que evitar los tramos más caros y consumir en los más baratos. ¡Quién podría imaginar tamaña audacia ahorradora!
  • La prensa deportiva es especialista en lo obvio, tal vez porque tiene que rellenar unos espacios enormes que algún otro necio ha reservado de antemano. Así, un día sí y otro también nos enteramos de noticias tan impresionantes como que tal equipo de fútbol ha entrenado con normalidad, o que tal otro afronta su próximo partido con la intención de ganar...

3. Ya que ha salido el asunto, y aunque me aparto un tanto de mi intención inicial, no me resisto a comentar algunos usos del periodismo deportivo, ámbito feraz en el que florecen todas las tontadas lingüísticas habidas y por haber. Por citar sólo algunos casos:

  • La absurda eliminación de los determinantes, que hace que un futbolista corra por lado derecho, o chute con pierna izquierda.
  • Ahora los deportistas no se lesionan, por ejemplo, en una pierna (o en la pierna derecha), sino en una de sus piernas (o en su pierna derecha). ¿Acaso puede alguien lesionarse en la pierna del vecino?
  • Ahora los futbolistas no avanzan, sino que progresan; no se caen y se levantan, sino que pierden y recuperan la verticalidad; no entran en el campo, sino que ingresan en el terreno de juego.
  • El campo de fútbol es el terreno de juego, pero también el césped, el verde, y hasta el pasto. El saque de banda es también de lateral, de costado, de lado. La camiseta de los jugadores es también camisola, elástico (hasta ahí, pase) e incluso zamarra. ¿Para cuándo jubón?
  • No quiero dejar sin señalar los increíbles hábitos prosódicos de los comentaristas deportivos, que darían para varias tesis doctorales: su enloquecedora capacidad aulladora, sus grupos fónicos alterados, sus patrones entonativos chiripitifláuticos, sus desesperantes muletillas...
  • Mi ejemplo favorito es el del periodista que dijo que no sé qué futbolista había metido un gol de un formidable testarazo con pierna derecha...

4. Por supuesto, no todo lo que me irrita de un periodista tiene que ver con el lenguaje. Lo peor es la trampa, la tergiversación, la manipulación y la mentira. Pero esto (que, por cierto, también se realiza por medio del lenguaje) requeriría otro espacio específico. En el primer párrafo, hablaba de periodistas cultos, inteligentes y capaces. El caso es que no basta con eso para ser un buen periodista: también hace falta no estar sometido económica o ideológicamente, estar razonablemente libre de prejuicios, no ser una mala persona... ¿Quién dijo que ser periodista fuese una cosa fácil?

He descrito algunos usos lamentables del periodismo actual. Hay más, y no sólo los cometen los periodistas. Podría decirse que la mayoría de ellos son meramente lingüísticos, pero, tras el lenguaje, se sitúa el pensamiento. Y creo que muchos de los ejemplos anteriores no lo son sólo del mal decir, sino también del mal pensar.

Esta pobreza expresiva –y mental– de la prensa, ¿a qué obedece? Caben dos respuestas: en la primera, los periódicos rebajan sus exigencias (eliminan los correctores, etc.) por un afán miope de reducir gastos, al entender que a la sociedad no le importan demasiado esas lindezas; en la segunda, se trata de una operación consciente para rebajar el nivel del discurso público, porque así se consigue una sociedad más manipulable. En ambos casos, la culpa última no es de los periodistas, sino de quienes les pagan, y de la sociedad, que ni discierne ni discrimina; o sea: de nosotros. Es, por tanto, nuestra responsabilidad.



martes, 15 de diciembre de 2020

El manifiesto de los escritores contra la Ley Celaá

Después de buscar mucho, por fin he encontrado el texto del manifiesto Escritores con nuestra lengua, en el que cerca de 100 escritores critican con dureza la conocida como Ley Celaá de educación (LOMLOE), básicamente por haber suprimido la referencia al castellano como lengua vehicular. En estas líneas, pretendo señalar algunas de las trampas, tergiversaciones y falsedades que contiene dicho  manifiesto.

Antes de ponerme a la tarea, me gustaría señalar un hecho muy indicativo, a mi juicio, de la inopia intelectual en la que nos movemos y a la que nos conducen. Últimamente se han sucedido los manifiestos, las cartas abiertas, las declaraciones particulares, etc. Los periódicos dan cuenta de todas ellas, las resumen a su manera (inclinando la balanza hacia el lado que les interesa), pero casi nunca ofrecen la posibilidad de leer el texto original. Sin embargo, para mantener activa alguna neurona, lo que necesita el lector no es tragarse la papillita que le ha preparado el periodista de turno, sino acceder a la fuente original y analizarla por sí mismo. Al hurtarnos cada vez más esa posibilidad, los medios de comunicación se revelan como auténticos medios de manipulación.

Vamos con el manifiesto. Enumeraré algunas de sus afirmaciones más graves, y las comentaré seguidamente.

1. La ley Celaá ha sido "aprobada a instancias del independentismo y asumida como propia por el gobierno".

Esta frase es un completo desatino. ¿Primero se aprobó la ley y luego fue asumida como propia por el gobierno que la redactó? ¿O es que no la había redactado el gobierno? Porque sólo faltaba que un gobierno no asumiera como propia una ley que él mismo redacta. Por otra parte, ¿puede el independentismo (vale decir, los independentistas) obligar al congreso a aprobar algo en contra de su voluntad? ¿Quién, si no, ha aprobado esa ley? ¿Y acaso no es el congreso el representante genuino de la soberanía popular? ¿O lo son estos escritores?

2. La Ley Celaá "ha eliminado de su articulado la condición del castellano como idioma oficial y vehicular en todo el Estado".

La condición de idioma oficial del castellano está reconocida en la Constitución. Por tanto, ninguna otra ley puede eliminar esa condición. En otras palabras: lo que ha eliminado esta ley no es la condición, sino su mención. Que no es lo mismo. Los escritores deberían percatarse al vuelo de estas cosas. Y los no escritores, también.

3. El manifiesto concluye un somero repaso al tratamiento de la lengua vehicular de la educación en las últimas décadas afirmando que ahora, con la ley Celaá, "se ha dado un salto cualitativo" (se explica seguidamente que en la erradicación del castellano como lengua vehicular).

Para comprobar que no hay tal salto cualitativo, basta recordar que las leyes de educación españolas, al menos en los últimos 50 años, no han mencionado jamás que el castellano deba ser la lengua vehicular, salvo el paréntesis de 7 años de la ley Wert (2013-2020). No existe, pues, ningún salto cualitativo, sino, todo lo más, una vuelta a la redacción habitual en las décadas anteriores.

4. Esta ley "busca cortar a hachazos el cordón umbilical y los lazos de unión que ensamblan y cimientan el sentimiento de pertenencia a una misma nación".

¿Pero cómo pueden saber estos escritores cuál es el objetivo que persigue alguien cuando escribe algo? Como mucho, podrán decir que eso (lo del cordón umbilical, etc.) es el resultado esperable –según ellos– de la ley, pero nunca su objetivo oculto y no declarado. ¿En qué trama novelesca creen que viven?

5. Abundando en lo anterior, afirman que la ley expropia a las generaciones futuras el patrimonio del castellano, lo que "no solo privará a esas generaciones de conocer en profundidad la riqueza idiomática del español, sino que las desconectará paulatinamente del resto de compatriotas desde el punto de vista histórico y emocional".

Y todo eso, lo conseguirá esta ley simplemente eliminando la expresión "lengua vehicular". ¡Prodigioso! 

Teniendo en cuenta que, según esta ley, compete al gobierno la ordenación general del sistema educativo, la fijación de las enseñanzas mínimas y la regulación de las condiciones de obtención de los títulos (artículo 6 bis), me da la sensación de que si nuestros futuros muchachos no llegasen a conocer en profundidad la riqueza del idioma de Cervantes (cosa que ahora, al parecer, sí consiguen, según estos escritores), no será porque el gobierno carezca de las competencias oportunas. 

Para que quede aún más claro, la disposición adicional del artículo 89 establece que:

  1. Las administraciones educativas garantizarán el derecho de todos a recibir enseñanzas en castellano y en las demás lenguas cooficiales en sus respectivos territorios. (Esto, añado yo, es un mero recordatorio de lo que establece la constitución y los estatutos de autonomía, de obligado cumplimiento.)
  2. "Al finalizar la educación básica, todos los alumnos y alumnas deberán alcanzar el dominio pleno y equivalente en la lengua castellana y, en su caso, en la lengua cooficial correspondiente".
  3. Las administraciones educativas aplicarán los instrumentos de control y evaluación que consideren oportunos para garantizar que "todo el alumnado alcance la competencia en comunicación lingüística, en lengua castellana y en su caso en las lenguas cooficiales, en el grado requerido", así como "las medidas necesarias para compensar las carencias que pudieran existir en cualquiera de las lenguas".

Algo parecido se decía también en el artículo 24.8. Por tanto, afirmar que esta ley pretende erradicar el castellano de algún sitio es, sencillamente, falso.

Conste que no estoy diciendo que me parezca inoportuna la mención al castellano como lengua vehicular común en todo el territorio nacional (ni tampoco lo contrario): digo que no hacerlo no acarreará ninguna plaga bíblica, y tampoco responde a un maquiavélico plan secreto para acabar con España.

6. Podría señalar más afirmaciones que merecen comentario, como considerar la LOMLOE como "una obra de ingeniería social, muy grata a todos los regímenes totalitarios", o entender que es el castellano y no el euskera –por ejemplo– la lengua que necesita protección, pero creo que ya es suficiente para hacerse una idea de por dónde van los tiros.

En resumen, si éste es el nivel de los intelectuales del país, apaga y vámonos...


viernes, 9 de octubre de 2020

De discusiones, riñas y periodistas

Discutir o debatir un asunto es una de las actividades humanas más nobles y elevadas. En un debate, uno ofrece al otro sus razones para que éste las examine y, eventualmente, las corrija o las refute. El objetivo del debate no es rechazar las razones del otro, ni hacer que éste reconozca que estaba equivocado –es decir, ganar–, sino conseguir ambos una mejor comprensión del asunto tratado; en definitiva, acercarse a la solución del problema, a la verdad (si es que eso es posible).

Cuando uno encara así un debate, cree que tiene razón, le gustaría tener razón, pero sabe que puede no tenerla; por tanto, está dispuesto a examinar con ecuanimidad las razones del otro, e incluso a adoptarlas si le convencen. Y en hacer eso no encuentra ningún desdoro, sino, por el contrario, un motivo de satisfacción personal, porque se ha demostrado capaz de aprender. Lo resumió muy bien La Rochefocault: Dejamos de tener razón cuando ya no esperamos encontrarla en los demás.

Así entendida, una discusión pone en acción las mejores cualidades del individuo: su inteligencia, su capacidad de análisis, pero también su humildad, su sinceridad, su bonhomía. Por eso es una de las actividades humanas más excelsas. Y por eso es tan difícil.

En el ámbito público, de políticos, periodistas y analistas (sea eso lo que sea), me parece que nunca como ahora –al menos en mi memoria, que se va acercando al medio siglo– se ha estado tan lejos del ideal anterior. Ahora lo único que importa es ganar, ganar como sea. Cuando un Parlamento debate una ley (lo que, curiosamente, cada vez parece hacer menos), los políticos no persiguen mejorar el texto final, sino ganar (¿popularidad, votos?) o, incluso peor, hacer que los otros pierdan. Además, la crónica periodística de ese debate no pretenderá explicar a los ciudadanos las diferentes propuestas, con sus pros y sus contras, sino que se fijará casi exclusivamente en la riña más bronca, y lo hará en no pocas ocasiones de la manera más parcial  y tendenciosa posible. 

Esto explica que cada vez con mayor frecuencia puedan encontrarse titulares del tipo X destroza a Y. (Por supuesto, la fórmula posee infinidad de variantes: varapalo, chorreo, repaso de X a Y; X humilla a Y, le saca las vergüenzas, descubre sus mentiras, le pone en evidencia... Para eso sí que los periodistas parecen dominar el idioma.) Además, por la parcialidad ya comentada, puede suceder que, ante un mismo hecho, un periódico titule X destroza a Y y otro, Y destroza a X. De esta manera, mientras nos fijamos en la riña, nos han colado una trampa formidable: la noticia ya no es lo que alguien ha dicho o hecho, sino la opinión que eso le merece al periodista. De esta manera, proliferan los titulares que en modo alguno se corresponden con lo que luego se dice en el cuerpo de la noticia (y menos aún, por supuesto, con el hecho en sí).

Un ejemplo: estos días pasados se ha organizado bastante revuelo, y se han escrito bastantes titulares, a partir de que un diputado "insultara" al Rey en el Congreso. Sin embargo, si uno ve el vídeo de su intervención, comprueba que ese diputado enunció dos cosas: un hecho y una opinión (aunque ciertamente las presentó ambas como hechos). El hecho: que Franco eligió a Juan Carlos para que le sucediera como Rey; la opinión: que Felipe es simpatizante de Vox. Lo que dijo ese diputado, y cómo lo dijo, puede parecer bien o mal, pero no es, se mire como se mire, un insulto. Sin embargo, la riña continúa a partir de la asunción de que el Rey ha sido insultado en el Congreso. Ejemplos como éste los hay a toneladas.

En definitiva, detrás del titular de X destroza Y, puede que lo que haya es, sencillamente, que X no está de acuerdo con Y; pero también que quien no está de acuerdo sea el propio periodista. A veces, incluso, se trata de algo todavía más simple: que el periodista detesta a Y.

Este periodismo no busca ampliar nuestra mirada, ayudarnos a comprender mejor las cosas, sino, por el contrario, persigue reafirmar nuestros juicios previos (vale decir, prejuicios), aumentar el tamaño de nuestras orejeras, reducir nuestra capacidad de análisis y comprensión, de modo que nuestra mirada sobre las cosas sea cada vez más corta y monocolor, más dependiente de la manada.

Lo que no puede sino llevarnos a la terrible conclusión de que somos cada día más tontos. Y así nos va.

viernes, 2 de octubre de 2020

El debate presidencial

He seguido el tratamiento que ha recibido en diferentes medios de comunicación el debate presidencial americano de Donald Trump y Joe Biden. En líneas generales, se han presentado dos versiones decididamente antagónicas: para unos, Trump se ha mostrado como un saco de mentiras marrullero y faltón, que ha sacado de quicio con sus estratagemas barriobajeras no sólo a Biden, sino incluso al propio moderador (el periodista Chris Wallace); para otros, Trump ha tenido que defenderse de las encerronas que, en vergonzosa connivencia, le habían preparado Biden y Wallace, y lo ha conseguido con gallardía e inteligencia, desenmascarando las continuas trampas de sus adversarios. Para los primeros, Trump se ha descalificado absolutamente como candidato; para los segundos, el descalificado es Biden.

Sé que las cosas no son unívocas, que la mirada construye el objeto observado, etc. Por tanto, es normal que haya diferentes maneras de entender el desarrollo de un debate. Pero que puedan darse interpretaciones tan incompatibles me parece asombroso. Digamos que entiendo que lo que para uno es amarillo para otro sea verde, pero me asombra que uno vea blanco donde otro ve negro. 

Muchas de estas crónicas periodísticas, al menos las más extremadas, parecen no poder ser explicadas sino desde la psicología clínica, porque sólo un serio trastorno puede afectar tanto la percepción humana. Claro que siempre queda la otra posibilidad: la de la tergiversación interesada y la mentira. Eso ya no es asombroso, sino vergonzoso, y debería ser combatido, incluso legalmente, de ser posible. 

Además, me temo que una buena parte de los lectores de unos y de otros creerán a pies juntillas la versión de cada caso, puesto que la crónica que leen no habrá hecho sino reforzar su convicción previa. Y eso, más que asombroso o vergonzoso, me parece peligroso.

En definitiva, ¿qué ha pasado en este debate? Para poder contestar debidamente esa pregunta, hay que ver atentamente el vídeo (de hora y media, y obviamente en inglés), leer con cuidado las diferentes crónicas, volver a comprobar en el vídeo lo que comenta cada periodista, tratar de entender las razones de cada cual… Para contestar la pregunta, en suma, hay que trabajar y tener además ciertas capacidades. Y nos topamos así con el probable quid de la cuestión: descontando a los que no quieren y a los que no pueden, ¿cuántas personas quedan que sean capaces de contestar debidamente la pregunta, y de quienes nos podamos, por tanto, fiar? Y, para más inri, ¿alguna de esas es periodista?

viernes, 4 de septiembre de 2020

Para qué sirve un periodista

En mi ciudad se están cambiando las marquesinas de las paradas de autobús. Las nuevas, diseñadas por el mismísimo Norman Foster, son, a mi juicio, un desatino. No importa ahora explicar mi opinión, sino fijarnos en otro hecho: ¿alguien, en algún periódico, se ha preguntado por la necesidad de realizar este gasto? ¿Alguien se ha preguntado por la relación calidad/precio de las nuevas marquesinas, o al menos por su precio? ¿Alguien se ha preguntado por qué las nuevas marquesinas no protegen de la lluvia, apenas tienen asientos, sólo son de un único tamaño, etc.? No. La idea que los medios de comunicación han transmitido es, sencillamente, “qué bien, qué buenos somos, vamos a tener marquesinas nuevas y encima de diseño”.

En mi ciudad hemos estrenado una estación de autobuses. A mi modo de ver, es fea, incómoda, está mal señalizada y tiene unas normas de supuesta seguridad desacertadas. ¿Algún periodista se ha preguntado algo sobre estas cuestiones? ¿Algún periodista ha explicado, por ejemplo, el engorroso procedimiento para comprar los billetes, o el increíble trato que han sufrido los taxistas de la estación? No. La idea que se ha transmitido es, sencillamente, “qué bien, qué buenos somos, tenemos una estación súper-moderna y ultra-segura”.

En uno de los lugares que mejores posibilidades urbanísticas ofrecía mi ciudad, se ha levantado una jungla de torres apelotonadas, a las que se suman una residencia-hotel de unos 12 pisos y un nuevo y enorme complejo universitario. Todo en un pañuelo. ¿Algún periodista se ha preguntado cómo ha sido posible este disparate urbanístico, si los procesos administrativos para este horror han sido todo lo limpios que debían, si alguien se ha forrado con todo esto, etc.? No. La idea que se ha transmitido es, sencillamente, “qué bien, qué buenos somos, tenemos los rascacielos más altos de Euskadi, y una residencia estupenda, y un nuevo complejo universitario, todo en una zona modernísima”.

Podía seguir amontonando los ejemplos locales. Y no he comentado ni un solo caso autonómico, nacional o internacional, que suelen ser igual de burdos pero mucho más graves. En todos ellos se observa el mismo fenómeno: los medios de comunicación se limitan a divulgar la visión que interesa a sus dueños. En unos casos, ésta coincidirá con los intereses de quienes se sientan en ese momento en las poltronas; en otros, sucederá exactamente lo contrario. Pero nunca, o casi nunca, aparecerá una mirada serena, lúcida e independiente, que indague y profundice en la realidad de las cosas, asumiendo diferentes puntos de vista. Entonces, ¿para qué sirve un periodista?