miércoles, 5 de enero de 2022

Música de moda: ¿música?

He visto en un periódico la lista de los cinco cantantes más seguidos en España este pasado año 2021 en Spotify, así como la de las cinco canciones más escuchadas. Como comprenderá quien siga leyendo estas líneas, prefiero no dar los nombres. El caso es que he indagado sobre esos músicos, he escuchado esas cinco canciones con atención... y ahora estoy un tanto aturdido.

Como los nombres de las dos listas no coinciden, y en tres de las canciones intervienen varios autores, el número total de cantantes involucrados es once. Todos ellos son puertorriqueños o colombianos y se dedican, básicamente, al reguetón y al trap latino. Las cinco canciones van, efectivamente, en esa línea.

Tratar sobre la calidad musical es siempre delicado, pero creo que tengo una mínima cualificación para intentarlo. Si nos pusiéramos exquisitos, podríamos llegar a afirmar que esas cinco canciones son basura musical, pero eso sería excesivo. Sí creo que puede sostenerse que son muy pobres, musicalmente hablando, y que ninguna de ellas merece ser recordada (ni siquiera escuchada, probablemente). Comprendo que la ópera wagneriana –por decir– no sea lo más seguido en ninguna parte, pero es que estos cinco casos se sitúan justo al otro extremo. 

No se puede comer a diario en un restaurante de tres estrellas michelín, porque no hay estómago (¡ni bolsillo!) que lo resista, pero existen magníficos locales en los que comer un menú del día asequible, sano y sabroso. Lo que no se debe consumir es comida-basura, sea rápida o lenta, barata o cara (casi siempre rápida y barata, al menos aparentemente). Lo mismo pasa con el arte, en general, y con la música, en particular. Cada año se publican, en España y en todas partes, muchas más de cinco canciones sanas y sabrosas, es decir, bonitas e interesantes. Estas cinco, en cambio, no son –al menos para mí– sabrosas, ni mucho menos sanas.

Llegamos así a la parte más comprometida, porque tiene que ver con mis percepciones, mis ideas y mis gustos. Se trata de que los vídeos de las canciones, los aspectos personales, los atuendos, las poses, las letras... todo me resulta desagradable, en términos generales, e incluso despreciable en no pocas ocasiones. Lo asocio con cierto modelo de actitud y comportamiento, social y personal, que sitúo en las antípodas de mi ideal, y que creo que es francamente nocivo, especialmente para los jóvenes que lo consumen. 

Es difícil argumentar concienzudamente los motivos de mi desprecio y me llevaría mucho tiempo intentarlo. Tampoco creo que sea el momento de ensayar generalizaciones pomposas, que pueden sonar muy sesudas pero que vaya usted a saber si son correctas (por ejemplo: el rap es una expresión musical del neoprimitivismo de nuestra época, que es a su vez un síntoma de la decadencia de nuestra civilización). Como no estoy seguro de poder hacer nada de esto bien, me limitaré a copiar algunos versos escogidos de estas canciones, repletas de machismo, sexismo, consumismo, exaltación de la fiesta discotequera y del consumo de sustancias adictivas:

  • Contigo quiero despertar / Hacerlo después de fumar
  • Aunque quiero comerte to' eso completo / De ese culo me volví un te'co
  • Micro dosis, rola, oxy / Besando esos labios glossy / Ya yo le di en to'as las posi'
  • Me enamoré, precisamente, de una chica que no es mía
  • Si me dieran solo 24 hora', yo la' aprovecho / Jura'o que yo voy a hacerte cosa' que nunca te han hecho
  • Si me das tu dirección, yo te mando mil carta' / Si me das tu cuenta de banco, un millón de peso' / [...] / Y yo te compro un Banshee / Gucci, Givenchy /Un poodle, un frenchie / El pasto, los munchie'

Sé que una crítica tan rotunda puede ser injusta (¿tendrá que ver mi edad?), y me disculpo por ello, pero uno no puede dejar de tener sus filias y sus fobias.

En fin, sólo me resta confiar en que estas estadísticas contengan algún sesgo, del tipo que sea, y que haya otras muchas personas escuchando otras músicas, en Spotify o donde sea. Porque, de no ser así, aviados vamos.



jueves, 23 de septiembre de 2021

El consejo

El otro día estuve charlando con una persona extraordinaria. Una de las anécdotas que me contó me parece digna de ser compartida. Y, como creo que a ella no le va a importar, lo voy a hacer.

Hace bastantes años, esta amiga mía trabajaba –entre otros– con alumnos universitarios. En cierta ocasión, uno de ellos quiso hablar en privado con ella para hacerle una pregunta personal importante. 

— Tú estás siempre contenta –le dijo el chaval–, llena de entusiasmo, pareces feliz y tienes más energía que cualquiera de nosotros. ¿Cómo lo haces? ¿Me puedes decir cuál es tu secreto?

— ¿El secreto? Claro que hay un secreto –le contestó mi amiga– y ahora mismo te lo voy a decir, porque es muy sencillo. Difícil, pero muy sencillo: hacer el bien a los demás. ¿Quieres ser feliz? Ayuda a tus semejantes. No hay más.

Y ya está. La historia es muy simple. Pero el consejo de mi amiga podría ser revolucionario, ¿no te parece?

lunes, 6 de septiembre de 2021

La última trifulca educativa... por ahora

Ya estamos, una vez más, enredados con la nueva Ley Educativa (conocida como LOMLOE o Ley Celaá), esta vez a cuenta del desarrollo curricular previsto para algunas asignaturas de la enseñanza primaria. 

En primer lugar, hay que recordar que esta Ley ya se aprobó el 29-12-2020 y que ahora se trata de su desarrollo o concreción. Parece ser que el Ministerio ha preparado un borrador sobre la enseñanza primaria, que va a someter al juicio de las Autonomías. Este borrador (cuyo contenido creo que fue  parcialmente filtrado por algún periódico) es el que ha desatado, una vez más, la batalla política y mediática.  Sin embargo, yo he sido incapaz de encontrar el texto completo del borrador en cuestión. Una vez más, todos opinan, pero me temo que nadie lo ha leído.

Ahora bien, sin necesidad de leer una sola línea del texto, creo que pueden hacerse algunas consideraciones generales:

1. Para empezar, me atrevo a realizar un triple vaticinio:

  1. Será fácil encontrar, en el texto legal, una buena cantidad de sandeces.
  2. Esa sandeces se verán igualadas o incluso superadas por las que aireen los respectivos coros de tifossi, en contra y a favor.
  3. Las opiniones mesuradas, los juicios razonados –que sin duda también los habrá– quedarán ocultados por la gresca y nadie les hará el menor caso.

2. Lo que pueda leerse en un texto legal es, sin duda, importante. No es, sin embargo, lo más importante, al menos en el asunto que nos ocupa. La prueba es que, en los últimos 30 años, nos hemos hinchado a publicar textos legales, mientras que la educación seguía su propio derrotero (a peor, según mi opinión). En otras palabras: para enderezar el rumbo de la educación, un buen texto legal es importante, pero no es el auténtico quid de la cuestión. Redactando una nueva ley no se consigue nada, o casi nada.

3. Las leyes educativas –ésta y las anteriores– son un buen ejemplo de una manera lamentabilísima de entender la política. El político de turno, cuando está en el poder, procura aprobar el mayor número de leyes que se ajusten lo más posible a su ideario (las más de las veces impreciso y tramposo, para colmo), a sabiendas de que tal ley va a resultar inasumible para un porcentaje muy considerable de la oposición (un poquito menos del 50%, habitualmente). Nadie pretende de verdad ponerse de acuerdo: ni gobierno ni oposición; los unos, porque quieren ganar a toda costa, ahora que pueden; los otros, porque se resignan a perder, con la esperanza –tantas veces cumplida en el pasado–de que llegará la hora de su revancha (es decir, volverán a tener mayoría en alguna legislatura y podrán redactar una nueva ley a su gusto).

Este modo de actuar es, a mi modo de ver, el verdadero común denominador de la política española (al menos desde el siglo XIX, tal vez con algunas pequeñas excepciones) y explica en buena medida los fracasos del país en este periodo.

Al político que gobierna le corresponde dirigir el debate, priorizar los asuntos y también tomar las decisiones últimas,  de acuerdo a su propio criterio. Pero eso no significa que tenga carta blanca para imponer sus gustos por encima de todo y de todos. Cuando el ciudadano deposita su voto, no elige quién va a ser el dictador del país durante los próximos cuatro años, sino quién va a tratar de ponernos de acuerdo durante ese tiempo. La democracia no es una alternancia de tiranías.

 

jueves, 2 de septiembre de 2021

Mi amiga

[NOTA: escribí este texto el pasado 16 de agosto. No sabía si publicarlo o no,
pero al final me he decidido a hacerlo hoy, día 2 de septiembre.]

Este domingo se me ha muerto una amiga muy querida. No quiero expresar aquí mi pena (es privada y semejante a la de cualquiera), sino compartir un par de reflexiones que me rondan por la cabeza a raíz de esta noticia fatal.

La lucha de mi amiga contra su enfermedad ha sido larga y ejemplar. Sabemos desde chicos que la vida es una constante carrera de obstáculos, cada vez colocados a mayor altura. Solemos olvidar, no obstante, que el último obstáculo, el más difícil, es envejecer y morir. Para esta última etapa, como para todas, no estamos preparados, porque carecemos de experiencia. Sin embargo, también como en las anteriores, aquí nos ha de valer lo aprendido gracias al ejemplo de otros. En mi caso, casi todo lo que he aprendido sobre la cuestión se lo debo a mi madre; pero también hay un par de amigos que me han enseñado mucho al respecto. 

Puede parecer que la enfermedad o la decrepitud son bromas crueles de un destino absurdo. Sin embargo, si algún sentido tienen, creo que sólo puede ser el aprendizaje: el propio y el de las personas cercanas. Mi amiga nos ha dictado una lección admirable de coraje, esperanza y dignidad. También por esto me siento honrado de ser su amigo.

Mi amiga es –¡ha sido, qué pena!– una excelente profesional, buena conocedora de su campo, inteligente, entusiasta, concienzuda, infatigable trabajadora. Varias de sus aportaciones resultan de estudio obligado para cualquiera que quiera adentrarse en su disciplina científica. Esto ya es más de lo que pueden decir muchos. Sin embargo, su aportación más valiosa no consta en ningún papel, ni puede ponerse en un currículo, porque se trata, simplemente, de su ejemplar comportamiento humano. Voy a apuntar algunos datos:

  • A pesar de saber más que muchos (que yo, por ejemplo), tenía muy claro lo poco que sabía de tantísimas cosas. Esto parece una obviedad, pero no lo es tanto: saber que sé lo que sí sé y que no sé lo que no sé, he ahí la verdadera sabiduría. En mi experiencia, además, la mejor comprensión del conocimiento propio suele ir unida a un menor interés por aumentarlo. (Conste que ese aumento no tiene por qué ser expansivo, sino que puede perfectamente moverse en una órbita centrípeta. Lo expresó bien Antonio Machado: Hay hombres que nunca se hartan de saber. Ningún día –dicen– se acuestan sin haber aprendido algo nuevo. Hay otros, en cambio, que nunca se cansan de ignorar. No se duermen tranquilos sin averiguar que ignoraban profundamente algo que creían saber.) Puede que sea el peso de la edad, o del resto de las circunstancias, pero la curiosidad se va perdiendo paulatinamente. Pues bien, yo no llegué a observar este fenómeno en mi amiga.
  • A pesar de lo serio de su trabajo, siempre lo tamizaba con una fina capa de humor e ironía. No dejaba de trabajar, pero tampoco de reír. Tómate en serio tu trabajo, pero no a ti.
  • Su generosidad ha sido inmensa. Su tiempo, su interés y sus recursos siempre han estado a disposición de todo aquel que lo solicitase. Ha ayudado a muchísima gente (a mí, por ejemplo), y ha hecho de su laboratorio –no sólo ella, es justo decirlo– una especie de casa común para todos nosotros.
  • Queda lo más importante: su bondad. Todo el que trataba con ella se sentía querido. Ha contribuido como nadie a que la mayoría de los que trabajamos este campo nos llevemos bien y seamos, incluso, amigos. Esto, lamentablemente, no es demasiado común en el mundo académico. Hay algunas personas que son como un regalo de la vida, porque a su alrededor todo es mejor y más fácil. Mi amiga era de ésas: siempre hacía mejor el sitio donde estaba.

La conclusión que yo saco de todo esto es que es muy importante ser un buen profesional, incluso destacado o eminente; pero lo fundamental es ser un profesional honesto y, si puede ser, bondadoso. Hablar de bondad o de amor parece una cursilada en este mundo nuestro, pero sigue siendo la gran verdad, también en la vida académica y científica.

Descansa en paz, amiga mía.


miércoles, 28 de julio de 2021

¿A qué puede llamarse universidad?

He leído con atención el informe ¿A qué puede llamarse universidad?, publicado por el Observatorio del Sistema Universitario el pasado 18 de marzo. El informe analiza el grado de cumplimiento de los requisitos previstos en el nuevo Real Decreto de creación, reconocimiento y autorización de universidades y centros universitarios, y acreditación institucional de centros universitarios (aprobado finalmente el 27 de julio), así como el grado de cumplimiento de los requisitos vigentes desde el 2015 (Real decreto 420/2015, de 29 de mayo, de creación, reconocimiento, autorización y acreditación de universidades y centros universitarios).

Lo primero que advierto es que aquí también rige la inveterada costumbre española (y tal vez universal): cuando una ley no se cumple, se cambia de ley. ¿Por qué no se ha cumplido la ley anterior? No se sabe. ¿Se va a cumplir la nueva? Tampoco se sabe, pero lo lógico es, en todo caso, prever que no. ¿Y pasa algo, se va a hacer algo al respecto? No, por supuesto. Dentro de algunos años, alguien vendrá y hará una ley nueva, que –oh, sorpresa– tampoco se cumplirá.

Efectivamente, la primera conclusión del Informe es el incumplimiento generalizado de los requisitos vigentes desde 2015. Sólo 18 de las 81 universidades analizadas los cumplen. Además, si se consideran también los centros adscritos, las 18 se quedan en 10 (8 públicas y 2 privadas).

Como la nueva ley endurece las condiciones (aunque no todas), las universidades que las cumplen ahora mismo son sólo 12; si se consideran también los centros adscritos, sólo 4. ¡Menos del 5%! Además, no hay que olvidar que el Informe deja sin estudiar, por diferentes motivos (sobre todo, falta de datos oficiales), 7 universidades, la mayoría de las cuales, previsiblemente, tampoco cumplirían todos los requisitos.

Veamos las cosas con algo más de detalle:

1. Requisitos sobre la oferta docente

La nueva ley amplía los requisitos (todas cumplen los vigentes), con la idea de conseguir centros con ofertas amplias, en al menos 3 de las 5 ramas de conocimientos manejadas habitualmente. De esta manera, se pretende eliminar las universidades pequeñas y focalizadas en una o dos ramas. Particularmente, no lo veo claro: creo que lo que debe atacarse no son las universidades pequeñas, sino las universidades malas. No tienen por qué coincidir.

2. Requisitos sobre la actividad investigadora

En general son bastante razonables, aunque hay dos números mínimos que me parecen discutibles: el de publicaciones científicas y el de sexenios de investigación. Creo que es discutible el número, el procedimiento de cálculo (las ratios utilizadas) y, sobre todo, los conceptos mismos de "publicación científica" y de "sexenio de investigación", sobre los que creo que tenemos pendiente una profunda reflexión.

3. Requisitos sobre la plantilla de PDI y su cualificación

La mayoría de las universidades incumple los 4 en vigor desde 2015, y eso que el 3º estaba vigente desde 2007 (LOU) y el 1º, el 2º  –parcialmente– y el 4º estaban vigentes desde 1991 (Real Decreto 557/1991). Esto es un escándalo que debería llenar de vergüenza a los responsables políticos, presentes y pasados. Pero, por supuesto, aquí no pasa nada.

En este apartado se producen incumplimientos clamorosos, que en no pocos casos esconden claros fraudes de ley. La palma se la lleva el porcentaje de temporalidad, que, según afirma el Informe (p. 31),  se está incumpliendo masivamente y de manera sistemática.

Es curioso que sea precisamente este tercer apartado, que es el que menos se cumple, el único que vea rebajados algunos de sus requisitos. Lo reconoce el propio Informe (p. 35): llama la atención que en todos estos años no se hayan corregido las carencias de tantas universidades a este respecto, ni se haya revocado su reconocimiento de no corregirse éstas. Quizá ello explique por qué el Proyecto reduce algunas de las exigencias. Y, en todo caso, pone en duda la eficacia futura de la propuesta actual.

4. Requisitos sobre los centros adscritos

Hablamos de centros docentes que se adscriben a las universidades, mediante un convenio aprobado por la comunidad autónoma, para impartir estudios conducentes a la obtención de títulos oficiales (p. 36). Hay en España 166 de esos centros, 148 en las universidades públicas (aunque 101 de ellos son de titularidad privada).

Como era de prever, estos centros presentan una grado aún mayor de incumplimiento de los requisitos y, además, en no pocos casos no hay datos para poder efectuar la evaluación.

A mí me viene a la cabeza, no sé si con razón o sin ella, la palabra "chiringuito". El Informe utiliza palabras más delicadas: todo ello pone en cuestión la viabilidad y calidad de una gran mayoría de estos centros (p. 42). 

Hasta aquí el Informe, que me parece demoledor. Pero no pasa nada, porque ya tenemos  una nueva ley. Sabemos que la inmensa mayoría de las universidades no la cumplen, pero les damos un plazo de 5 años para adaptarse (Disposición Transitoria Primera del Real Decreto). Podemos estar razonablemente seguros de que, transcurrido ese tiempo, las cosas no habrán variado sustancialmente. ¿Hemos previsto algún sistema de seguimiento efectivo del cumplimiento de los requisitos legalmente establecidos (como reclamaba el Informe)? Por supuesto que no. De hecho, sabemos que las fuentes actuales de información (SIIU y IUNE) no contienen todos los datos necesarios para ello. En otras palabras: una vez más, se legisla sabiendo de antemano que la ley no se va cumplir. Y ya está: no pasa nada.

Una última reflexión: nos hemos centrado en datos numéricos, aceptando la premisa de que son índices fiables de la calidad. Así lo hace todo el mundo. Es comprensible, es razonable. Sin embargo, yo no estoy ni mucho menos convencido de que sea lo mejor. Sería precisamente la universidad la encargada de examinar la cuestión y de proponer, en su caso, nuevos enfoques. ¿Va a realizar esta tarea? No, y a partir de ahora, además, menos que nunca, porque se va a dedicar únicamente a cumplir los dichosos requisitos. A cumplirlos o a torearlos, que no en vano estamos hablando de la universidad española...


viernes, 16 de julio de 2021

Ley de libertad sexual

He leído la Proposición de Ley de Protección Integral de la Libertad Sexual y para la erradicación de las violencias sexuales, que, una vez más, ha creado un gran revuelo en los periódicos (aunque, también una vez más, casi nadie se ha molestado en facilitar el texto a los lectores).

Como era de esperar, hay artículos que me parecen bien y otros (el 28, por ejemplo) que me parecen mal. No escribo estas líneas para discutir esas cosas, sino para llamar la atención sobre la gran carga ideológica de la ley, que se explicita especialmente en el apartado introductorio de Exposición de Motivos. Tal vez esté equivocado, pero a mí me parece que el texto de una ley debe ser lo más neutro posible, de modo que cualquiera pueda aceptarlo como suyo, independientemente de su grado de acuerdo. Sin embargo, en este caso parece que el legislador aprovecha para dar rango de ley a lo que no dejan de ser opiniones particulares (aunque uno pueda estar de acuerdo con ellas). Coloco algunos ejemplos:

  • Las violencias sexuales son una manifestación de las violencias machistas.
  • Los roles de género sustentan la discriminación de las mujeres y la penalización, mediante formas violentas, de cualquier expresión de la disidencia respecto a la normatividad heterosexual, sexual y de género.
  • Las violencias sexuales no son una cuestión individual, sino social; no se trata de una problemática coyuntural, sino estructural.
  • Además de la discriminación por razón de género, las mujeres se enfrentan a un sistema de discriminaciones solapadas que da lugar a formas de violencia multidimensionales y, en consecuencia, a vulneraciones múltiples de derechos humanos.

Lo repito: creo que este tipo de afirmaciones no deberían formar parte del texto de una ley. Y además, algunas de ellas me parecen solemnes majaderías.

Analicemos, por ejemplo, la segunda frase: parece ser que hay una normatividad sexual, otra heterosexual y otra más de género. Para empezar, ¿qué entendemos por normatividad? Que yo sepa, la palabrita en cuestión expresa la cualidad de lo normativo (por ejemplo, la normatividad de una gramática normativa), mientras que aquí parece utilizarse en el sentido de 'conjunto de normas'. No deja de ser asombroso que un legislador no conozca el recto uso de estas palabras. Pero sigamos: hay esos tres conjuntos de normas, que al menos yo ignoro por completo, y si alguien expresa su desacuerdo con ellas (aunque hablar de disidencia le aporta un matiz diferente, y aunque no entiendo cómo alguien puede no estar de acuerdo con algo que desconoce) va a resultar penalizado de forma violenta (es decir, agredido: ¿por quién?); y todo ello es posible por los roles de género (que tampoco sé lo que son, ni la relación que guardan con las tres normatividades). En fin, para mí, al menos, el veredicto es claro: esta frase es una memez que nunca debería poder leerse en una ley.

Quiero señalar otro problema que encuentro en esta Ley, a mi juicio también de raíz ideológica.

El Artículo 1 comienza muy bien, hablando del derecho a la libertad sexual de todas las personas, y dejando sentado que la ley no consentirá discriminación alguna por motivos de género, sexo, orientación sexual, identidad sexual o de género (¡cinco motivos, nada menos!). Acto seguido, señala que la Ley va a contener una serie de medidas específicas para las mujeres, pero aclara que esto no se considera discriminatorio, porque tienen la finalidad de remover los obstáculos que impiden que los hombres y las mujeres puedan disfrutar de su libertad en igualdad de condiciones. En definitiva, la famosa discriminación positiva, que siempre me ha parecido razonable pero de encaje legal delicado (los españoles son iguales ante la ley, que dice el artículo 14 de la Constitución). También me llama la atención que, al defender esta posible discriminación, ya no se andan con tantos remilgos como en el párrafo anterior, y hablan directamente de hombres y mujeres.

El caso es que, a lo largo del larguísimo articulado de la Ley (47 páginas), a mí al menos no me queda claro cuándo están hablando de personas y cuándo de mujeres. Más aún, me parece que, en general, sólo hablan de mujeres. Por ejemplo,  en el cuarto apartado de la Exposición de Motivos se anuncia que el Título III recoge los derechos de las mujeres víctimas de violencias sexuales. ¿Pero es que un hombre no puede ser víctima de la violencia sexual? En este caso, al parecer, no cabe hablar de víctimas y víctimos... 

viernes, 9 de julio de 2021

Jóvenes, juerga y pandemia

El derecho de uno obliga a todos. Que tú tengas derecho a la vida implica necesariamente que todos nosotros tenemos la obligación de procurar salvaguardártela. Y así con todos tus derechos. Pero si tienes un deseo o una aspiración que no obliga al resto, entonces esa aspiración no constituye un derecho. Y llegamos así al caso que nos ocupa: no existe el derecho a la juerga. Es lícito, puede ser razonable e incluso deseable que quieras divertirte; pero no es un derecho. Y a mí, particularmente, me trae sin cuidado que te diviertas o no. Más aún, si tu diversión me causa el más mínimo inconveniente, prefiero que no te diviertas.

En la situación actual, con la quinta ola de la pandemia asomando la patita, resulta que la manera en la que unos cuantos se divierten supone un peligro para la salud de todos (y no sólo para la salud, pues también afecta a la economía y al bienestar general). En otras palabras: la satisfacción de un deseo particular vulnera un derecho colectivo. 

Sin embargo, muchos –y no sólo los juerguistas, jóvenes y no tan jóvenes– presentan la situación exactamente al revés, como si una banda de liberticidas pretendiera privarles de sus derechos ciudadanos. Ver a un nutrido grupo de beodos, con sus litronas en la mano, coreando "libertad" es grotesco. Que partidos políticos se sumen a esta perversión del concepto de libertad, e incluso la fomenten, es muy alarmante.

Para colmo, muchas voces piden –o exigen, según gusta decir últimamente– que se vacune masivamente a los jóvenes, antes incluso que a personas de más edad, porque así resultarían menos peligrosos sus modos de diversión. Es decir, se pretende que, una vez más, paguemos entre todos los gastos que origina el mal comportamiento de unos pocos. En el fondo, la cosa no es muy diferente de tener que pagar con dinero público los destrozos del mobiliario urbano que causan los vándalos ciudadanos. 

Con todos los problemas y los errores que uno quiera encontrar, el hecho es que estamos gastando una gran cantidad de dinero en administrar vacunas a la población, para evitar que enferme y, eventualmente, muera. Lógicamente, la administramos según su riesgo sanitario. Y ahora aparece un grupo de descerebrados insolidarios diciendo: "sé que mi comportamiento es peligroso para todos, pero me da igual y voy a seguir haciéndolo, porque he decidido que sea mi derecho; y ahora, si quieres que no sea tan peligroso, págame una vacuna". A mí me parece algo cercano a la extorsión.