jueves, 14 de mayo de 2026

Palabras odiosas

¿Podemos odiar las palabras? Supongo que sí: al fin y al cabo, somos capaces de odiar cualquier cosa. ¿Las odio yo? No diría tanto, pero, desde luego, algunas sí que me resultan odiosas.

Por supuesto, hay que distinguir entre los conceptos odiosos y las palabras que usamos para designarlos. Así, la maldad podrá resultarnos -o no- odiosa, pero la palabra con que la designamos (maldad) no tiene nada de malo. 

También debemos distinguir entre palabras odiosas y peligrosas. Libertad, progresista, liberal o democracia -por citar unos pocos ejemplos- son términos con significados tan amplios, tan difusos, se utilizan tantas veces de una manera tan torticera, que conviene huir de ellos o, cuando menos, someterlos a una estricta cuarentena. Son palabras que me alarman, pero no me parecen odiosas.

Tampoco hay nada malo en la evolución léxica. Por ejemplo, recuerdo que tío, hasta mis ocho o nueve años, sólo significaba para mí 'hermano de mi madre o de mi padre'; entonces descubrí -y asumí con normalidad- que también tenía un sentido genérico (más o menos equivalente a tipo). La palabra vacilar significaba 'dudar', hasta que, con unos dieciocho años, también comenzó a significar 'burlarse'. Este uso está siendo sustituido últimamente por trolear (y vacile por troleo), sin que yo tenga nada que objetar. Efectivamente, no veo nada malo en estos cambios, salvo, acaso, olvidar los usos anteriores. Recuerdo un alumno al que le decía en cierta ocasión, hace ya muchos años, que no debía vacilar a la hora de atacar las notas con su instrumento; y él, sorprendido, me aseguraba que las estaba tocando "en serio". 

En definitiva, todo en una lengua evoluciona constantemente; y eso no es ni bueno ni malo, sino, sencillamente, inevitable. Entonces, ¿cuáles son esas palabras que me resultan odiosas? Veamos algunos ejemplos.

Chef es una palabra francesa (cuyo étimo latino es caput, que dio chief en francés antiguo), que el español adoptó (en contextos administrativos y militares en los siglos XVIII y XIX) con la forma fonética de jefe. Un ejemplo muy cercano: mi padre era maquinista naval-jefe; cuando navegaba, en los años cincuenta, era el chef de máquinas del barco. Otro ejemplo mucho más famoso (y más antiguo, creo): en las grandes cocinas (de mansiones, hoteles y restaurantes), uno de los muchos cocineros que allí trajinaban era, además, el jefe, el primum inter pares, es decir, el chef de la cocina. Pues bien, de un tiempo a esta parte, en español ya no hay cocineros, sino chefs. ¿Y eso por qué? ¿Porque se ha extendido en el sector alguna fiebre igualadora que hace que ningún cocinero tolere recibir órdenes de otro colega? ¿Porque todos quieren ser jefes y ninguno quiere ser indio? En absoluto. Todo viene de un programa de televisión que, sencillamente, calcó el título de su original americano. (En realidad, el programa había nacido el siglo pasado en Gran Bretaña, pero aquí se hizo famoso con su versión yanqui.) También la RAE ha caído en la trampa: en 1992 ya aceptaba chef como 'jefe de cocina', pero sólo recientemente (no sé precisar la fecha) ha declarado que es sinónimo de cocinero. Este uso -más bien abuso- absurdo e ignorante, que ha convertido en un chef hasta al tío que vende perritos calientes en un puesto ambulante, es el que la vuelve odiosa para mí. 

Veamos otro ejemplo. El español ha distinguido toda la vida (perdón por esta expresión incorrectísima, pero me la pedía el cuerpo) entre los emigrantes y los inmigrantes. Mediante los venerables prefijos latinos in- y ex-, la perspectiva del hablante se incluía necesariamente en la elección léxica (aunque es verdad que emigrante puede funcionar como elemento no marcado de la oposición). De hecho, la migración se reservaba para los grandes recorridos cíclicos animales (aves, ñus, etc.). Pues bien, ya nadie parece recordar que todos hemos hablado así hasta anteayer mismo: ahora todos se han vuelto migrantes. ¿Por qué, porque ya no nos importa si vienen o si van? Mucho me temo que ahora nos importa incluso más que antes. No, la respuesta vuelve a estar en el inglés: aunque esta lengua conoce los términos immigrant y emigrant, prefiere usar el simple migrant, que sirve para un roto y para un descosido. Y tampoco hay que olvidar, creo yo, que los estadounidenses carecen prácticamente de emigración. El caso es que a nosotros, simplemente por eso, se nos ha olvidado cómo hablábamos antes. Pues bien, esto hace que la palabra en cuestión me resulte odiosa.

En el ámbito de la educación universitaria (este sintagma me parece cada vez más un oxímoron), abundan la palabras odiosas. Voy a recordar tres, que tienen en común un uso anómalo -por no decir otra cosa- del latín: en los últimos tiempos, los antiguos alumnos (o los egresados, si usamos la preciosa palabra sudamericana) han pasado a ser alumni; los planes de estudios, o los programas de las asignaturas, han pasado a ser los currículos formativos; los criterios de evaluación han pasado a ser la rúbrica de la evaluación.

En latín,  alumni es el plural de alumnus ('alumno'), y por tanto se aplica expresamente a los estudiantes en curso, no a los egresados; curriculum significa carrera (de cuádrigas, por ejemplo) y se ha usado casi únicamente para expresar la 'carrera de la vida' es decir, el curriculum vitaerubrica (del latín ruber, 'rubio, colorado, encendido') es la tierra roja o bermellón, y se aplica también a la firma escrita en rojo en los textos, especialmente legales, es decir, a la rúbrica. Es verdad que los usos anómalos de estos términos también pueden rastrearse en los viejos documentos medievales, pero nosotros no los hemos adoptado tras concienzudos estudios filológicos, sino, simple y llanamente, porque los usan los yanquis (antes ya los usaban los británicos, y no pasaba nada). Puro colonialismo cultural. Eso convierte a estos términos en odiosos para mí. 

En realidad, no he dejado de hablar de palabras que evolucionan (y también de préstamos). ¿Por qué acepto unos casos y detesto otros? No estoy seguro. Supongo que, si me topase con las palabras en cuestión dentro de -pongamos- doscientos años, ya no me molestarían, porque se habrían convertido en perfectamente normales. (Para eso tendrían que pasar muchas cosas, alguna de ellas poco probable: que las palabras siguieran usándose, que aún se hablase el español y yo lo volviera a aprender, que todavía quedase un mundo en el que reencarnarse... y que yo me reencarnara en un lingüista menos gruñón.)

En resumen, creo que lo que me resulta odioso en estos ejemplos (y en más que podría recordar) no son las palabras en sí mismas, sino constatar lo tontos que somos. Todos. Porque yo me he dado cuenta de estas cosas, pero... ¿de cuántas otras no me daré cuenta?

domingo, 12 de abril de 2026

El perdido genio del lenguaje

Para Aster y todos los colegas del aula 13

Nuestro lenguaje es, entre otras muchas cosas, compositivo y referencial: está construido con unidades sucesivamente ensambladas y transmite información. El lenguaje animal, en cambio, es mayormente holístico y manipulador. Cuando una gacela levanta la cola y todo su grupo echa a correr, su mensaje ha sido un todo indivisible que no transmite información ("me ha parecido ver una leona asomando detrás de un arbusto"), sino que pretende únicamente manipular el comportamiento de sus congéneres ("¡huye!").

En este punto hay que tener en cuenta que, cuanto más conocemos del lenguaje animal, menos clara es esa frontera que levantamos entre nosotros y el resto de las especies. Cada vez hay más datos que apuntan a una proto-compositividad (cuando menos) en el lenguaje de algunas aves y primates (Klinedinst 2025, Berthet et al. 2025, etc.). Pero esto es otra historia.

En cualquier caso, en algún momento de la evolución homínida, nuestra comunicación tuvo que tener esas dos características básicas, es decir, tuvo que ser holística y manipuladora. Y también multimodal, musical y mimética, si atendemos a la hipótesis del lenguaje Hmmmm de Steven Mithen (2007 en su traducción española). Pero eso también es otra historia...

¿Cómo pasamos de un sistema de comunicación a otro? Es una pregunta fascinante, que probablemente nunca seamos capaces de contestar.

A mí me gusta imaginar que un buen día, hace unos 300.000 años (o quizá muchísimos más), un niño, jugando, encontró una asociación arbitraria entre una mínima porción fónica y un determinado significado, que se repetía en dos o más de los mensajes holísticos de su repertorio (amplio pero siempre limitado). Encantado con su hallazgo, ese niño repitió incansablemente dicha asociación, y la transmitió a sus compañeros de juegos. Comenzó así una transición -que duraría milenios- entre dos sistemas de comunicación, que nos acabaría convirtiendo en la especie dominante del planeta.

Me gusta imaginar que hubo una vez un niño perdido, del que ni siquiera sabemos si era sapiens o pertenecía a otra especia homínida, que fue el mayor genio de nuestra historia evolutiva. Su hallazgo fue la madre de todos los eurekas, porque nos hizo ser como somos: extraños animales hechos de palabras.

viernes, 27 de marzo de 2026

De misiones y patrañas

Para Carlos y los nueve galaicos

El mes pasado tuve la ocasión de charlar sobre varios temas con unas personas muy interesantes, de ésas que te obligan a repensar mejor algunas cosas. En estas líneas quiero dejar constancia de una de esas reflexiones propiciadas por su visita: la que atañe a la "misión" que las empresas dicen tener.

De un tiempo a esta parte, no hay empresa que se precie que no proclame viento en popa a toda web su particular versión del triunvirato mágico de "visión, misión y valores". Para mí, estas declaraciones empresariales son, en su mayoría, una pura filfa.

El objetivo último de toda empresa no es otro que ganar dinero. Todo lo demás es estrategia: cómo ganar la mayor cantidad posible de dinero con el menor esfuerzo. Parte de esa estrategia concierne a la venta. Dentro de lo que ahora llamamos marketing (porque mercadotecnia se nos hace difícil, ventas nos parece poca cosa y mercadeo tiene casi siempre connotaciones peyorativas), es importante que nuestra empresa tenga una buena imagen. Como el término imagen puede dar una cierta sensación de falsedad (puesto que no sería la cosa en sí, sino su imagen o reflejo), utilizamos identidad, que suena mucho mejor y más auténtico. Creo que es el momento de poner un ejemplo:

En mi ciudad hay ya mil bares, pero yo decido abrir uno más. Tengo claro que necesito dotar a mi local de algún rasgo distintivo frente a los demás, algo que favorezca que la gente lo conozca y, eventualmente, lo frecuente. ¿Qué puede ser ese puntito de originalidad? La decoración, la música, las bebidas, la comida, la organización del servicio... casi cualquier cosa. Podría decirse que, de esta manera, doto a mi local de su propia identidad; pero, en realidad, lo que estoy haciendo es intentar sobresalir de mi competencia con el único y loable objetivo de ganar más dinero más rápidamente, es decir, pretendo ser original, diferente.

No obstante, cuando decimos identidad, no sólo estamos diciendo originalidad. Dentro del paquete completo de la identidad, entendida como un escaparate para atraer la atención del cliente y, en definitiva, como un medio de ganar más dinero, se encuentra también la cantinela de la misión, la visión y los valores. Los términos son, como poco, eufemísticos. Al hablar de la visión de una empresa, nos referimos en realidad al status quaestionis del sector empresarial correspondiente que compone el dueño para sí, y que guiará su estrategia empresarial. Lo único que podría tener un pase es lo de los valores, en el caso de que la empresa se autoimponga algún límite moral en su quehacer (los legales no tienen la menor importancia, puesto que son de obligado cumplimiento). Me centraré, pues, en la misión. 

Tener una misión es supeditarlo todo (acciones, beneficios, objetivos) a un fin último, normalmente de carácter trascendente. Pongamos un par de ejemplos: 

En cierta prelatura personal se contaba la anécdota de la visita del gran jefe a la recién inaugurada universidad de cierta ciudad, de cuyo nombre sí que me acuerdo. Cuentan que el segundo de a bordo (que más tarde sustituiría al primero) le dijo:

— Ya hemos cumplido sus órdenes, Padre: nos dijo que hiciésemos una universidad y aquí está.

— No exclamó el Padre; y aquí no puedo evitar imaginarme a Chiquito de la Calzada gritando "Noorl", yo no os mandé que construyerais una universidad: yo os mandé que os hicierais santos construyendo una universidad.

Otra anécdota parecida cuenta que la Madre Teresa de Calcuta, cuando visitaba a las jóvenes monjas enfermeras de alguno de sus hospitales, condensaba todas sus instrucciones en una única palabra: "ámenlos".

Eso es una misión. Para lo que nos ocupa, no importa ni la veracidad de las anécdotas ni lo acertado de las misiones. Pero, en ambos casos, todo se supedita a una meta última (de carácter cristiano, en estos ejemplos). Todo esto le resulta completamente ajeno a todas las empresas que yo conozco. Tal vez pueda estar presente en el secreto corazón de algún dueño o directivo aunque cada vez lo dudo más, pero jamás podría afirmarse de la empresa en sí.  

Pero la trampa es todavía más enrevesada, porque las empresas, rizando el rizo, no sólo pregonan hacia afuera una misión que no tienen, sino que pretenden trasladarla hacia adentro, al quehacer cotidiano de sus empleados. Así, es habitual (al menos en la empresas grandes y medianas) que al trabajador de turno le obliguen a contestar a disparates como "¿cuál crees que es o debe ser la misión de tu rol en la organización?". Por lo que a mí respecta, lo afirmo rotundamente: no tengo ninguna misión. ¿Pero quién me he creído que soy? Yo sólo procuro ganarme el dinero que me pagan haciendo mi trabajo lo mejor que sé y que puedo. Tutto il resto é vanità, que diría San Felipe de Neri.

Un último apunte: que una empresa, un grupo humano o una persona particular tengan una misión no sólo suele ser mentira, sino que resulta potencialmente peligroso. La Historia está llena de misiones que apenas han conseguido aportar otra cosa que no fuera sufrimiento para miles de seres humanos.



viernes, 13 de marzo de 2026

Pedagogía y políticos

Cuando se hace pública la penúltima barrabasada de algún gobierno (nacional, autonómico, municipal), una salida habitual del político de turno es reconocer que, en ese asunto concreto, "les ha faltado pedagogía". Normalmente, queda claro que lo que les falta no es pedagogía, sino vergüenza; no obstante, creo que la confusión permite alguna que otra reflexión interesante.

Un político no tiene por qué enseñarnos nada: lo que debe hacer es rendir cuentas. Que un político nos enseñase algo sería un admirable plus añadido a su labor; pero rendir cuentas y explicar adecuadamente su quehacer es su obligación. Al hablarnos de pedagogía, presenta como optativo lo que es de obligado cumplimiento (su parte del contrato suscrito con sus conciudadanos en la urnas), es decir, trata de hacernos trampa.

Este "político pedagogo" no llega ni a plantearse la corrección de sus propios actos, sino que se lamenta de no habernos colado su versión de los hechos. La verdad queda así supeditada a la intrepretación normalmente torticera de los mismos. Esta artimañana recibe últimamente nombres rimbombantes, como "postverdad" o "relato". 

Todos sabemos que la verdad  al menos la de las cosas humanas no es unívoca ni absoluta, todos hemos oído hablar del principio de incertidumbre de Heisemberg (aunque no sé si lo entendemos bien), todos hemos leído alguna que otra sesuda reflexión epistemológica... Pero aquí no estamos haciendo física cuántica, ni tratamos de discernir enrevesadas cuestiones históricas o sociales: se trata de justificar un gasto indebido, una acción incoherente, una decisión sospechosa, etc.

¿Quiere un político enseñar algo a la gente? Explíqueles, y muéstreselo con su ejemplo, una doble distinción, del todo evidente, pero que sus colegas y amiguetes se han encargado de dinamitar, a saber:

1. Hay que distinguir entre los hechos y las interpretaciones de dichos esos.  Y entre éstas y las opiniones.

2. No todos los hechos son igualmente ciertos, sino que se ordenan en un continuum de certidumbre, con infinitos grados intermedios. Por ejemplo: una inscripción romana bien conservada es un dato muy cierto, puesto que su lectura es prácticamente unívoca; sin embargo una inscripción en alfabeto ibérico es mucho más incierta, puesto que no estamos seguros de saber leer correctamente esos caracteres, y caben por tanto diferentes interpretaciones.

Los historiadores viven enredados en estas cuestiones y aceptan que la historia no es única. El problema suele ser que tanto la elección de los hechos analizados (es imposible que un historiador pueda manejarlos todos) como su jerarquización (en un doble eje de certidumbre e importancia) dependen, en un grado mayor del deseable, del bagaje teórico e ideológico del historiador en cuestión. Cuando esta dependencia parece excesivamente grande, cabe incluso sospechar de la honradez del historiador. Pues bien, todo esto se traslada, corregido y aumentado, al ámbito de la cosa pública, donde los políticos y sus periodistas palmeros ni pueden ni quieren manejar datos, sino sólo "ganar la batalla del relato". La llamada "memoria histórica" es un buen ejemplo de este proceder tramposo por parte de casi todos. Y lo lamentabilísimo, una vez más, no es tanto que pretendan engañarnos, sino la suma facilidad con la que lo consiguen. Y así, mientras nos entretenemos con los "relatos", no prestamos atención cuando malgastan nuestro dinero o, directamente, se lo reparten.

viernes, 3 de octubre de 2025

¡Pero qué bien hablan las máquinas!

Estoy harto de tener que comunicarme con sistemas informáticos.

Yo recuerdo que hace no muchos años, si tenía un problema en el trabajo, hablaba con la persona que me lo podía solucionar. ¿Que se me había fundido una bombilla? Le llamaba al electricista (que era, y esto es muy importante, un compañero de trabajo). Y lo mismo para hacer una gestión en el banco, el ayuntamiento o cualquier otro asunto. Ahora, casi nunca puedo hablar directamente con nadie, sino que tengo que usar una interfaz automática. Esto puede resultar conveniente para un cierto número de gestiones simples (obtener un billete o un certificado, por ejemplo), pero, en otros casos la mayoría, diría yo acaba siendo un auténtico despropósito. Veamos si consigo explicarme.

La razón que se aduce para este cambio es la mejora en la eficiencia (capacidad de obtener los resultados deseados con el mínimo posible de recursos, según la RAE). Pero esto es verdad únicamente en los casos en los que la solución al problema pueda automatizarse, como, por ejemplo, expedir un certificado. Para todos los demás, no es el sistema quien lleva a cabo la acción requerida, sino la persona de turno. En estos casos, entonces, ¿cuál es la ventaja de sustituir la comunicación personal por otra mediada por un sistema informático? Las respuestas que se suelen dar son tautológicas, como que  los nuevos sistemas mejoran la gestión o aumentan la eficacia. ¿Pero por qué, exactamente? Yo diría que la razón sólo puede ser una: la rapidez. En teoría, el sistema va a ahorrar tiempo tanto a quienes solicitan tareas como a quienes las ejecutan. ¿Pero por qué? Porque evita las charlas. Descolgar el teléfono y dar un aviso puede llevar, de hecho, menos tiempo que dejar ese aviso escrito en un sistema; la diferencia es que con el segundo no puedes charlar. Ahí está el ahorro.

De este modo, el electricista de nuestro ejemplo puede cambiar más bombillas en un solo día con el sistema informático: recibe los avisos en su dispositivo, realiza su trabajo a su ritmo y no necesita hablar con nadie casi en ningún momento. ¡Ha aumentado su eficacia! Eso sí, a costa de su despersonalización. Por tanto, cuando decimos eficacia, estamos diciendo, en realidad, ahorro económico. Y a corto plazo, además, porque me parece claro que unos trabajadores despersonalizados, dirigidos por sistemas informatizados, acabarán rindiendo peor que otros que se sientan miembros de una comunidad (aunque sea laboral).

Por otra parte, puede que los sistemas automatizados ahorren tiempo en algunas cosas, pero lo roban en otras. Véase, si no, cómo los médicos se pasan ahora una buena parte del tiempo que conceden a cada paciente alimentando el sistema informático. Vemos aquí el aspecto paradójico del asunto: algo bueno (la informatización de los expedientes médicos) conlleva algo insensato (que los médicos dediquen una parte creciente de su tiempo a un ordenador en lugar de a un enfermo). Ésta es nuestra naturaleza de sapiens: en nuestros grandes logros se esconden siempre grandes peligros.

Hasta ahora, hemos visto que la ventaja económica no está ni mucho menos clara. Llegamos así a una segunda razón, que no suele mencionarse y que me parece, en cambio, la más relevante: el control. Estas aplicaciones informáticas no han sido demandadas ni por quienes solicitan los servicios, ni por quienes los realizan, sino por sus jefes. Y éstos tal vez quieran mejorar la eficacia (o el balance económico), pero lo que desde luego pretenden es aumentar su control sobre todos esos procesos. Y justificar de paso su propia existencia, tantas veces superflua. Es, en el fondo, el viejo chiste de la trainera y la proporción entre remeros y patrones.

Hay, además, otro efecto perverso de lo anterior: como estos sistemas nunca son diseñados por quienes de verdad van a usarlos, sino por sus jefes, responden de verdad a los intereses de la gestión (léase control), no a los del trabajo en sí. En otras palabras: estos sistemas suelen ser notablemente insensatos. Estoy seguro de que entre todos podríamos levantar una montaña de ejemplos. Con esto, se cierra un peligroso círculo vicioso, puesto que muchos de estos sistemas acaban requieriendo más dedicación y esfuerzo (y no poca desesperación) por parte de los usuarios  que la "pérdida de tiempo" anterior, pero abandonando por el camino todos los beneficios y valores inherentes a la comunicación interpersonal.

En fin, si esto es el progreso, yo me doy de baja.

viernes, 18 de julio de 2025

Comprometido con el aprendizaje del vecino

Si uno busca en Google algo parecido a "comprometidos con el aprendizaje de los alumnos", encontrará docenas de páginas que insisten, con menor o mayor vehemencia, en que todos los profesores deben tener dicho compromiso. Estas páginas podrán ser de pedagogos, profesores, grupos educativos, asociaciones y hasta de diferentes instancias oficiales de ministerios de educación de distintos países.

A mí, en cambio, esta idea me parece un evidente fetiche del pensamiento, uno especialmente necio y potencialmente peligroso. Trataré de explicarme en las siguientes líneas.

¿Estoy yo comprometido con que mis alumnos aprendan? Rotundamente, no. Ningún profesor puede estarlo, porque su compromiso es con la enseñanza, no con el aprendizaje. 

¿A quién le corresponde aprender los contenidos de mi asignatura? ¿A mí? No, ya los sé (o eso creo). Les corresponde a mis alumnos. ¿Acaso yo puedo aprenderles? De ningún modo, yo puedo enseñarles, es decir, hacer todo lo posible por que aprendan. Pero quienes aprenden o no son ellos. Por tanto, ellos son quienes deben adquirir el compromiso sobre lo que les compete. 

Por decirlo aún más claro: yo no puedo comprometerme a que otra persona haga algo; sólo puedo comprometerme a hacer algo yo. Esto es de una obviedad palmaria. Quien no entiende esto no entiende nada, así tenga dieciocho doctorados en pedagogía.

Esta confusión, además, es nociva o peligrosa, porque contribuye a diluir la responsabilidad del alumno y a colocarla sobre los hombros del profesor. En muchas de las encuestas docentes que los alumnos cumplimentan en las universidades españolas, una pregunta habitual es precisamente ésta: ¿está el docente comprometido con tu aprendizaje? La preguntita (con sus diferentes formulaciones lingüísticas) es perversa, por el motivo señalado: ¿que yo no he aprendido nada? Claro, es que mi profesor no estaba comprometido con mi aprendizaje

Algo parecido se podría decir para la dichosa matraca de la motivación: ¿que el alumno no está motivado? Claro, es que el profesor no lo ha motivado. Y así, los pedagogos señalan diferentes fuentes de motivación que el profesor debe cultivar, pero todas ellas externas al alumno. Como si la motivación auténtica no fuera algo interno a cada uno. Como si un profesor pudiera enseñar algo a quien no se deja.

Para colmo, estos disparates se suelen presentar envueltos en formulaciones del tipo "convertir al alumno en el eje de su propio aprendizaje". ¿Cómo, eximiéndole de todo compromiso, de toda responsabilidad?

Lo dicho: fetiches del pensamiento, ídolos de brillantes colores ante los que sacrificamos la poca sensatez que nos va quedando.


viernes, 4 de abril de 2025

Animales defectuosos

Nuestra tradición cultural nos ha hecho ver al ser humano como el final de la creación: nos miramos al espejo y vemos una obra acabada. Me temo que la realidad es otra. Somos un balbuceo de la evolución, un borrador apresurado y chapucero, con algunas soluciones ingeniosas, desde luego, pero con muchos problemas de diseño y funcionamiento por resolver. Hay una serie de cuestiones básicas (el cuidado de las crías, las relaciones entre los individuos y los grupos, la organización de la sociedad, el bienestar, el trabajo, el poder, etc.) que estamos tan lejos de solucionar hoy como ayer. Nuestros 300.000 años como especie (a los que podríamos sumar otros muchos miles de evolución homínida anterior) no nos han servido aún para dar respuesta a ninguno de estos desafíos.

No sé qué conclusión podríamos sacar de lo anterior, salvo ésta: paciencia. Va a ser imposible que nadie solucione nada; ninguno de los problemas de verdad importantes del ser humano se va a resolver en nuestra vida, ni en la de nuestros más próximos descencientes. Con algo de suerte, podríamos notar alguna mejora de calado dentro de unos cuantos miles de años. Y esa mejora no será social, ni cultural (que también), sino evolutiva. Si es que aún continuamos existiendo como especie, claro está (de ahí lo de la suerte).

De lo anterior cabe extraer una segunda conclusión: desconfiad de los cambios exteriores y más o menos rápidos. No debemos cambiar el mundo, sino a nosotros mismos. No tenemos que hacer un mundo mejor, tenemos que hacernos mejores a nosotros mismos. Pero, por supuesto, sólo mejoramos hacia afuera, es decir, haciendo mejor todo lo que nos rodea.

¿Cómo debe organizarse el mundo, cómo deben unos padres organizar su vida, cómo debemos educar a nuestros niños, cómo nos repartimos los recursos, etc.? Debemos tener claro que no existe una respuesta satisfactoria a ninguna de estas preguntas. Si alguien afirma que tiene las respuestas, hay que huir de él porque es un tipo peligroso, por bobo o más probablemente por canalla. 

He aquí por qué desconfío tanto de las ideologías, que tan correctas parecen en un papel y que tan dolorosamente acaban casi siempre. Da auténtico pavor la despreocupación con la que volvemos hoy día a corretear por aquellos mismos peligrosísimos acantilados a los que nos llevaron hace bien poco algunas de esas grandes teorías del siglo pasado. 

Otro buen ejemplo de mi descreimiento es el movimiento feminista: ¿de verdad se cree alguien que en unas pocas décadas vamos a encontrar la manera perfecta de convivir hombres y mujeres, cuando no hemos sido capaz de conseguirlo en 300.000 años? (Ojo: con esto no estoy diciendo que los pasos dados por el feminismo sean malos, ni que no se deban seguir dando más; digo que hay que ponerlos en su justa perspectiva... que no es precisamente de género.) 

Podríamos acumular los ejemplos. Aquí va el último: entre un candidato político que me prometiera la solución a mis principales problemas y otro que se comprometiera a cumplir la ley y administrar mi dinero con prudencia, yo daría inmediatamente mi voto al segundo.

Hacer América grande de nuevo, devolver su grandeza a la Madre Rusia, recuperar la esencia de España, o de Europa... Nuevos desvaríos, o, mejor dicho, los mismos desvaríos de siempre, redivivos una y otra vez por estos animales defectuosos que somos. He citado algunos ejemplos evidentes, pero cosas parecidas suceden en todas partes; también, desde luego, frente a nuestras mismísimas narices. Tal vez el problema no sea que tengamos defectos, sino que no nos damos cuenta.

domingo, 4 de agosto de 2024

La dichosa innovación

Quiero reflexionar sobre la innovación, uno de los más evidentes fetiches del pensamiento actual. Me centraré en el ámbito universitario, que conozco mejor.

En primer lugar, creo que el concepto se utiliza de un modo muy impreciso. Veámoslo con un ejemplo: un profesor lleva varios años dando satisfactoriamente una asignatura a grupos de unos quince alumnos, pero el curso que viene deberá hacerlo con un grupo de cuarenta. ¿Tendrá que cambiar algo? Muy probablemente. ¿Deberá, entonces, innovar? No veo por qué: la asignatura es la misma, lo que cada alumno debe aprender es lo mismo, el trabajo que debe hacer para conseguirlo es, más o menos, el mismo. Lo que sí deberá hacer nuestro profesor es adaptar o adecuar sus clases a un grupo mayor de alumnos. Pero adaptar no es innovar; adaptación no es innovación.

Pongamos otro ejemplo: la investigación. Dese hace años, se repite como un mantra la frase de que toda investigación debe ser innovadora. No me resisto aquí a hacer un excurso personal.

Yo comencé desarrollando proyectos de investigación. Enseguida, los proyectos pasaron a ser de investigación y desarrollo (I+D). ¿Desarrollo de qué? Nunca lo he sabido. ¿Desarrollo social? Ignoro qué quiere decir eso y cómo se mide (cf. el término progreso). ¿Desarrollo de la propia disciplina? Pero es que una investigación que no pretenda aportar algo, por poco que sea, al conocimiento acumulado, no es que no sea I+D, es que tampoco es I. En todo caso, eso era poco para las grandes mentes que rigen el cotarro, y los proyectos acabaron siendo, desde hace ya tiempo, de investigación, desarrollo e innovación: I+D+I. Volvemos, pues, al hilo abandonado en el párrafo anterior.

Cuando se dice que toda investigación debe ser innovadora, en realidad lo que se quiere decir es que debe ser original. Que no es lo mismo. Pero es que tampoco el concepto de originalidad es unívoco. ¿Se trata de una investigación que resulta de la inventiva del autor (segunda definición de la RAE) o que tiene en sí carácter de novedad (sexta definición)? En el primer caso, hablaríamos de una pura obviedad, más relacionada con la honestidad que con la ciencia; en el segundo, sí podríamos hablar en puridad de originalidad e incluso de innovación. Pero el caso es que ni mucho menos tienen que ser así todas las investigaciones. Por poner un ejemplo simplicísimo: yo puedo replicar un experimento anterior de un modo prácticamente idéntico, obtener unos resultados similares, llegar a las mismas conclusiones que el trabajo replicado... y aún así resultar un aporte científico razonablemente valioso.

Innovacion, adaptación, originalidad... Algo tienen que ver entre sí esos términos, pero no son en absoluto sinónimos. En resumen, el concepto de innovación se utiliza de una manera difusa y, a mi modo de ver, tramposa, puesto que que puede significar muchas cosas diferentes y nadie sabe, en realidad, de qué demonios se está hablando.

Pasemos ahora al segundo punto de esta reflexión, e imaginemos a todos los profesores de todas las universidades del mundo devanándose la sesera para producir, año tras año, conocimientos nuevos, procedimientos nuevos, métodos nuevos. No sólo sería un espectáculo absurdo, sino, sobre todo, imposible. Con suerte, una persona de genio es capaz de generar algo verdaderamente innovador una o dos veces en su vida. El resto no serán sino repeticiones, adiciones o matizaciones. Más aún: si esa persona se obsesiona por innovar, lo más probable es que le salga el tiro por la culata y acabe dando a luz auténticos despropósitos. La innovación nunca es perpetua, ni tan siquiera recurrente. Anda que no tenemos ejemplos preciosos de esta regla en el mundo de la moda...

¿Imaginan ustedes a un profesor impartiendo treinta años seguidos la misma materia, y haciéndolo cada año de un modo verdaderamente innovador? ¿Sería posible? Rotundamente, no. Pero de conseguirlo, ¿sería cada año mejor? Tampoco, porque y aquí viene lo bueno innovar no implica mejorar. Esta es la gran obviedad que escondemos. Si yo me creyera capaz de idear, año tras año, nuevas maneras de ejercer mi trabajo, siempre diferentes y siempre mejores, sería un pobre trastornado o, más probablemente, un simple idiota. Un profesor no tiene que ser innovador: tiene que ser eficaz. Y honesto, que es algo que siempre se nos olvida.

miércoles, 24 de julio de 2024

Pedagogía y Universidad

La pedagogía es una disciplina muy interesante. Indagar, mediante el método científico, acerca de cómo aprendemos y cómo podemos enseñar mejor: ¿quién podría negar interés a estas cuestiones? El problema no está en la teoría, sino, una vez más, en la práctica.

De un modo general, la práctica de la pedagogía no ha conseguido zafarse de un error fundacional, de algo así como su pecado original: olvidarse del qué para ocuparse del cómo; o, en el mejor de los casos, supeditar aquél a éste. Es un error muy comprensible, muy disculpable, pero es un error: lo que enseño, mi propia disciplina, es mucho más importante que cómo lo enseño y debe ser el centro de mi quehacer.

La matraca de las competencias (y demás milongas pedagógicas adjuntas) que dirige y controla desde hace años, en mayor o menor medida, el diseño de los planes de estudio de todas las titulaciones de la universidad española es una decidida vuelta de tuerca al error fundacional señalado, pues otorga un aparente fundamento teórico a la conversión definitiva del cómo en el nuevo qué. De este modo, la universidad ha sacrificado los contenidos en el altar de las competencias, olvidando que uno sólo puede ser competente en algo, y que, sin una materia real que manejar y controlar, sólo puede aspirar a ser un competente a la violeta, es decir, un bonito globo vacío.

Yo creo en la buena fe y la sensatez de los pedagogos (y me consta en el caso de los que conozco personalmente). En realidad, el error no está tanto en ellos, como en quienes les cedieron la capacidad de dirección y decisión. Porque son los médicos, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de medicina; son los lingüistas, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de lingüística; etc. Los médicos, los lingüistas, todos harán bien en pedir consejo a los pedagogos y seguir sus indicaciones; pero un pedagogo jamás debe tener la última palabra en nada de eso.

No se trata de volver a la situación anterior, porque es claro que en la universidad española abundaban las barbaridades docentes. Había y sigue habiendo, curiosamente, después de tantos años de tutela pedagógica– muchas cosas por corregir. Y la pedagogía tiene, evidentemente, mucho que decir en esto. El problema es que aquí se pasó pronto, y sin que nadie supiera muy bien cómo, del consejo a la imposición.

No debemos, pues, volver al pasado, sino aprender de nuestros errores y corregir el rumbo, lo que implica entre otras cosas colocar a la pedagogía y los pedagogos en el lugar que en puridad les corresponde. Y hay que hacerlo mejor hoy que mañana, porque la cosa urge. Nos jugamos una buena parte del futuro.


viernes, 15 de diciembre de 2023

Los escándalos políticos y la política escandalosa

Me ha llamado la atención la escandalera que se ha montado con el acuerdo del PSN para apoyar la moción de censura de EH Bildu en el ayuntamiento de Pamplona. Desde luego, es llamativo el cambio de opinión producido en las filas socialistas: hace unas pocas semanas aseguraban solemnemente que jamás llegarían a ningún acuerdo con ese partido, y ahora anuncian un acuerdo que parece incluso favorecer más a dicho partido que a ellos mismos. Llueve sobre mojado, además, porque hechos semejantes se han producido también en la reciente formación del gobierno de la nación.

No sé si conozco algún político capaz de salir indemne de una confrontación con su propia hemeroteca, pero hay que reconocer que Don Pedro es un auténtico campeón olímpico en la disciplina de Donde dije digo digo Diego. (¿Podría llegar a ganar la medalla de oro de la modalidad? No lo sé, me niego a pensar en estos asuntos con los mismos parámetros que se aplican al deporte o a los concursos de belleza.)

Para todos los escandalizados, lo escandaloso del cambio ha sido el acuerdo de hoy, no la declaración de intenciones de ayer. Para mí, la cosa es exactamente al revés: lo escandaloso no es que un partido acuerde algo con otro, sino que declare de antemano que jamás estará de acuerdo con él.

Es inevitable que un partido como un persona guste más a unos que a otros; incluso se entiende que pueda resultar detestable para alguien. Una persona particular puede rehuir todo contacto con otra a quien aborrezca; un partido político, no. Los ciudadanos les han encargado la tarea de ponerse de acuerdo, y a ella se deben. Por supuesto, puede darse el caso de que, por mucho que lo intenten, no lleguen a acordar nada; pero es inaceptable que renuncien a ello de antemano, enarbolando no se sabe muy bien qué principios morales o políticos. La democracia no consiste en tener razón, sino en acordar  entre todos las reglas que nos obligamos a cumplir.

Esta facilidad política de rasgarse las vestiduras es, además, unidireccional: el PP se escandaliza de que el PSOE acuerde algo con EH Bildu, porque con esos no se debe acordar nada, mientras que el PSOE se escandaliza de los acuerdos del PP con VOX, por la misma exacta razón. Está claro que los principios deben defenderse (aunque para eso, primero, haya que tenerlos), pero, si impiden la convivencia, tal vez deban ser revisados.

Hay en esta historia otro aspecto que me parece destacable y que sucede, además, en todos las cámaras legislativas del país. El acuerdo pamplonés ya ha sido anunciado, defendido y atacado convenientemente por todos; el debate político ya se ha desarrollado ante los medios de comunicación, de modo que lo que suceda en el pleno municipal es redundante e irrelevante, puesto que todo el pescado está vendido de antemano. Es comprensible, e incluso deseable, que las cosas se vayan tratando y preparando antes de llegar al pleno, pero me parece muy peligrosa esta manera de vaciarlo de contenido.

Con estos procedimientos, el parlamento se convierte en un trámite vacío, donde no se debate ningún asunto, sino que se escenifica una discusión, como si la cámara fuera una extensión de un plató televisivo. De esta manera, el pleno legislativo se convierte en una suerte de toreo de salón, inútil y agotador, donde unos y otros simulan debatir, pero sólo riñen, tratando no de llegar a ningún acuerdo, sino de conseguir simpatías y adhesiones, con la esperanza de que se conviertan, llegado el momento, en votos.

Y luego está lo más grave de todo: que nosotros asistimos a este penoso espectáculo y, en lugar de escandalizarnos, nos parece bien.

martes, 7 de marzo de 2023

Esperanza en lo pequeño

Para Josu. Y hasta aquí puedo leer...

Quien se atreva o se resigne a leer mis pequeñas reflexiones, tal vez pueda sacar la conclusión de que soy un completo cenizo, experto en detectar desgracias y presagiar calamidades. Y algo de razón no le faltaría. Efectivamente, cuando me fijo en los grandes asuntos, en las cosas que juzgo importantes, me pasa como a Quevedo: no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Encuentro en todas partes claros indicios del ocaso de nuestra civilización, del advenimiento de profundos cambios en nuestra travesía de homo sapiens, que siempre se han saldado con miles de individuos pasándolas canutas. Incluso en los apabullantes logros científicos de nuestra época veo las semillas de horizontes turbadores.

Y si me fijo en la gente... ¡Qué decir entonces! La gente, ese compendio amorfo de necios y de lerdos, capaz de todas las majaderías, de todas las locuras, de todas las maldades; la gente, que chapotea en el lodo de su inmediatez de miras, que se regodea en su gregarismo tranquilizador, que busca afanosamente un bienestar o una creencia que le anestesie... Esa gente, incapaz de abrir de verdad los ojos, de la que nada bueno cabe esperar, está sin embargo constituida por personas individuales (¡yo entre ellas!), por una multitud de microcosmos móviles capaces de proezas inimaginables.

Aquí y allá, en mi vida diaria, me topo con personas haciendo cosas magníficas (y también, desgraciadamente, con muchos sinvergüenzas; a veces, incluso, son los mismos). Hablo de pequeños actos un gesto, una frase, una sonrisa, una pequeña acción sin apenas trascendencia, sin un mérito excesivo, pero que consiguen que, por un momento, en ese entorno mínimo, el mundo sea un lugar un poquito mejor.

Si los grandes asuntos, los grandes problemas, las grandes tendencias, parecen gigantescas losas negras cayendo inexorablemente sobre nuestras cabezas para aplastarnos contra el suelo, estas minúsculas hazañas cotidianas son como finísimos rayos de luz ascendente que tratan de horadar esas losas: no pueden romperlas, pero sí hacerlas ligerísimamente más porosas, menos plúmbeas, más soportables.

No me fío de las cosas grandes. Aunque sé que son necesarios, tengo muy poca fe en los grandes ideales, los grandes principios; desconfío del progreso (tal vez porque no consigo averiguar qué es), de los sistemas económicos, de los políticos; y, desde luego, no espero nada de la gente. Sin embargo, sé que sólo las personas pueden construir un futuro mejor. La salvación del mundo no está en los grandes ideales, las grandes obras, las grandes hazañas, sino en la suma de nuestras insignificancias.

Por eso, de todas las grandes palabras, las grandes ideas, hay una en la que todavía me obligo a creer: educación. No hablo de la educación reglada (que también), sino de ese proceso complejo, difuso e inacabable que puede convertir a la gente en personas, a un animal del rebaño en un miembro de la tribu (en palabras de Antonio Escohotado).

La única revolución pendiente, la única revolución posible es la que se desata en el interior de cada uno de nosotros. Esto es especialmente claro en los casos extremos: hay personas que realizan acciones execrables, literalmente imperdonables; sin embargo, estos deshechos de humanidad aún tienen una posibilidad de salvación: dejar de ser esas personas y convertirse en otras, a quienes las acciones cometidas les resulten completamente ajenas. Esto, en el nivel que corresponda en cada caso, es verdad para todos y cada uno de nosotros. 

A todos nos compete liderar nuestra propia revolución, y todos somos capaces de culminarla. ¿A qué esperamos? El futuro de la humanidad no depende de las grandes cosas, sino de esas minúsculas conquistas sobre nuestras miserias.

martes, 28 de febrero de 2023

Lenguaje, corrección política y pasta gansa

Se ha hablado mucho estos días acerca de las nuevas versiones de las novelas de Roald Dahl e Ian Fleming, expurgadas de cuanto pudiera suponer un motivo de indignación para la corrección política aparentemente imperante.

No quiero repetir los argumentos de quienes consideran este empeño una censura inaceptable y una formidable majadería. Estoy de acuerdo con ellos. Me gustaría insistir en otro hecho que, sin ser desconocido, suele pasar, a mi juicio, algo desapercibido. Me estoy refiriendo a lo que casi siempre es la verdadera madre del cordero: la pasta.

Cuando una editorial decide retocar los textos de un autor (como ya sucedió con Enid Blyton), lo hace porque calcula que así ganará más dinero (o también a la defensiva: porque teme que alguien pueda organizar una campaña en su contra si no lo hace). Lo mismo puede decirse de la productora cinematográfica que se plantea modificar las características básicas del personaje de James Bond. En ningún caso estamos hablando de las convicciones ideológicas o los valores morales de estas empresas: es negocio, puro negocio y nada más que negocio.

Somos tan tontos que nos tragamos su estrategia de ventas y, lo que resulta aún más increíble, permitimos que moldee nuestros gustos, nuestros juicios y nuestras percepciones. Al final, acabamos creyéndonos que lo lógico y normal, que lo éticamente correcto, es no llamar jamás gordo a un gordo, calvo a un calvo, etc. Y todo porque un avispado vendedor pensó que así nos sacaría más dinero.

jueves, 23 de febrero de 2023

Empecinados en lo irrelevante

Al publicar mi último texto, me quedé, una vez más, con la sensación de que no me había sabido explicar del todo bien. Confío en que no parezca que he perdido definitivamente el juicio si, para tratar de enmendarme, comienzo contando un cuento (que adapto de El chapuzas, una historieta de Goofy que leía de niño en la fantástica colección de Dumbo). Vamos allá:

Un hombre tiene un coche que últimamente funciona cada vez peor. Mete mucho ruido, ha perdido potencia, a veces el motor da unos empujones raros... El hombre, preocupado, lo lleva a un taller. Al de un par de días, el mecánico le llama y le dice que puede pasar a recogerlo porque ya está arreglado. Nuestro hombre va a buscar su coche y se lo encuentra reluciente.

 El coche estaba sucísimo le explica el mecánico, así que lo hemos tenido que lavar entero, por fuera y por dentro. También hemos tenido que pulir los tapacubos y cambiar la alfombrilla de los pedales. En total, aquí tiene la factura y le pasa el papel.

 No me lo puedo creer  exclama nuestro hombre, ¿eso es todo lo que has hecho? ¿Ni has mirado el motor? Yo no he traído el coche para que me lo limpies, sino para que me lo arregles. Y lo único que has hecho es enredar en tonterías.

 ¿Pero es que no está mejor ahora que antes? pregunta el mecánico, más bien ofendido.

 Lo que has arreglado son unos detalles sin ninguna importancia que me traían sin cuidado le responde el hombre, el coche sigue estando igual de mal que cuando lo traje. Ahora tendré que llevarlo a un taller de verdad. Y, por supuesto, no pienso pagarte esta factura.

Ya está, éste es el cuento. En esta versión, el descerebrado es el mecánico; pero también podríamos haberlo contado al revés: un hombre que lleva su coche a pintar cuando el motor se está cayendo a pedazos.

Con todos los detalles y los pormenores que queramos añadir, creo que esta historieta del coche expresa bastante bien la ceguera de nuestra sociedad, de la que quise hablar en mi anterior entrada (a cuenta de la señora ministra). Porque así también vamos nosotros, muy ocupados pasando la aspiradora por los asientos de nuestro coche, discutiendo con obstinación si bajamos o subimos una ventanilla, si conviene repintar la carrocería, y de qué color, pero sin prestar atención a si el motor responde como debe, a si tenemos suficiente gasolina, a si conducimos adecuadamente... Y, sobre todo, sin repajolera idea de hacia dónde vamos.

martes, 14 de febrero de 2023

¡Ese cuerpo, señor ministro!

Ninguna parte anatómica de un ministro debería ser motivo de debate político (salvo excepciones evidentes, como, por ejemplo, el cerebro de uno que haya sufrido un ictus). Sin embargo, hace unos días, cierta parte de una ministra originó un buen rifirrafe público. Creo que los motivos principales de esa polvareda fueron dos, en modo alguno excluyentes.

La primera razón es muy simple: la mirada de nuestra sociedad sigue siendo bastante machista. El aspecto personal de las mujeres políticas (iba a escribir públicas) es examinado con un detalle que no se aplica a sus colegas masculinos. Los atuendos, los complementos, el peinado, la forma física... todo sufre un escrutinio implacable por parte de la opinión pública, pero sólo o especialmente– en el caso de las mujeres. El seguimiento periodístico casi diario sobre la ropa utilizada por la reina es, para mí, el ejemplo más llamativo de este desequilibrio.

La segunda razón es más compleja. Tiene que ver con la importancia excesiva que nuestra sociedad actual otorga a los gestos (actos o hechos que implican un significado o una intencionalidad, según la RAE).

No puede decirse que un gesto sea, en sí mismo, algo malo. Más bien al contrario (hablamos siempre, claro está, de gestos positivos). Sin embargo, un gesto no implica ningún compromiso, ninguna acción, no cuesta nada y no supone apenas trabajo. Ante un problema, un gesto puede ayudar, pero tampoco lo soluciona. Más aún, un gesto puede ser la táctica perfecta para disimular o rehuir la responsabilidad que a uno le corresponda: en lugar de un compromiso, en lugar de una acción o un trabajo sostenido, regalo un gesto, que me alivia y da la sensación de empatía necesaria para soslayar lo que de verdad debería hacer.

Los ejemplos son múltiples: no aceptamos a los pobres en nuestro entorno (o a los extranjeros, o a los homosexuales, etc.), pero nos ponemos camisetas solidarias o acudimos a manifestaciones; no somos capaces de hacer un auténtico examen de conciencia sobre nuestros hábitos, pero publicamos tuitts ecologistas, feministas e inclusivos y criticamos con dureza a quien se ponga a tiro por esos motivos; no cumplimos (o lo hacemos deficitariamente) las normas sanitarias, pero aplaudimos desde el balcón; no somos capaces de arrimar el hombro en nuestro entorno, pero nos hinchamos a firmar peticiones en change.org; no dedicamos el esfuerzo necesario a nuestros estudios o nuestro trabajo, pero participamos de la manifestación a favor de la educación o en contra de los recortes;  consentimos el abuso en nuestro entorno, pero firmamos manifiestos contra el bullying; conducimos de aquellas maneras, pero firmamos a favor de una mayor seguridad vial; en el parlamento, los políticos portan camisetas, enseñan carteles, se levantan, patalean, aplauden, se van, cruzan ingeniosidades... pero no cumplen con la función que les hemos encomendado; la lista podría ampliarse sin mayor esfuerzo. Somos una sociedad de gestos, con muy poquito por detrás.

Volviendo al caso que nos ocupa, ¿qué significado o intencionalidad cabe atribuir al hecho de que un ministro una mujer, en este caso no utilice una prenda interior? Es verdad que todo en el mundo puede entenderse como símbolo, aunque tampoco sepamos si esa plurisignificatividad existe de verdad en la naturaleza o se la otorgamos nosotros, gracias a una de esas extrañas habilidades que posee nuestra especie animal. En este caso, las interpretaciones pueden ser han sido, de hecho tan variadas como las miradas de quienes opinan. (Además, debemos sumar otro condicionante, por desgracia cotidiano: la mayoría de las opiniones son torticeras, malintencionadas y buscan por encima de todo desprestigiar al enemigo, sea éste quien sea).

Es más fácil ocuparse de la anatomía de un ministro que formarse una opinión sólida sobre su gestión,  debatirla debidamente y actuar en consecuencia. Que esto suceda más con las mujeres se explica por la primera razón apuntada. Pero en ambos casos, la sociedad tiende a manejar gestos, detalles menores, pequeñeces que le mantienen ocupada y le proporcionan una falsa apariencia de estar al tanto de la cosa pública, pero sin entrar nunca en el meollo de las cosas, sin discriminar las cuestiones importantes, sin plantearse alternativas para la acción, sin asumir nunca responsabilidades. Gestos, gestos y más gestos. Y la realidad, mientras, haciendo de las suyas. Y el hatajo de sinvergüenzas que nos pastorea, también.

martes, 3 de mayo de 2022

La concentración del capital

La lista de los problemas que aquejan al mundo es larga y complicada. Si buscamos su concreción, acabamos perdidos en una casuística enmarañada; si, por el contrario, buscamos la generalización, acabamos manejando formulaciones vanas, sin apenas valor para la acción real.

Creo que lo más inteligente no lo más fácil es identificar, en esta madeja de desgracias e indignidades, un hilo largo que pueda desenmarañarse, al menos parcialmente, para conseguir así reducir el tamaño y la complejidad de la madeja. Tal vez haya varios de esos elementos clave, pero yo señalo uno: la concentración de la riqueza.

Por supuesto, siempre ha habido ricos y pobres, y éstos siempre han sido más que aquéllos. No sé si éste es el momento histórico en el que menos gente acumula más riqueza (no importa, en realidad), pero es evidente que la concentración del capital ha aumentado en los últimos cuarenta años.

Es difícil explicar debidamente este proceso, presentar ordenadamente todos los datos imprescindibles para caracterizar el fenómeno, esclarecer las causas, las tendencias, etc. Renuncio a ello de antemano. No me resisto, sin embargo, a presentar algunos datos desordenados.

Un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso de los Estados Unidos de 2016 (que leo en el CNN español) estimaba que el 10% de las familias poseían el 76% de la riqueza total del país. Además, la concentración se había acrecentado en los últimos años. Así, entre 1989 y 2013, las familias situadas en el percentil 90 habían incrementado su riqueza en un 54%; las del percentil 50, sólo un 4%; pero las del percentil 25 habían perdido el 6% de su riqueza. 

Con la pandemia, la concentración ha aumentado de una manera obscena. Según un informe de 2020 de la organización American for Tax Gairness (ATF) (que puede leerse, entre otros, en el canal gubernamental France 24), los multimillonarios americanos habían ganado en esa fecha más un un billón de dólares con la pandemia. En palabras de su director ejecutivo, Frank Clemente«nunca antes Estados Unidos había visto tal acumulación de riqueza en tan pocas manos». La cosa parece incluso más increíble, porque, a día de hoy, la ATF afirma que los beneficios pandémicos de los multimillonarios son ya de 2 billones. ¡Más de la cantidad que la administración Biden va a dedicar a su plan nacional de estímulo

En España, los cinco grandes bancos (Santander, BBVA, Caixabank, Bankinter y Sabadell) ganaron en 2021 casi 20.000 millones de euros. (No debemos olvidar que hace muy poquitos años les regalamos entre todos una millonada indecente.) Ese mismo año, esos bancos se deshicieron de unos 16.000 trabajadores (fuente). Por concretar más un caso, el BBVA, que en 2021 ganó más del triple que el año anterior (fuente), ha batido su récord de beneficios trimestrales en este primer trimestre del 2022: 1651 millones, el 36% más que el mismo periodo del año anterior (fuente). Todas las grandes empresas presentan números similares: Iberdrola ganó 3.885 millones en 2021 y prevé ganar más de 4.000 este año (fuente); Inditex triplicó su beneficio el 2021 (fuente); Repsol ha duplicado su beneficio en el primer trimestre del 2022 (fuente); la cuenta sería interminable.

Si ampliamos el foco, vemos que la desregularización de finales del siglo pasado y la tan cacareada globalización han tenido efectos inciertos para el común de los ciudadanos, pero han generado unos beneficios estratosféricos para unos pocos. De modo similar, la revolución tecnológica ha propiciado evidentes ventajas para todos, pero también ha generado un ramillete de Crasos contemporáneos (Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Elon Musk, Larry Page, etc.). Y encima tenemos que tragar con la pantomima de que varios de estos multimillonarios son unos filántropos, cuando nunca han dejado de ser unos depredadores.

Yo no soy economista, pero me parece claro que en las últimas décadas hemos asistido a una imparable financiarización de la economía. No deberíamos olvidar que, en general, la actividad económica genera riqueza tangible, mientras que la actividad financiera, no. Los fondos de inversión han colonizado la actividad económica, de modo que ahora controlan un porcentaje cada vez mayor de las empresas y los negocios. (Es sorprendente, además, lo incautos que somos: primero celebramos que tal o cual empresa haya sido adquirida por no sé qué fondo internacional, y algunos años después nos escandalizamos porque dicho fondo haya decidido desmantelarla para seguir con su negocio la extracción de pasta fresca de las venas de todos y de todo en otra parte.)

Las cosas llegan a extremos verdaderamente inconcebibles. El mercado mundial del cereal es controlado en su mayor parte por cuatro empresas gigantescas, que se conocen como ABCD: ADM, Bunge, Dreyfous y Cargill. Esta última es la empresa líder. Tiene 166.000 empleados en 66 países y en 2021, con 121.000 millones de euros de facturación, obtuvo los mayores beneficios de sus más de 150 años de vida (fuente). Su montaje es sencillo: si hay una buena cosecha, se forran; si la cosecha es mala, también, porque quienes se arruinan son los agricultores. Ahora, la guerra de Ucrania llevará los precios a un límite insostenible para casi todos. Hay que tener presente que el precio de la próxima cosecha de cereal del mundo se cocina en la bolsa de Chicago. Con la crisis financiera de 2008, la especulación se trasladó en buena medida a este mercado, que ofrecía enormes oportunidades de enriquecimiento (a costa del prójimo, obviamente). Desde entonces, los precios no han dejado de subir, y los grandes no han hecho otra cosa que forrarse. Lejos de corregir esta locura, el mundo sigue abundando en el error, porque ya se ha comenzando esta misma carrera con el recurso más básico para nuestra existencia: el agua

Todo esto es sencillamente suicida y debe, por tanto, corregirse. ¿Cómo? No será sencillo, pero sólo cabe una manera: la regularización, es decir, la promulgación de leyes que no permitan el saqueo sistemático de los recursos y no promuevan semejante concentración del capital. Sin embargo, la legislación internacional, cada vez más tupida y compleja, preserva  y hasta cultiva unos llamativos agujeros negros para que todos estos fenómenos prosperen, es decir, para que la riqueza continúe con su proceso imparable de concentración. Nuestras democracias occidentales, cada vez más sensibles para según qué cosas, son ciegas a estas cuestiones, obviamente más importantes. No las ven, no quieren verlas o no quieren reconocer su incapacidad para corregirlas. En todo caso, de un modo o de otro, son cómplices.

Cuando hablo de las democracias occidentales, no me refiero sólo al hatajo de truhanes e incompetentes que copan los puestos de responsabilidad pública, sino a todos nosotros. Este asunto daría para mucho, pero apunto algunas ideas rápidas:

  • Alguien podría decir que me he vuelto más comunista que los mismísimos bigotes de Stalin. Sin embargo, nada de lo anterior tiene que ver con el comunismo, sino con el puro sentido común.
  • Aquí no hablamos de modelos económicos o sociales, sino de unos mínimos de justicia y decencia en nuestra convivencia.
  • Me parece que la izquierda (sea eso lo que sea) ha hecho una claudicación histórica: ha renunciado a regular los resortes básicos del modelo económico (su finalidad fundacional) y se ha volcado sobre otros asuntos no carentes de interés, pero evidentemente secundarios. El feminismo es el ejemplo perfecto de una causa sin duda justa y necesaria, pero utilizada como cortina de humo o maniobra de distracción de problemas más importantes.
  • Es tremendo comprobar que estas cuestiones han desaparecido prácticamente del discurso público de políticos, periodistas, profesores, científicos, pensadores, etc. Y es aún más tremendo que sólo se escuchen debidamente distorsionadas por las ideologías respectivas, si es que pueden llamarse así en los discursos de las sectores más extremos, a izquierda y derecha.

En definitiva, no sé qué es peor, que nos roben concienzudamente, aumentando la injusticia global y envenenando nuestro futuro, o que no nos demos cuenta.

martes, 8 de marzo de 2022

De nuevo sobre líderes y liderazgo

Para Arantza, que me ha invitado a pensar mejor.

En mi escrito anterior sobre los líderes y el liderazgo, me temo que traté el asunto de una manera un tanto superficial (como corresponde a lo limitado del espacio y lo aún más limitado de mis conocimientos), sin entrar en el meollo de la cuestión. Trataré ahora de enmendar mi falta, en la medida de mis pobres posibilidades.

En primer lugar, creo que los conceptos de líder o de liderazgo son en buena medida eufemísticos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven que acaba de firmar su primer contrato laboral. El dueño de la empresa le da la mano y le dice:

— Bienvenido, ya eres un nuevo colaborador de la empresa, ahora yo seré tu líder.

— No, no te equivoques le corrige el nuevo empleado, demasiado joven para haber aprendido aún a callar, yo trabajaré para ti y tú serás mi jefe.

También podemos recordar una frase escuchada con cierta frecuencia:

— Fulanito lidera un equipo de X personas.

— No  corregiría nuestro joven osado, Fulanito manda un equipo de X personas.

Un tercer ejemplo: muchas empresas han dejado de tener una "jefatura de personal" para disponer de un "departamento de gestión de personas" (o alguna otra formulación similar).

En estos casos constatamos que, cuando decimos líder, estamos queriendo decir jefe; cuando hablamos de liderazgo, estamos en realidad hablando de mando o, de modo más general, de poder. Pero, no sé por qué, en nuestra sociedad, tan exquisitamente igualitaria y democrática, está mal visto ejercer el poder; más aún: parece que todo poder estuviera esencialmente deslegitimado, o por lo menos fuera sospechoso per se. Y para procurar que la idea de poder quede camuflada, utilizamos el eufemismo, de modo que los jefes se convierten en líderes, los empleados en colaboradores y el poder en liderazgo.

Sin embargo, de esta manera incurrimos en un grave error, porque, sin darnos cuenta aunque me temo que algunos sí que son plenamente conscientes acabamos manejando una idea mucho más amplia y peligrosa: colaborar exige una implicación personal mayor que obedecer; a un jefe se le obedece de ocho a dos, pero a un líder se le sigue a todas horas; una empresa tiene derecho a gestionar el quehacer de su empleado, pero de ningún modo tiene derecho a gestionar su persona. Camuflando una relación de obediencia, se nos ha colado otra de dependencia y sometimiento.

En segundo lugar, el liderazgo debe ser, a mi modo de ver, un reconocimiento ajeno y a posteriori. Dentro de un grupo humano, del tipo que sea, a veces o sea, no siempre– sucede que una persona, por sus cualidades o su desempeño, se constituye en la más importante de todas, en el núcleo o el alma de dicho grupo. Esa consideración, además, casi siempre es implícita o tácita y no ha sido buscada por la persona en cuestión. 

Otra cosa diferente es que ese grupo, si necesita llevar a cabo un trabajo, se organice para ello de la manera que estime conveniente, estableciendo diferentes funciones que impliquen que uno mande y otro obedezca. (Cuando el grupo en cuestión se organiza de forma jerárquica, esas funciones son inevitables.) Pero esa persona que manda o dirige será al menos en principio un encargado o un jefe, nunca un líder.

Lo que es un disparate absurdo es que alguien se constituya en líder de un grupo humano por decreto, a priori, sin haberse ganado previamente esa consideración por parte de sus compañeros. Si alguien se acerca a un grupo diciendo "yo voy a ser vuestro líder", ese fulano es un usurpador, un aprendiz de tirano, un necio con ínfulas de grandeza.

En definitiva, creo que la creciente ola de líderes y liderazgo que estamos sufriendo es de carácter eufemístico y apriorístico. Dos graves errores que mantienen mis pilotos rojos de alarma a pleno rendimiento.

miércoles, 2 de marzo de 2022

De líderes y liderazgo

Se me activan todos los pilotos rojos de alarma en cuanto oigo hablar de líderes o de liderazgo. Desde hace unos cuantos años, estas palabritas (y el sucedáneo de idea que esconden detrás) se han convertido en uno más de los ídolos a los que sacrificamos nuestra sensatez, o lo que nos va quedando de ella. Es fácil ver aquí un nuevo ejemplo de colonización cultural, pero me temo que el asunto da para más.

En los ámbitos empresarial y administrativo, el liderazgo ha servido para que unos cuantos listillos se forren dando cursos de supuesta formación a un creciente enjambre de jefes y jefecillos que se creen una moderna mezcla de Alejandro Magno y Gengis Kan. Dejar una empresa en manos de semejantes orates engreídos consigue, en primer lugar, volver tarumbas a sus pobres subalternos y, en última instancia, lastrar su funcionamiento cotidiano y poner en peligro su propio futuro.

Sin embargo, es en lo político donde el dichoso liderazgo muestra toda su potencial malignidad. Un político es alguien elegido por sus conciudadanos para gestionar la cosa pública, y que debe rendir cuentas de dicha gestión; su posición preeminente es, por tanto, circunstancial y transitoria. El líder, en cambio, es alguien que, supuestamente por su comportamiento ejemplar o heroico (en realidad, más bien por su astuta utilización de la propaganda), se gana la voluntad popular para situarse por encima de sus conciudadanos, que cambian así su condición por la de seguidores acríticos. El político es examinado, el líder es seguido; al político se le juzga, al líder se le obedece y, eventualmente, se le ama; el político establece un pacto de confianza; el líder, de lealtad.

Un país culto, bien instruido e informado, no necesita un líder. Esta campaña ubicua de elogio del liderazgo, que pretende llenar de líderes todos los ámbitos de nuestra vida, coincide con otra serie de cambios globales que parecen pretender el freno del librepensamiento y de las libertades públicas y, en definitiva, el fin del llamado estado del bienestar. ¿Es casual esta coincidencia? Me cuesta creer que lo sea. Más bien me parecen síntomas de un mismo fenómeno.

Yo no quiero tropezarme con ningún líder, ni en mi escalera, ni en mi trabajo, ni en mi país, ni en ningún sitio. Son peligrosísimos. Basta con echar un vistazo al mundo para comprobarlo.

viernes, 25 de febrero de 2022

Política, partidos y personas

Asisto con una sonrisita irónica, lo confieso al bochornoso espectáculo que están ofreciendo estos días los líderes del PP. Compruebo, una vez más, lo difícil que resulta hacerse una idea clara de la verdad de los hechos, y lo poco que eso le importa a nadie. Los actores de este drama (o sainete, según se mire) se mueven por intereses o por sentimientos, pero no por argumentos o razones, ni mucho menos por principios.

Para mí, lo asombroso no es que a Pablo Casado le obliguen a marcharse, sino que alguien como él haya podido llegar a ser el líder del principal partido de la oposición. Que Casado pudiera ser presidente de la nación es algo tan rocambolesco como que lo sea el presidente actual, sin ir más lejos.

El cruce de acusaciones entre Casado y Ayuso ha sido penoso. Ambos han dejado claro, no sólo su mutua animadversión, sino también que estaban dispuestos a jugar todo lo sucio que hiciese falta para conseguir acabar con su adversario. Dejar tan al descubierto su fea catadura debería ser suficiente, en un estado normal de cosas, para que sus compañeros les indicaran el camino de salida. Sin embargo, esto sólo ha sucedido con uno de los dos. ¿Por qué? La respuesta, a mi modo de ver, sólo puede ser de orden estratégico: Ayuso ha sabido pelear (y le han ayudado) mucho mejor que su enemigo; y su táctica principal ha sido hacerse la víctima. Es curioso lo bien que funciona este mecanismo: el acusado siempre acusa, el agresor siempre se presenta como agredido... Es un resorte básico de nuestra naturaleza humana, y aun así no lo solemos reconocer cuando nos topamos con él.

Por el camino, queda olvidado al menos por ahora el pequeño detalle de los indicios de choriceo contra la presidente de la Comunidad de Madrid. ¿Cómo es posible que algo así no sea el principal motivo de todo este teatro? Pueden ensayarse varias explicaciones, todas ellas demoledoras:

  1. Los presuntos hechos se consideran poco significativos, de poca importancia, y por tanto veniales, justificables o disculpables.
  2. Aunque esos hechos sean ciertos, se consideran como algo habitual y general en la práctica política, independiente de personas y partidos y, por tanto, disculpable, como una especie de mal menor o impuesto político.
  3. A las personas implicadas (dirigentes, afiliados y simpatizantes) no les preocupa la corrupción, no les parece que sea una práctica especialmente sancionable, al menos mientras se mantenga en unos niveles cuantitativos no muy grandes.
  4. Las personas implicadas están atentas para denunciar y castigar la corrupción, pero siempre en los otros partidos. 

Esta última explicación quizá merece un comentario. Cuando uno pertenece a un grupo con unas determinadas características (una secta o una banda juvenil son buenos ejemplos), se vuelve incapaz de percibir correctamente la actuación de dicho grupo, aunque pueda seguir interpretando bien lo que sucede fuera de él. En el ámbito político pasa lo mismo porque mucha gente pertenece a su partido de esa forma equivocada, y son de tales siglas como son de tal credo, de tal equipo de fútbol o de tal secta (aunque para ellos sería ofensivo utilizar esa palabra).

¿Qué características específicas deben tener esos grupos? No lo sé. Pero, en realidad, ni tan siquiera hace falta recurrir a ellos, porque abundan los amigos de sus amigos, incapaces de compaginar amor y justicia, y dispuestos por tanto a tolerarlo todo en unos casos y nada en otros. Somos animales gregarios, muy dependientes de la manada, y no parece que podamos superar esa condición. Esto no tiene por qué ser siempre malo, pero parece claro que, en lo político, es una fuente constante de conflictos. Lo terrible es la actual proliferación global de mensajes dirigidos específicamente a ese resorte, porque me temo que ha sido siempre un índice predictor de catástrofes a lo largo de nuestra pintoresca historia de homo sapiens.

He empezado hablando del PP y he terminado divagando sobre la especie humana. Está claro que nada de lo anterior es privativo del PP, sino que tal vez con algunos ajustes menores, que habría que examinar con cuidado– puede aplicarse a cualquier otro partido político. Lo que hace que todo sea mucho más grave.


viernes, 4 de febrero de 2022

Obviedades sobre la corrupción

El político de turno acaba de tomar posesión de su cargo. Su nuevo secretario le está enseñando las dependencias oficiales. Tras mostrarle las diferentes estancias, ambos se acercan por fin a la imponente mesa de trabajo de su despacho privado.

 Esta mesa le indica el secretario tiene dos filas de cajones a izquierda y derecha. Son seis cajones en total, todos llenos de dinero.

El político abre uno de ellos y, efectivamente, desborda de billetes de cincuenta euros. ¡En esa mesa hay una pequeña fortuna! Lo vuelve a cerrar, no sin cierta dificultad.

 Este dinero prosigue el secretario no está aquí para que usted lo use, sino por si hiciera falta en algún momento. En realidad, nadie sabe muy bien para qué está; nadie sabe cuánto hay, porque nadie lo ha contado nunca, ni tampoco nadie lo contará cuando usted se marche. Pero eso sí, debo repetirle lo mismo que a sus predecesores: bajo ningún concepto debe usted tocar este dinero aunque nunca nadie sabrá si lo ha hecho o no, porque debe dejarlo tal y como está para su sucesor.

El político se queda solo. En los siguientes años, pasará a diario muchas horas en ese despacho. ¿Abrirá los cajones? ¿Contará el dinero? ¿Se quedará con algunos de esos billetes para algún fin que no hace al caso? Tú, amable lector, ¿qué crees que harías en su lugar?

Estaría bien que alguien controlase que el político no utilice ese dinero. Estaría bien que, de hacerlo, fuera sancionado con severidad. Pero, sobre todo: ¿por qué tiene que estar esa mesa llena de dinero? ¿Cómo es posible semejante descontrol?

La moraleja de este cuentito es clara. Por supuesto, hay que investigar a los presuntos corruptos y, eventualmente, castigarlos, pero eso no deja de ser un apaño a posteriori.  Lo que de verdad hay que hacer es establecer un sistema de control que dificulte al máximo que alguien pueda meter mano en la caja. Tal vez no sea muy fácil, pero tampoco parece ni mucho menos imposible.

Por eso, no creo a los partidos políticos, que lanzan grandes soflamas contra la corrupción normalmente después de que les hayan pillado con las manos en la masa, pero no se ponen de acuerdo para establecer esos controles. Es como si los joyeros insistieran en que robar es un delito, pero dejaran sus tiendas repletas de joyas con los escaparates abiertos día y noche, sin vigilancia de ningún tipo. ¿Qué podría pensarse de semejantes tenderos? O bien son rematadamente idiotas, o bien obtienen algún oscuro beneficio con esa maniobra. Pues eso...


lunes, 24 de enero de 2022

Libertad e igualdad

Libertad e igualdad son dos palabras muy manidas, cuyo significado, con tanto uso, se vuelve cada vez más vago. Me resulta curioso, por cierto, que la tercera parte del eslogan revolucionario, la fraternidad, haya casi desaparecido de la escena. ¿Tal vez porque contiene un elemento algo más espiritual, porque interpela a un resorte más recóndito de nuestro corazoncito, y eso la convierte en un concepto menos apto para el debate público? Sea como sea, me gustaría dedicar estas líneas a reflexionar sobre la libertad y la igualdad, en la medida de mis pobres entendederas.

En primer lugar, hablamos de dos ideales que no pueden pretenderse de manera absoluta, sino relativa. Nadie puede aspirar a una libertad completa, puesto que debe compaginarla con la de sus congéneres; del mismo modo, todos somos únicos y una igualdad completa entre nosotros no sería ni posible ni deseable. Una vez más, lo difícil es el equilibrio.

También resulta difícil saber cuándo estas palabras se usan de una manera inocente. Nuestra especie es capaz de lo mejor y de lo peor, a la vez: el lenguaje con el que nos comunicamos nos sirve también para engañarnos; los grandes ideales nos empujan a construir un mundo mejor, pero también los usamos tramposamente para nuestros propios intereses.

Hay una manera reduccionista de entender la libertad, que la equipara con el cumplimiento de la propia voluntad o, más aún, con la satisfacción de los deseos propios. Todo ello está relacionado, obviamente, pero no es ni mucho menos lo mismo.

Hoy en día, estamos viendo cómo los sectores políticos que más se identifican, por su cercanía o simpatía, con los ricos y los poderosos enarbolan cada vez con más insistencia y desparpajo la palabra "libertad". Según ellos, estamos sufriendo un ataque sistemático contra la libertad individual, llevado a cabo no se sabe muy bien por quién (porque unas veces lo hace "la izquierda" y otras, "la plutocracia internacional"). ¿Qué libertad es la que pretenden salvaguardar estas voces? Me temo que, en realidad, de lo que hablan es de  liberalización y desregularización. Dicho de otro modo: quieren la libertad de hacer de su capa un sayo para ganar dinero de todos los modos posibles, sin tener que preocuparse de pequeñeces morales o legales.

La voluntad individual siempre deberá sujetarse a la voluntad general, vale decir, la ley. En los últimos tiempos, cada vez más gente, en un abanico de asuntos cada vez más amplio, protesta si se le obliga a cumplir las normas, porque lo presenta como un atentado a su libertad. Pero el caso es exactamente el contrario. La pandemia nos ha proporcionado múltiples ejemplos de este despropósito.

Por su parte, detrás de la bandera de la igualdad pueden encontrarse no pocas veces sentimientos de  revanchismo o de pura envidia. Se olvida así que igualdad no significa uniformidad. Que todos reciban lo mismo no es justo, porque no todos aportan lo mismo: hay ciudadanos ejemplares y también sinvergüenzas redomados; los hay trabajadores y vagos, capaces y lerdos, etc. Una cosa son las oportunidades y otra, su aprovechamiento.

Además, si bien la igualdad debe estar en las oportunidades, tampoco éstas tienen por qué ser idénticas para todos. Hay que distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. Por poner algún ejemplo de brocha gorda: las oportunidades para que un niño ciego sea pintor, o futbolista profesional, son cercanas a cero; sin embargo todos sabemos que un niño europeo blanco va a tener más posibilidades de vivir mejor que una niña afgana; o uno nacido en el barrio de Salamanca y otro echado al mundo en la Cañada Real. Al niño ciego habrá que que brindarle otras oportunidades; pero modificar lo segundo sí que está en nuestra mano. Y no lo hacemos.

Creo que la educación en nuestro país (y tal vez en otros) es un buen ejemplo de perversión del concepto de igualdad: bajo la bandera de la igualdad de oportunidades, se ha eliminado el mérito, se han rebajado las exigencias para que puedan ser cumplidas cada vez más fácilmente por cada vez más alumnos y, en resumen, se ha igualado a todos por abajo, en una búsqueda insensata y quiero creer que inconsciente de la mediocridad.

En definitiva, libertad e igualdad son dos mecanismos sociales, en cierta medida antagónicos, que deben ajustarse y equilibrarse constantemente. Y la herramienta para efectuar esos ajustes se llama justicia. ¿Es justo que tal individuo disfrute de la libertad de hacer tal cosa? ¿Es justo que tal individuo reciba el mismo trato -en lo que sea- que tal otro? (Pero, por supuesto, y como siempre: ¿quién es capaz de contestar estas preguntas?)

Tiendo a desconfiar del privilegiado que grita "libertad", del mismo modo que desconfío del paria que grita "igualdad". Por supuesto, ambos casos pueden estar plenamente justificados (aunque parece que uno debería sentir más simpatía por el paria que por el privilegiado, independientemente de sus anhelos o reivindicaciones). 

Es comprensible que defiendas la vigencia de la ley de la selva si tú eres el león; en cambio, si fueras la gacela, preferirías que las relaciones entre los animales estuvieran reguladas por leyes consensuadas entre todos.