¿Podemos odiar las palabras? Supongo que sí: al fin y al cabo, somos capaces de odiar cualquier cosa. ¿Las odio yo? No diría tanto, pero, desde luego, algunas sí que me resultan odiosas.
Por supuesto, hay que distinguir entre los conceptos odiosos y las palabras que usamos para designarlos. Así, la maldad podrá resultarnos -o no- odiosa, pero la palabra con que la designamos (maldad) no tiene nada de malo.
También debemos distinguir entre palabras odiosas y peligrosas. Libertad, progresista, liberal o democracia -por citar unos pocos ejemplos- son términos con significados tan amplios, tan difusos, se utilizan tantas veces de una manera tan torticera, que conviene huir de ellos o, cuando menos, someterlos a una estricta cuarentena. Son palabras que me alarman, pero no me parecen odiosas.
Tampoco hay nada malo en la evolución léxica. Por ejemplo, recuerdo que tío, hasta mis ocho o nueve años, sólo significaba para mí 'hermano de mi madre o de mi padre'; entonces descubrí -y asumí con normalidad- que también tenía un sentido genérico (más o menos equivalente a tipo). La palabra vacilar significaba 'dudar', hasta que, con unos dieciocho años, también comenzó a significar 'burlarse'. Este uso está siendo sustituido últimamente por trolear (y vacile por troleo), sin que yo tenga nada que objetar. Efectivamente, no veo nada malo en estos cambios, salvo, acaso, olvidar los usos anteriores. Recuerdo un alumno al que le decía en cierta ocasión, hace ya muchos años, que no debía vacilar a la hora de atacar las notas con su instrumento; y él, sorprendido, me aseguraba que las estaba tocando "en serio".
En definitiva, todo en una lengua evoluciona constantemente; y eso no es ni bueno ni malo, sino, sencillamente, inevitable. Entonces, ¿cuáles son esas palabras que me resultan odiosas? Veamos algunos ejemplos.
Chef es una palabra francesa (cuyo étimo latino es caput, que dio chief en francés antiguo), que el español adoptó (en contextos administrativos y militares en los siglos XVIII y XIX) con la forma fonética de jefe. Un ejemplo muy cercano: mi padre era maquinista naval-jefe; cuando navegaba, en los años cincuenta, era el chef de máquinas del barco. Otro ejemplo mucho más famoso (y más antiguo, creo): en las grandes cocinas (de mansiones, hoteles y restaurantes), uno de los muchos cocineros que allí trajinaban era, además, el jefe, el primum inter pares, es decir, el chef de la cocina. Pues bien, de un tiempo a esta parte, en español ya no hay cocineros, sino chefs. ¿Y eso por qué? ¿Porque se ha extendido en el sector alguna fiebre igualadora que hace que ningún cocinero tolere recibir órdenes de otro colega? ¿Porque todos quieren ser jefes y ninguno quiere ser indio? En absoluto. Todo viene de un programa de televisión que, sencillamente, calcó el título de su original americano. (En realidad, el programa había nacido el siglo pasado en Gran Bretaña, pero aquí se hizo famoso con su versión yanqui.) También la RAE ha caído en la trampa: en 1992 ya aceptaba chef como 'jefe de cocina', pero sólo recientemente (no sé precisar la fecha) ha declarado que es sinónimo de cocinero. Este uso -más bien abuso- absurdo e ignorante, que ha convertido en un chef hasta al tío que vende perritos calientes en un puesto ambulante, es el que la vuelve odiosa para mí.
Veamos otro ejemplo. El español ha distinguido toda la vida (perdón por esta expresión incorrectísima, pero me la pedía el cuerpo) entre los emigrantes y los inmigrantes. Mediante los venerables prefijos latinos in- y ex-, la perspectiva del hablante se incluía necesariamente en la elección léxica (aunque es verdad que emigrante puede funcionar como elemento no marcado de la oposición). De hecho, la migración se reservaba para los grandes recorridos cíclicos animales (aves, ñus, etc.). Pues bien, ya nadie parece recordar que todos hemos hablado así hasta anteayer mismo: ahora todos se han vuelto migrantes. ¿Por qué, porque ya no nos importa si vienen o si van? Mucho me temo que ahora nos importa incluso más que antes. No, la respuesta vuelve a estar en el inglés: aunque esta lengua conoce los términos immigrant y emigrant, prefiere usar el simple migrant, que sirve para un roto y para un descosido. Y tampoco hay que olvidar, creo yo, que los estadounidenses carecen prácticamente de emigración. El caso es que a nosotros, simplemente por eso, se nos ha olvidado cómo hablábamos antes. Pues bien, esto hace que la palabra en cuestión me resulte odiosa.
En el ámbito de la educación universitaria (este sintagma me parece cada vez más un oxímoron), abundan la palabras odiosas. Voy a recordar tres, que tienen en común un uso anómalo -por no decir otra cosa- del latín: en los últimos tiempos, los antiguos alumnos (o los egresados, si usamos la preciosa palabra sudamericana) han pasado a ser alumni; los planes de estudios, o los programas de las asignaturas, han pasado a ser los currículos formativos; los criterios de evaluación han pasado a ser la rúbrica de la evaluación.
En latín, alumni es el plural de alumnus ('alumno'), y por tanto se aplica expresamente a los estudiantes en curso, no a los egresados; curriculum significa carrera (de cuádrigas, por ejemplo) y se ha usado casi únicamente para expresar la 'carrera de la vida' es decir, el curriculum vitae; rubrica (del latín ruber, 'rubio, colorado, encendido') es la tierra roja o bermellón, y se aplica también a la firma escrita en rojo en los textos, especialmente legales, es decir, a la rúbrica. Es verdad que los usos anómalos de estos términos también pueden rastrearse en los viejos documentos medievales, pero nosotros no los hemos adoptado tras concienzudos estudios filológicos, sino, simple y llanamente, porque los usan los yanquis (antes ya los usaban los británicos, y no pasaba nada). Eso convierte a estos términos en odiosos para mí.
En realidad, no he dejado de hablar de palabras que evolucionan (y también de préstamos). ¿Por qué acepto unos casos y detesto otros? No estoy seguro. Supongo que, si me topase con las palabras en cuestión dentro de -pongamos- doscientos años, ya no me molestarían, porque se habrían convertido en perfectamente normales. (Para eso tendrían que pasar muchas cosas, alguna de ellas poco probable: que las palabras siguieran usándose, que aún se hablase el español y yo lo volviera a aprender, que todavía quedase un mundo en el que reencarnarse... y que yo me reencarnara en un lingüista menos gruñón.)
En resumen, creo que lo que me resulta odioso en estos ejemplos (y en más que podría recordar) no son las palabras en sí mismas, sino constatar lo tontos que somos. Todos. Porque yo me he dado cuenta de estas cosas, pero... ¿de cuántas otras no me daré cuenta?
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