miércoles, 28 de julio de 2021

¿A qué puede llamarse universidad?

He leído con atención el informe ¿A qué puede llamarse universidad?, publicado por el Observatorio del Sistema Universitario el pasado 18 de marzo. El informe analiza el grado de cumplimiento de los requisitos previstos en el nuevo Real Decreto de creación, reconocimiento y autorización de universidades y centros universitarios, y acreditación institucional de centros universitarios (aprobado finalmente el 27 de julio), así como el grado de cumplimiento de los requisitos vigentes desde el 2015 (Real decreto 420/2015, de 29 de mayo, de creación, reconocimiento, autorización y acreditación de universidades y centros universitarios).

Lo primero que advierto es que aquí también rige la inveterada costumbre española (y tal vez universal): cuando una ley no se cumple, se cambia de ley. ¿Por qué no se ha cumplido la ley anterior? No se sabe. ¿Se va a cumplir la nueva? Tampoco se sabe, pero lo lógico es, en todo caso, prever que no. ¿Y pasa algo, se va a hacer algo al respecto? No, por supuesto. Dentro de algunos años, alguien vendrá y hará una ley nueva, que –oh, sorpresa– tampoco se cumplirá.

Efectivamente, la primera conclusión del Informe es el incumplimiento generalizado de los requisitos vigentes desde 2015. Sólo 18 de las 81 universidades analizadas los cumplen. Además, si se consideran también los centros adscritos, las 18 se quedan en 10 (8 públicas y 2 privadas).

Como la nueva ley endurece las condiciones (aunque no todas), las universidades que las cumplen ahora mismo son sólo 12; si se consideran también los centros adscritos, sólo 4. ¡Menos del 5%! Además, no hay que olvidar que el Informe deja sin estudiar, por diferentes motivos (sobre todo, falta de datos oficiales), 7 universidades, la mayoría de las cuales, previsiblemente, tampoco cumplirían todos los requisitos.

Veamos las cosas con algo más de detalle:

1. Requisitos sobre la oferta docente

La nueva ley amplía los requisitos (todas cumplen los vigentes), con la idea de conseguir centros con ofertas amplias, en al menos 3 de las 5 ramas de conocimientos manejadas habitualmente. De esta manera, se pretende eliminar las universidades pequeñas y focalizadas en una o dos ramas. Particularmente, no lo veo claro: creo que lo que debe atacarse no son las universidades pequeñas, sino las universidades malas. No tienen por qué coincidir.

2. Requisitos sobre la actividad investigadora

En general son bastante razonables, aunque hay dos números mínimos que me parecen discutibles: el de publicaciones científicas y el de sexenios de investigación. Creo que es discutible el número, el procedimiento de cálculo (las ratios utilizadas) y, sobre todo, los conceptos mismos de "publicación científica" y de "sexenio de investigación", sobre los que creo que tenemos pendiente una profunda reflexión.

3. Requisitos sobre la plantilla de PDI y su cualificación

La mayoría de las universidades incumple los 4 en vigor desde 2015, y eso que el 3º estaba vigente desde 2007 (LOU) y el 1º, el 2º  –parcialmente– y el 4º estaban vigentes desde 1991 (Real Decreto 557/1991). Esto es un escándalo que debería llenar de vergüenza a los responsables políticos, presentes y pasados. Pero, por supuesto, aquí no pasa nada.

En este apartado se producen incumplimientos clamorosos, que en no pocos casos esconden claros fraudes de ley. La palma se la lleva el porcentaje de temporalidad, que, según afirma el Informe (p. 31),  se está incumpliendo masivamente y de manera sistemática.

Es curioso que sea precisamente este tercer apartado, que es el que menos se cumple, el único que vea rebajados algunos de sus requisitos. Lo reconoce el propio Informe (p. 35): llama la atención que en todos estos años no se hayan corregido las carencias de tantas universidades a este respecto, ni se haya revocado su reconocimiento de no corregirse éstas. Quizá ello explique por qué el Proyecto reduce algunas de las exigencias. Y, en todo caso, pone en duda la eficacia futura de la propuesta actual.

4. Requisitos sobre los centros adscritos

Hablamos de centros docentes que se adscriben a las universidades, mediante un convenio aprobado por la comunidad autónoma, para impartir estudios conducentes a la obtención de títulos oficiales (p. 36). Hay en España 166 de esos centros, 148 en las universidades públicas (aunque 101 de ellos son de titularidad privada).

Como era de prever, estos centros presentan una grado aún mayor de incumplimiento de los requisitos y, además, en no pocos casos no hay datos para poder efectuar la evaluación.

A mí me viene a la cabeza, no sé si con razón o sin ella, la palabra "chiringuito". El Informe utiliza palabras más delicadas: todo ello pone en cuestión la viabilidad y calidad de una gran mayoría de estos centros (p. 42). 

Hasta aquí el Informe, que me parece demoledor. Pero no pasa nada, porque ya tenemos  una nueva ley. Sabemos que la inmensa mayoría de las universidades no la cumplen, pero les damos un plazo de 5 años para adaptarse (Disposición Transitoria Primera del Real Decreto). Podemos estar razonablemente seguros de que, transcurrido ese tiempo, las cosas no habrán variado sustancialmente. ¿Hemos previsto algún sistema de seguimiento efectivo del cumplimiento de los requisitos legalmente establecidos (como reclamaba el Informe)? Por supuesto que no. De hecho, sabemos que las fuentes actuales de información (SIIU y IUNE) no contienen todos los datos necesarios para ello. En otras palabras: una vez más, se legisla sabiendo de antemano que la ley no se va cumplir. Y ya está: no pasa nada.

Una última reflexión: nos hemos centrado en datos numéricos, aceptando la premisa de que son índices fiables de la calidad. Así lo hace todo el mundo. Es comprensible, es razonable. Sin embargo, yo no estoy ni mucho menos convencido de que sea lo mejor. Sería precisamente la universidad la encargada de examinar la cuestión y de proponer, en su caso, nuevos enfoques. ¿Va a realizar esta tarea? No, y a partir de ahora, además, menos que nunca, porque se va a dedicar únicamente a cumplir los dichosos requisitos. A cumplirlos o a torearlos, que no en vano estamos hablando de la universidad española...


viernes, 16 de julio de 2021

Ley de libertad sexual

He leído la Proposición de Ley de Protección Integral de la Libertad Sexual y para la erradicación de las violencias sexuales, que, una vez más, ha creado un gran revuelo en los periódicos (aunque, también una vez más, casi nadie se ha molestado en facilitar el texto a los lectores).

Como era de esperar, hay artículos que me parecen bien y otros (el 28, por ejemplo) que me parecen mal. No escribo estas líneas para discutir esas cosas, sino para llamar la atención sobre la gran carga ideológica de la ley, que se explicita especialmente en el apartado introductorio de Exposición de Motivos. Tal vez esté equivocado, pero a mí me parece que el texto de una ley debe ser lo más neutro posible, de modo que cualquiera pueda aceptarlo como suyo, independientemente de su grado de acuerdo. Sin embargo, en este caso parece que el legislador aprovecha para dar rango de ley a lo que no dejan de ser opiniones particulares (aunque uno pueda estar de acuerdo con ellas). Coloco algunos ejemplos:

  • Las violencias sexuales son una manifestación de las violencias machistas.
  • Los roles de género sustentan la discriminación de las mujeres y la penalización, mediante formas violentas, de cualquier expresión de la disidencia respecto a la normatividad heterosexual, sexual y de género.
  • Las violencias sexuales no son una cuestión individual, sino social; no se trata de una problemática coyuntural, sino estructural.
  • Además de la discriminación por razón de género, las mujeres se enfrentan a un sistema de discriminaciones solapadas que da lugar a formas de violencia multidimensionales y, en consecuencia, a vulneraciones múltiples de derechos humanos.

Lo repito: creo que este tipo de afirmaciones no deberían formar parte del texto de una ley. Y además, algunas de ellas me parecen solemnes majaderías.

Analicemos, por ejemplo, la segunda frase: parece ser que hay una normatividad sexual, otra heterosexual y otra más de género. Para empezar, ¿qué entendemos por normatividad? Que yo sepa, la palabrita en cuestión expresa la cualidad de lo normativo (por ejemplo, la normatividad de una gramática normativa), mientras que aquí parece utilizarse en el sentido de 'conjunto de normas'. No deja de ser asombroso que un legislador no conozca el recto uso de estas palabras. Pero sigamos: hay esos tres conjuntos de normas, que al menos yo ignoro por completo, y si alguien expresa su desacuerdo con ellas (aunque hablar de disidencia le aporta un matiz diferente, y aunque no entiendo cómo alguien puede no estar de acuerdo con algo que desconoce) va a resultar penalizado de forma violenta (es decir, agredido: ¿por quién?); y todo ello es posible por los roles de género (que tampoco sé lo que son, ni la relación que guardan con las tres normatividades). En fin, para mí, al menos, el veredicto es claro: esta frase es una memez que nunca debería poder leerse en una ley.

Quiero señalar otro problema que encuentro en esta Ley, a mi juicio también de raíz ideológica.

El Artículo 1 comienza muy bien, hablando del derecho a la libertad sexual de todas las personas, y dejando sentado que la ley no consentirá discriminación alguna por motivos de género, sexo, orientación sexual, identidad sexual o de género (¡cinco motivos, nada menos!). Acto seguido, señala que la Ley va a contener una serie de medidas específicas para las mujeres, pero aclara que esto no se considera discriminatorio, porque tienen la finalidad de remover los obstáculos que impiden que los hombres y las mujeres puedan disfrutar de su libertad en igualdad de condiciones. En definitiva, la famosa discriminación positiva, que siempre me ha parecido razonable pero de encaje legal delicado (los españoles son iguales ante la ley, que dice el artículo 14 de la Constitución). También me llama la atención que, al defender esta posible discriminación, ya no se andan con tantos remilgos como en el párrafo anterior, y hablan directamente de hombres y mujeres.

El caso es que, a lo largo del larguísimo articulado de la Ley (47 páginas), a mí al menos no me queda claro cuándo están hablando de personas y cuándo de mujeres. Más aún, me parece que, en general, sólo hablan de mujeres. Por ejemplo,  en el cuarto apartado de la Exposición de Motivos se anuncia que el Título III recoge los derechos de las mujeres víctimas de violencias sexuales. ¿Pero es que un hombre no puede ser víctima de la violencia sexual? En este caso, al parecer, no cabe hablar de víctimas y víctimos... 

viernes, 9 de julio de 2021

Jóvenes, juerga y pandemia

El derecho de uno obliga a todos. Que tú tengas derecho a la vida implica necesariamente que todos nosotros tenemos la obligación de procurar salvaguardártela. Y así con todos tus derechos. Pero si tienes un deseo o una aspiración que no obliga al resto, entonces esa aspiración no constituye un derecho. Y llegamos así al caso que nos ocupa: no existe el derecho a la juerga. Es lícito, puede ser razonable e incluso deseable que quieras divertirte; pero no es un derecho. Y a mí, particularmente, me trae sin cuidado que te diviertas o no. Más aún, si tu diversión me causa el más mínimo inconveniente, prefiero que no te diviertas.

En la situación actual, con la quinta ola de la pandemia asomando la patita, resulta que la manera en la que unos cuantos se divierten supone un peligro para la salud de todos (y no sólo para la salud, pues también afecta a la economía y al bienestar general). En otras palabras: la satisfacción de un deseo particular vulnera un derecho colectivo. 

Sin embargo, muchos –y no sólo los juerguistas, jóvenes y no tan jóvenes– presentan la situación exactamente al revés, como si una banda de liberticidas pretendiera privarles de sus derechos ciudadanos. Ver a un nutrido grupo de beodos, con sus litronas en la mano, coreando "libertad" es grotesco. Que partidos políticos se sumen a esta perversión del concepto de libertad, e incluso la fomenten, es muy alarmante.

Para colmo, muchas voces piden –o exigen, según gusta decir últimamente– que se vacune masivamente a los jóvenes, antes incluso que a personas de más edad, porque así resultarían menos peligrosos sus modos de diversión. Es decir, se pretende que, una vez más, paguemos entre todos los gastos que origina el mal comportamiento de unos pocos. En el fondo, la cosa no es muy diferente de tener que pagar con dinero público los destrozos del mobiliario urbano que causan los vándalos ciudadanos. 

Con todos los problemas y los errores que uno quiera encontrar, el hecho es que estamos gastando una gran cantidad de dinero en administrar vacunas a la población, para evitar que enferme y, eventualmente, muera. Lógicamente, la administramos según su riesgo sanitario. Y ahora aparece un grupo de descerebrados insolidarios diciendo: "sé que mi comportamiento es peligroso para todos, pero me da igual y voy a seguir haciéndolo, porque he decidido que sea mi derecho; y ahora, si quieres que no sea tan peligroso, págame una vacuna". A mí me parece algo cercano a la extorsión.



miércoles, 2 de junio de 2021

De periodistas, lenguaje, pensamiento y sociedad

Me resulta difícil leer un periódico o escuchar un noticiario sin irritarme. Muchas veces me parecen un ejemplo magnífico de necedad, un síntoma claro de la tontuna que nos ahoga.  Por si acaso, me apresuro a aclarar que no siempre, y que hablo en términos generales, y que existen magníficos profesionales, cultos, inteligentes y capaces; pero creo que son, cada vez más, la excepción. Los periodistas de los que hablo son víctimas de un estado general de incultura galopante, pero también sus impulsores más decididos. Averiguar si fue antes el huevo o la gallina excede mis capacidades.

Quiero dedicar unas líneas a ejemplificar algunos de los irritantes usos que, a mi modo de ver, sólo se explican si el nivel intelectual del periodista es tirando a lamentable. No citaré las fuentes, por motivos evidentes, pero no me invento nada.

1. Un primer tipo de casos son los errores léxicos, que denotan un pensamiento romo, incapaz de percibir matices. Algunos ejemplos :

  • Desde hace tiempo, ya nadie analiza la situación de algo, se plantea alternativas de actuación, o estudia las posibilidades futuras. Ahora sólo se calculan diferentes escenarios. Como si todo esos términos fueran equivalentes, y estudiar un escenario tuviera sentido fuera de la dramaturgia.
  • Últimamente nadie nadie critica algo o a alguien, sino que arremete contra algo o alguien. Y no es lo mismo, se mire como se mire.
  • Últimamente las acciones no son urgentes, necesarias, perentorias, imprescindibles, ineludibles... Ahora todo se hace sí o sí. Adiós al matiz.
  • Alguien pensó que tensar no era suficientemente largo, e inventó tensionar. (Desde entonces, estoy esperando a que alguien largue el primer tensionamentar.) Con la pandemia, los hospitales no estaban saturados, sino tensionados. Y a partir de aquí, se está produciendo una propagación vírica (nunca mejor dicho) del uso de la palabrita de marras.
  • Hay errores que producen casi hasta ternura. Ayer mismo, alguien explicaba en un periódico que el tramo más barato en el nuevo sistema de tarifas eléctricas corresponde a los findes de semana...

2. Otro tipo de usos irritantes consiste en noticiar lo obvio. Algunos ejemplos:

  • El otro día, un periódico daba la noticia de que una mujer, supongo que famosa, había dado a luz después de nueve meses de embarazo. ¡Insólito, pardiez!
  • Ayer mismo, otro periódico, tras presentar los tres tramos de facturación eléctrica que entran en vigor este mes, publicaba un artículo titulado "Cómo ahorrar en la factura eléctrica", en el que explicaba que, para pagar menos, había que evitar los tramos más caros y consumir en los más baratos. ¡Quién podría imaginar tamaña audacia ahorradora!
  • La prensa deportiva es especialista en lo obvio, tal vez porque tiene que rellenar unos espacios enormes que algún otro necio ha reservado de antemano. Así, un día sí y otro también nos enteramos de noticias tan impresionantes como que tal equipo de fútbol ha entrenado con normalidad, o que tal otro afronta su próximo partido con la intención de ganar...

3. Ya que ha salido el asunto, y aunque me aparto un tanto de mi intención inicial, no me resisto a comentar algunos usos del periodismo deportivo, ámbito feraz en el que florecen todas las tontadas lingüísticas habidas y por haber. Por citar sólo algunos casos:

  • La absurda eliminación de los determinantes, que hace que un futbolista corra por lado derecho, o chute con pierna izquierda.
  • Ahora los deportistas no se lesionan, por ejemplo, en una pierna (o en la pierna derecha), sino en una de sus piernas (o en su pierna derecha). ¿Acaso puede alguien lesionarse en la pierna del vecino?
  • Ahora los futbolistas no avanzan, sino que progresan; no se caen y se levantan, sino que pierden y recuperan la verticalidad; no entran en el campo, sino que ingresan en el terreno de juego.
  • El campo de fútbol es el terreno de juego, pero también el césped, el verde, y hasta el pasto. El saque de banda es también de lateral, de costado, de lado. La camiseta de los jugadores es también camisola, elástico (hasta ahí, pase) e incluso zamarra. ¿Para cuándo jubón?
  • No quiero dejar sin señalar los increíbles hábitos prosódicos de los comentaristas deportivos, que darían para varias tesis doctorales: su enloquecedora capacidad aulladora, sus grupos fónicos alterados, sus patrones entonativos chiripitifláuticos, sus desesperantes muletillas...
  • Mi ejemplo favorito es el del periodista que dijo que no sé qué futbolista había metido un gol de un formidable testarazo con pierna derecha...

4. Por supuesto, no todo lo que me irrita de un periodista tiene que ver con el lenguaje. Lo peor es la trampa, la tergiversación, la manipulación y la mentira. Pero esto (que, por cierto, también se realiza por medio del lenguaje) requeriría otro espacio específico. En el primer párrafo, hablaba de periodistas cultos, inteligentes y capaces. El caso es que no basta con eso para ser un buen periodista: también hace falta no estar sometido económica o ideológicamente, estar razonablemente libre de prejuicios, no ser una mala persona... ¿Quién dijo que ser periodista fuese una cosa fácil?

He descrito algunos usos lamentables del periodismo actual. Hay más, y no sólo los cometen los periodistas. Podría decirse que la mayoría de ellos son meramente lingüísticos, pero, tras el lenguaje, se sitúa el pensamiento. Y creo que muchos de los ejemplos anteriores no lo son sólo del mal decir, sino también del mal pensar.

Esta pobreza expresiva –y mental– de la prensa, ¿a qué obedece? Caben dos respuestas: en la primera, los periódicos rebajan sus exigencias (eliminan los correctores, etc.) por un afán miope de reducir gastos, al entender que a la sociedad no le importan demasiado esas lindezas; en la segunda, se trata de una operación consciente para rebajar el nivel del discurso público, porque así se consigue una sociedad más manipulable. En ambos casos, la culpa última no es de los periodistas, sino de quienes les pagan, y de la sociedad, que ni discierne ni discrimina; o sea: de nosotros. Es, por tanto, nuestra responsabilidad.



viernes, 28 de mayo de 2021

Palabras en cuarentena

Decía Borges que el lenguaje es un ordenamiento eficaz de la enigmática abundancia del mundo.  En efecto, gracias a las palabras somos capaces de entender y manejar la realidad. Pero, como siempre, no todas las palabras son iguales. Algunas tienen un significado claro y preciso, mientras que otras provocan una constelación de significados múltiples. (En realidad, no hay palabras con un único significado unívoco y constante, salvo –y tampoco del todo– en los usos metalingüísticos. Pero existen, como siempre, los grados.)

Hay muchas palabras que tienen un significado tan amplio, tan impreciso, tan dependiente de las circunstancias, y que son además tan manidas, se utilizan para tantos fines y con tantos sentidos, que al final pueden expresar casi cualquier cosa, de modo que, en rigor, apenas significan nada. Me gustaría dedicar las siguientes líneas a repasar algunas de ellas.

En el ámbito universitario, que me es más propio, se repiten como mantras términos como aprendizaje inclusivo, significativo, transversal o autónomo; también interdisciplinariedad, interculturalidad, calidad o competencias. Nadie sabe muy bien qué significa ninguno de esos términos, a pesar de (o precisamente debido a) que se han escrito ríos de tinta sobre ellos. Quien las utiliza, puede que lo haga en un sentido recto (de acuerdo a una determinada definición o concepción teórica) o puede que no; y no hay manera de saber cómo las va a entender el receptor. El fracaso de la comunicación, por tanto, está prácticamente asegurado. Pero todos seguimos adelante, fingiendo que nos entendemos. Y eso es grave, especialmente si pretendemos estar haciendo ciencia.

Otros términos, aunque también se usen en la universidad, tienen ámbitos de aplicación más amplios, como la innovación, el liderazgo, la igualdad, las sinergias o la cultura.

El ámbito fetén en el que este tipo de palabras alcanza su hábitat perfecto es, desde luego, el político. Libertad, democracia, derechos, progresista, fascista, liberal, facha, comunista... La mayor parte de las veces, en boca del político de turno (o del grupo de tifossi correspondiente), estas palabras no significan nada, bien porque han ampliado su significado hasta abarcar cualquier cosa que interese en el momento (todo se puede probar si las palabras que se usan no están claramente definidas, que decía André Maurois), o bien porque lo han deformado hasta el insulto. 

Tratar con algo de detalle cada uno de estos términos exigiría muchísimo tiempo (además de unos conocimientos que me temo que no poseo). Sólo voy a poner un pequeño ejemplo: una búsqueda de un minuto en Google encuentra cultura de la violencia, de la violación, de la vida, de la cancelación, de la diversidad, de la innovación, de la legalidad, de la organización, del trabajo, de la conversación, de la participación, de los cuidados, de la muerte, de la sal, de la performance, de la dieta, de la queja, de los invisibles y hasta de la basura. Como puede verse, cultura, en estas expresiones, significa cualquier cosa y no significa nada.

La conclusión de lo anterior es clara: es necesario someter a todas estas palabras a una severa cuarentena, hasta que puedan volver a servir para comunicar algo de verdad. En primer lugar, amable lector, evítalas en la medida de lo posible, no sólo en tu discurso (escrito u oral), sino, sobre todo, en tu mismo pensamiento. En segundo lugar, huye de quien las usa con frecuencia como de la mismísima peste. Porque lo es.


martes, 27 de abril de 2021

Otro fantasma (más) recorre Europa (una vez más)

El pasado 23-04-2021, se publicó en el BOE la Ley Orgánica 5/2021, de 22 de abril, de derogación del artículo 315 apartado 3 del Código Penal. En el preámbulo de dicha Ley, se realizaba un durísimo ataque explícito al PP. Copio algunas líneas:

Con la crisis como oportunidad, desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades y especialmente de aquellas que afectan a la manifestación pública del desacuerdo con las políticas económicas del Gobierno. La reforma laboral, que prácticamente excluyó la negociación colectiva de los trabajadores y que devaluó o directamente eliminó otros muchos de sus derechos, no pareció suficiente y por ello se reforzaron, con ataques directos, todas las medidas que exteriorizaron el conflicto, utilizando la legislación en vigor.

Es evidente que lo anterior no es la expresión recta de unos hechos, sino una interpretación de los mismos. El grado de acierto de dicha interpretación es irrelevante (a mí, por ejemplo, no me parece del todo desatinada); lo importante es que el gobierno ha utilizado el BOE para acusar a su principal rival de haber actuado de manera ilegítima y de haber llevado a cabo un "sistemático desmantelamiento de las libertades". La constancia pública que implica el BOE pretende convertir en un hecho cierto lo que sólo puede ser una crítica particular (sea o no acertada). Esto es inaceptable.

La democracia no consiste en tener razón, sino en cumplir las normas y acatar las decisiones comunes, aunque no estés de acuerdo con las normas o te parezcan equivocadas esas decisiones.  Si estás tan convencido de tener razón que te consideras por encima de las normas y de los consensos, te has rendido a un pensamiento dogmático y totalitario, puedes ya considerarte un aspirante a dictador, un mero tirano, al menos in pectore.

Lo del BOE es el último caso de un fenómeno alarmante: la proliferación del pensamiento totalitario. Los ejemplos son incontables y vienen desde cualquier ámbito social. La creciente crispación política que estamos viviendo no es sino uno de sus síntomas más evidentes.

El pensamiento totalitario puede tener que ver con las ideologías, ya que éstas (y puede que algunas más que otras) contienen en sí mismas el germen de la dicotomía entre adeptos y adversarios; permiten plantear la vida como una confrontación entre ideas, y de ahí es fácil pasar a una confrontación entre personas. Pero son sólo unos determinados individuos los que aprovechan esta gatera y se deslizan por la pendiente de la confrontación, y en el fondo lo hacen, creo yo, no por motivos ideológicos, sino psicológicos o éticos (es decir, por alguna falla psicológica o ética en su interior).

Hay personas (estoy pensando en algún que otro periodista famoso) a quienes les resulta difícil entender el mundo sin contar con enemigos. Para estas personas, las ideologías no son un andamiaje en el que encajar los hechos, los conocimientos y las opiniones, una guía para la vida y sus afanes, sino un proveedor de enemigos: alguien –más que algo– contra quien luchar, a quien combatir o, directamente, agredir.

En los últimos años, parece que estuviéramos viviendo un resurgir de las ideologías. Sin embargo, creo que es un espejismo: lo que se ha avivado es el confrontamiento personal (o peor aún, el confrontamiento grupal, de manada, que no de clase), que utiliza las ideologías como herramienta. Una herramienta que tampoco es necesario conocer en profundidad, o mantener engrasada y a punto, puesto que la pelea en la que se utiliza es burda, a garrotazos (como la premonitoria  escena de Goya). 

¿Por qué hemos entrado en esta deriva? ¿Quién consigue qué cosas gracias a esta continua confrontación? ¿Responde a un plan trazado por alguien, o es sólo el inevitable curso de los tiempos? ¿Hay alguien avivando el fuego o se alimenta solo? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer? Lo siento, pero no tengo respuestas. Sólo sé que la Historia nos advierte de que, si no corregimos el rumbo, el futuro que nos espera puede ser desolador.

Una sencilla pregunta para ti, lector, a modo de estrambote: cuando, unos párrafos más arriba, hablaba de "algún que otro periodista famoso", ¿en quién has pensado? ¿Te has acordado sólo de uno, sólo de un determinado medio de comunicación, de un sesgo ideológico concreto? ¡Cuidado! De ser así, conviene que te hagas un buen análisis, porque puedes estar infectado del virus del totalitarismo.


martes, 6 de abril de 2021

Fútbol, pandemia y estulticia

El pasado 3 de abril, día de la final de Copa del Athletic contra la Real, sucedieron en Bilbao varias cosas difíciles de entender, al menos para mí, sobre las que me gustaría reflexionar brevemente:

1. Al parecer, el número de los descerebrados es mayor de lo que comúnmente queremos admitir. Ese día, un montón de personas, bastantes de ellas formando desde el principio grupos de más de cuatro, se fue poco a poco dirigiendo hacia unas determinadas zonas de Bilbao. ¿A qué iban, sino a congregarse? ¿Acaso no sabían que semejante agrupación estaba expresamente prohibida por las autoridades? Por supuesto que sí: simplemente, les daba igual. ¿Acaso desconocían que su actuación acarrearía muy probablemente un agravamiento de la situación sanitaria? Por supuesto que sí: simplemente, les daba igual. Cuánta razón tiene el viejo dicho: si los tontos volaran se nublaría el sol.

2. Buena parte de esos botarates eran jóvenes, pero no todos. Además, estoy un poco harto de que ser joven se convierta en un paraguas que todo lo cubre. Por una parte, sabemos que un quinceañero puede muy fácilmente comportarse como un inconsciente atolondrado; pero eso no impide que pueda y deba ser reconvenido y controlado por sus mayores. Por otra parte, ¿desde cuándo un treintañero puede pasar camuflado como si fuera un niñato? Resulta que son ciudadanos con todos sus derechos, pero pretenden que se les rebaje parte de sus deberes "porque son jóvenes". ¿Pero qué timo es éste?

3. La actuación de las autoridades ha sido, una vez más, lamentable. Se pasaron los días previos exhortando al personal a no hacer nada fuera de lo común, pero fueron incapaces de prever lo que todo el mundo sabía: que sus deseos no se iban a cumplir. ¿Por qué no hubo nadie impidiendo los desplazamientos hacia el centro de Bilbao de los grupos numerosos? ¿Por qué no hubo nadie impidiendo que la gente comenzara a congregarse? ¿Por qué los bares de esas zonas no fueron seriamente advertidos o controlados? Nada de esto se hizo, de modo que, cuando una muchedumbre ya estaba congregada, por ejemplo en la calle Licenciado Poza, y cuando unos vándalos provocaron disturbios amparados en ella, la autoridad se vio incapaz de intervenir sin causar problemas mayores de los que debía solucionar, y no tuvo más remedio que abandonar la zona a su suerte, tras disparar, no se sabe muy bien para qué, media docena de pelotas de goma. Más tarde, y para más inri, nuestro lehendakari no sólo no hizo la menor autocrítica, sino que apoyó decididamente la actuación de la Ertzaintza, es decir, le pareció bien que la autoridad consintiera que se vulnerasen las normas. Asombroso...

4. A mi modo de ver, todos los bares que participaron en el jolgorio merecerían haber sido fulminantemente clausurados, por incumplimiento grave de las normas anti covid. Sin embargo, mucho me temo que no sólo no recibirán el menor castigo (o acaso una multita ridícula en comparación con sus ingresos de la jornada), sino que seguirán clamando por recibir mayores ayudas públicas, y seguirán presumiendo de su exquisito cumplimiento de las normas. Y todos los apoyarán, incluidos los pocos hosteleros que sí las cumplen. Así nos va.

5. Una última pregunta: ¿la actuación de las autoridades habría sido la misma si el motivo de las concentraciones hubiera sido otro diferente al fútbol y al Athletic?