miércoles, 2 de junio de 2021

De periodistas, lenguaje, pensamiento y sociedad

Me resulta difícil leer un periódico o escuchar un noticiario sin irritarme. Muchas veces me parecen un ejemplo magnífico de necedad, un síntoma claro de la tontuna que nos ahoga.  Por si acaso, me apresuro a aclarar que no siempre, y que hablo en términos generales, y que existen magníficos profesionales, cultos, inteligentes y capaces; pero creo que son, cada vez más, la excepción. Los periodistas de los que hablo son víctimas de un estado general de incultura galopante, pero también sus impulsores más decididos. Averiguar si fue antes el huevo o la gallina excede mis capacidades.

Quiero dedicar unas líneas a ejemplificar algunos de los irritantes usos que, a mi modo de ver, sólo se explican si el nivel intelectual del periodista es tirando a lamentable. No citaré las fuentes, por motivos evidentes, pero no me invento nada.

1. Un primer tipo de casos son los errores léxicos, que denotan un pensamiento romo, incapaz de percibir matices. Algunos ejemplos :

  • Desde hace tiempo, ya nadie analiza la situación de algo, se plantea alternativas de actuación, o estudia las posibilidades futuras. Ahora sólo se calculan diferentes escenarios. Como si todo esos términos fueran equivalentes, y estudiar un escenario tuviera sentido fuera de la dramaturgia.
  • Últimamente nadie nadie critica algo o a alguien, sino que arremete contra algo o alguien. Y no es lo mismo, se mire como se mire.
  • Últimamente las acciones no son urgentes, necesarias, perentorias, imprescindibles, ineludibles... Ahora todo se hace sí o sí. Adiós al matiz.
  • Alguien pensó que tensar no era suficientemente largo, e inventó tensionar. (Desde entonces, estoy esperando a que alguien largue el primer tensionamentar.) Con la pandemia, los hospitales no estaban saturados, sino tensionados. Y a partir de aquí, se está produciendo una propagación vírica (nunca mejor dicho) del uso de la palabrita de marras.
  • Hay errores que producen casi hasta ternura. Ayer mismo, alguien explicaba en un periódico que el tramo más barato en el nuevo sistema de tarifas eléctricas corresponde a los findes de semana...

2. Otro tipo de usos irritantes consiste en noticiar lo obvio. Algunos ejemplos:

  • El otro día, un periódico daba la noticia de que una mujer, supongo que famosa, había dado a luz después de nueve meses de embarazo. ¡Insólito, pardiez!
  • Ayer mismo, otro periódico, tras presentar los tres tramos de facturación eléctrica que entran en vigor este mes, publicaba un artículo titulado "Cómo ahorrar en la factura eléctrica", en el que explicaba que, para pagar menos, había que evitar los tramos más caros y consumir en los más baratos. ¡Quién podría imaginar tamaña audacia ahorradora!
  • La prensa deportiva es especialista en lo obvio, tal vez porque tiene que rellenar unos espacios enormes que algún otro necio ha reservado de antemano. Así, un día sí y otro también nos enteramos de noticias tan impresionantes como que tal equipo de fútbol ha entrenado con normalidad, o que tal otro afronta su próximo partido con la intención de ganar...

3. Ya que ha salido el asunto, y aunque me aparto un tanto de mi intención inicial, no me resisto a comentar algunos usos del periodismo deportivo, ámbito feraz en el que florecen todas las tontadas lingüísticas habidas y por haber. Por citar sólo algunos casos:

  • La absurda eliminación de los determinantes, que hace que un futbolista corra por lado derecho, o chute con pierna izquierda.
  • Ahora los deportistas no se lesionan, por ejemplo, en una pierna (o en la pierna derecha), sino en una de sus piernas (o en su pierna derecha). ¿Acaso puede alguien lesionarse en la pierna del vecino?
  • Ahora los futbolistas no avanzan, sino que progresan; no se caen y se levantan, sino que pierden y recuperan la verticalidad; no entran en el campo, sino que ingresan en el terreno de juego.
  • El campo de fútbol es el terreno de juego, pero también el césped, el verde, y hasta el pasto. El saque de banda es también de lateral, de costado, de lado. La camiseta de los jugadores es también camisola, elástico (hasta ahí, pase) e incluso zamarra. ¿Para cuándo jubón?
  • No quiero dejar sin señalar los increíbles hábitos prosódicos de los comentaristas deportivos, que darían para varias tesis doctorales: su enloquecedora capacidad aulladora, sus grupos fónicos alterados, sus patrones entonativos chiripitifláuticos, sus desesperantes muletillas...
  • Mi ejemplo favorito es el del periodista que dijo que no sé qué futbolista había metido un gol de un formidable testarazo con pierna derecha...

4. Por supuesto, no todo lo que me irrita de un periodista tiene que ver con el lenguaje. Lo peor es la trampa, la tergiversación, la manipulación y la mentira. Pero esto (que, por cierto, también se realiza por medio del lenguaje) requeriría otro espacio específico. En el primer párrafo, hablaba de periodistas cultos, inteligentes y capaces. El caso es que no basta con eso para ser un buen periodista: también hace falta no estar sometido económica o ideológicamente, estar razonablemente libre de prejuicios, no ser una mala persona... ¿Quién dijo que ser periodista fuese una cosa fácil?

He descrito algunos usos lamentables del periodismo actual. Hay más, y no sólo los cometen los periodistas. Podría decirse que la mayoría de ellos son meramente lingüísticos, pero, tras el lenguaje, se sitúa el pensamiento. Y creo que muchos de los ejemplos anteriores no lo son sólo del mal decir, sino también del mal pensar.

Esta pobreza expresiva –y mental– de la prensa, ¿a qué obedece? Caben dos respuestas: en la primera, los periódicos rebajan sus exigencias (eliminan los correctores, etc.) por un afán miope de reducir gastos, al entender que a la sociedad no le importan demasiado esas lindezas; en la segunda, se trata de una operación consciente para rebajar el nivel del discurso público, porque así se consigue una sociedad más manipulable. En ambos casos, la culpa última no es de los periodistas, sino de quienes les pagan, y de la sociedad, que ni discierne ni discrimina; o sea: de nosotros. Es, por tanto, nuestra responsabilidad.



viernes, 28 de mayo de 2021

Palabras en cuarentena

Decía Borges que el lenguaje es un ordenamiento eficaz de la enigmática abundancia del mundo.  En efecto, gracias a las palabras somos capaces de entender y manejar la realidad. Pero, como siempre, no todas las palabras son iguales. Algunas tienen un significado claro y preciso, mientras que otras provocan una constelación de significados múltiples. (En realidad, no hay palabras con un único significado unívoco y constante, salvo –y tampoco del todo– en los usos metalingüísticos. Pero existen, como siempre, los grados.)

Hay muchas palabras que tienen un significado tan amplio, tan impreciso, tan dependiente de las circunstancias, y que son además tan manidas, se utilizan para tantos fines y con tantos sentidos, que al final pueden expresar casi cualquier cosa, de modo que, en rigor, apenas significan nada. Me gustaría dedicar las siguientes líneas a repasar algunas de ellas.

En el ámbito universitario, que me es más propio, se repiten como mantras términos como aprendizaje inclusivo, significativo, transversal o autónomo; también interdisciplinariedad, interculturalidad, calidad o competencias. Nadie sabe muy bien qué significa ninguno de esos términos, a pesar de (o precisamente debido a) que se han escrito ríos de tinta sobre ellos. Quien las utiliza, puede que lo haga en un sentido recto (de acuerdo a una determinada definición o concepción teórica) o puede que no; y no hay manera de saber cómo las va a entender el receptor. El fracaso de la comunicación, por tanto, está prácticamente asegurado. Pero todos seguimos adelante, fingiendo que nos entendemos. Y eso es grave, especialmente si pretendemos estar haciendo ciencia.

Otros términos, aunque también se usen en la universidad, tienen ámbitos de aplicación más amplios, como la innovación, el liderazgo, la igualdad, las sinergias o la cultura.

El ámbito fetén en el que este tipo de palabras alcanza su hábitat perfecto es, desde luego, el político. Libertad, democracia, derechos, progresista, fascista, liberal, facha, comunista... La mayor parte de las veces, en boca del político de turno (o del grupo de tifossi correspondiente), estas palabras no significan nada, bien porque han ampliado su significado hasta abarcar cualquier cosa que interese en el momento (todo se puede probar si las palabras que se usan no están claramente definidas, que decía André Maurois), o bien porque lo han deformado hasta el insulto. 

Tratar con algo de detalle cada uno de estos términos exigiría muchísimo tiempo (además de unos conocimientos que me temo que no poseo). Sólo voy a poner un pequeño ejemplo: una búsqueda de un minuto en Google encuentra cultura de la violencia, de la violación, de la vida, de la cancelación, de la diversidad, de la innovación, de la legalidad, de la organización, del trabajo, de la conversación, de la participación, de los cuidados, de la muerte, de la sal, de la performance, de la dieta, de la queja, de los invisibles y hasta de la basura. Como puede verse, cultura, en estas expresiones, significa cualquier cosa y no significa nada.

La conclusión de lo anterior es clara: es necesario someter a todas estas palabras a una severa cuarentena, hasta que puedan volver a servir para comunicar algo de verdad. En primer lugar, amable lector, evítalas en la medida de lo posible, no sólo en tu discurso (escrito u oral), sino, sobre todo, en tu mismo pensamiento. En segundo lugar, huye de quien las usa con frecuencia como de la mismísima peste. Porque lo es.


martes, 27 de abril de 2021

Otro fantasma (más) recorre Europa (una vez más)

El pasado 23-04-2021, se publicó en el BOE la Ley Orgánica 5/2021, de 22 de abril, de derogación del artículo 315 apartado 3 del Código Penal. En el preámbulo de dicha Ley, se realizaba un durísimo ataque explícito al PP. Copio algunas líneas:

Con la crisis como oportunidad, desde la llegada al Gobierno del Partido Popular en diciembre de 2011, se inició un proceso constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades y especialmente de aquellas que afectan a la manifestación pública del desacuerdo con las políticas económicas del Gobierno. La reforma laboral, que prácticamente excluyó la negociación colectiva de los trabajadores y que devaluó o directamente eliminó otros muchos de sus derechos, no pareció suficiente y por ello se reforzaron, con ataques directos, todas las medidas que exteriorizaron el conflicto, utilizando la legislación en vigor.

Es evidente que lo anterior no es la expresión recta de unos hechos, sino una interpretación de los mismos. El grado de acierto de dicha interpretación es irrelevante (a mí, por ejemplo, no me parece del todo desatinada); lo importante es que el gobierno ha utilizado el BOE para acusar a su principal rival de haber actuado de manera ilegítima y de haber llevado a cabo un "sistemático desmantelamiento de las libertades". La constancia pública que implica el BOE pretende convertir en un hecho cierto lo que sólo puede ser una crítica particular (sea o no acertada). Esto es inaceptable.

La democracia no consiste en tener razón, sino en cumplir las normas y acatar las decisiones comunes, aunque no estés de acuerdo con las normas o te parezcan equivocadas esas decisiones.  Si estás tan convencido de tener razón que te consideras por encima de las normas y de los consensos, te has rendido a un pensamiento dogmático y totalitario, puedes ya considerarte un aspirante a dictador, un mero tirano, al menos in pectore.

Lo del BOE es el último caso de un fenómeno alarmante: la proliferación del pensamiento totalitario. Los ejemplos son incontables y vienen desde cualquier ámbito social. La creciente crispación política que estamos viviendo no es sino uno de sus síntomas más evidentes.

El pensamiento totalitario puede tener que ver con las ideologías, ya que éstas (y puede que algunas más que otras) contienen en sí mismas el germen de la dicotomía entre adeptos y adversarios; permiten plantear la vida como una confrontación entre ideas, y de ahí es fácil pasar a una confrontación entre personas. Pero son sólo unos determinados individuos los que aprovechan esta gatera y se deslizan por la pendiente de la confrontación, y en el fondo lo hacen, creo yo, no por motivos ideológicos, sino psicológicos o éticos (es decir, por alguna falla psicológica o ética en su interior).

Hay personas (estoy pensando en algún que otro periodista famoso) a quienes les resulta difícil entender el mundo sin contar con enemigos. Para estas personas, las ideologías no son un andamiaje en el que encajar los hechos, los conocimientos y las opiniones, una guía para la vida y sus afanes, sino un proveedor de enemigos: alguien –más que algo– contra quien luchar, a quien combatir o, directamente, agredir.

En los últimos años, parece que estuviéramos viviendo un resurgir de las ideologías. Sin embargo, creo que es un espejismo: lo que se ha avivado es el confrontamiento personal (o peor aún, el confrontamiento grupal, de manada, que no de clase), que utiliza las ideologías como herramienta. Una herramienta que tampoco es necesario conocer en profundidad, o mantener engrasada y a punto, puesto que la pelea en la que se utiliza es burda, a garrotazos (como la premonitoria  escena de Goya). 

¿Por qué hemos entrado en esta deriva? ¿Quién consigue qué cosas gracias a esta continua confrontación? ¿Responde a un plan trazado por alguien, o es sólo el inevitable curso de los tiempos? ¿Hay alguien avivando el fuego o se alimenta solo? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer? Lo siento, pero no tengo respuestas. Sólo sé que la Historia nos advierte de que, si no corregimos el rumbo, el futuro que nos espera puede ser desolador.

Una sencilla pregunta para ti, lector, a modo de estrambote: cuando, unos párrafos más arriba, hablaba de "algún que otro periodista famoso", ¿en quién has pensado? ¿Te has acordado sólo de uno, sólo de un determinado medio de comunicación, de un sesgo ideológico concreto? ¡Cuidado! De ser así, conviene que te hagas un buen análisis, porque puedes estar infectado del virus del totalitarismo.


martes, 6 de abril de 2021

Fútbol, pandemia y estulticia

El pasado 3 de abril, día de la final de Copa del Athletic contra la Real, sucedieron en Bilbao varias cosas difíciles de entender, al menos para mí, sobre las que me gustaría reflexionar brevemente:

1. Al parecer, el número de los descerebrados es mayor de lo que comúnmente queremos admitir. Ese día, un montón de personas, bastantes de ellas formando desde el principio grupos de más de cuatro, se fue poco a poco dirigiendo hacia unas determinadas zonas de Bilbao. ¿A qué iban, sino a congregarse? ¿Acaso no sabían que semejante agrupación estaba expresamente prohibida por las autoridades? Por supuesto que sí: simplemente, les daba igual. ¿Acaso desconocían que su actuación acarrearía muy probablemente un agravamiento de la situación sanitaria? Por supuesto que sí: simplemente, les daba igual. Cuánta razón tiene el viejo dicho: si los tontos volaran se nublaría el sol.

2. Buena parte de esos botarates eran jóvenes, pero no todos. Además, estoy un poco harto de que ser joven se convierta en un paraguas que todo lo cubre. Por una parte, sabemos que un quinceañero puede muy fácilmente comportarse como un inconsciente atolondrado; pero eso no impide que pueda y deba ser reconvenido y controlado por sus mayores. Por otra parte, ¿desde cuándo un treintañero puede pasar camuflado como si fuera un niñato? Resulta que son ciudadanos con todos sus derechos, pero pretenden que se les rebaje parte de sus deberes "porque son jóvenes". ¿Pero qué timo es éste?

3. La actuación de las autoridades ha sido, una vez más, lamentable. Se pasaron los días previos exhortando al personal a no hacer nada fuera de lo común, pero fueron incapaces de prever lo que todo el mundo sabía: que sus deseos no se iban a cumplir. ¿Por qué no hubo nadie impidiendo los desplazamientos hacia el centro de Bilbao de los grupos numerosos? ¿Por qué no hubo nadie impidiendo que la gente comenzara a congregarse? ¿Por qué los bares de esas zonas no fueron seriamente advertidos o controlados? Nada de esto se hizo, de modo que, cuando una muchedumbre ya estaba congregada, por ejemplo en la calle Licenciado Poza, y cuando unos vándalos provocaron disturbios amparados en ella, la autoridad se vio incapaz de intervenir sin causar problemas mayores de los que debía solucionar, y no tuvo más remedio que abandonar la zona a su suerte, tras disparar, no se sabe muy bien para qué, media docena de pelotas de goma. Más tarde, y para más inri, nuestro lehendakari no sólo no hizo la menor autocrítica, sino que apoyó decididamente la actuación de la Ertzaintza, es decir, le pareció bien que la autoridad consintiera que se vulnerasen las normas. Asombroso...

4. A mi modo de ver, todos los bares que participaron en el jolgorio merecerían haber sido fulminantemente clausurados, por incumplimiento grave de las normas anti covid. Sin embargo, mucho me temo que no sólo no recibirán el menor castigo (o acaso una multita ridícula en comparación con sus ingresos de la jornada), sino que seguirán clamando por recibir mayores ayudas públicas, y seguirán presumiendo de su exquisito cumplimiento de las normas. Y todos los apoyarán, incluidos los pocos hosteleros que sí las cumplen. Así nos va.

5. Una última pregunta: ¿la actuación de las autoridades habría sido la misma si el motivo de las concentraciones hubiera sido otro diferente al fútbol y al Athletic?


 

jueves, 18 de marzo de 2021

¿Así funcionan las cosas?

Tal vez sea porque me esté haciendo mayor, pero me parece advertir, tanto en las empresas como en las administraciones, una manera de hacer las cosas cada vez más protocolizada, atomizada, rígida y dependiente del software (diseñado casi siempre por un informático que desconoce el quehacer diario al que debe servir). 

Las primeras víctimas de esta tendencia son los propios operarios, que deben realizar un trabajo cada vez más rutinario y menos significativo (cuando no insensato), sobre el que tienen además cada vez menos control. ¿Con eso se consigue un mayor rendimiento general en la organización? No, con eso se consigue justificar la existencia de un floreciente enjambre de jefes y jefecillos perfectamente prescindibles.

Con todo, el gran pagano de estos modernísimos procesos organizativos es el cliente. Con la excusa de un servicio más cercano y personalizado, nos están colando un sistema en el que podemos ajustar varios detalles (eso sí, debemos hacerlo nosotros mismos), pero en el que hemos perdido la menor posibilidad de tratar sobre las cuestiones de verdad importantes.

Voy a poner dos ejemplos personales.

El otro día recibí una carta de una empresa, de cuyo nombre no quiero acordarme, para comunicar un cambio en el modo de aplicar la tarifa que me cobran. (Por supuesto, la finalidad declarada del cambio era mejorar el servicio, no su balance.) Si yo no estaba de acuerdo, podía comunicarlo en un determinado plazo y continuar así con el sistema de tarifación anterior. Para ello, disponía de una página web y de un teléfono. 

La página web es muy grande, compleja, colorida... y no ofrece la menor posibilidad de realizar esa gestión. Me quedaba el teléfono. Para conseguir que me atendieran, tuve que realizar un sinfín de llamadas, en cada una de las cuales me tiraba más de cuatro minutos escuchando una voz grabada repitiendo los mismos mensajes, hasta que, desesperado, colgaba. Por fin, lo conseguí al tercer día. La persona que me atendió sabía efectuar el cambio en cuestión (o sea, el no cambio), pero fue incapaz de responder a ninguna de las preguntas que le hice sobre el caso.

Esas preguntas eran pertinentes, porque la empresa, en su carta, no explicaba ni cómo había calculado la tarifa hasta este momento, ni cómo la iba a calcular después; ni tampoco si era posible modificar el sistema en el futuro; también se arrogaba la facultad de modificar la tarifación si se cumplían determinadas condiciones arcanas expuestas en el artículo 8 de mi contrato... contrato que no puedo ver y que, de hecho, jamás he firmado. Pues bien, todas estas cuestiones le sonaban a chino al operario, que sólo sabía lo suficiente para modificar una casilla en su ordenador, y tampoco tenía permiso para nada más. 

Segundo ejemplo: el tren que utilizo a diario. La compañía, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, ofrece un servicio lamentable. A la menor queja, el operario de turno, que nunca sabe nada, esgrime las hojas de reclamación. Yo he rellenado varias de ellas. Al de un tiempo, recibo una carta de la compañía en la que, muy educadamente, me comunican que se han pasado mi reclamación por el arco de triunfo. Y ahí acaba todo, porque esa carta no se puede contestar.

Son sólo dos ejemplos, pero podría poner más. En los dos casos, la indefensión del cliente es evidente. Siempre queda la posibilidad de iniciar una denuncia legal, pero para ello hay que ser una especie de superhombre, mezcla de Perry Mason y Don Erre que Erre, que queda muy por encima de las posibilidades de la mayoría de nosotros, simples ciudadanos de a pie.

Lo increíble es que no sólo son los clientes de este tipo de empresas los que viven cada vez más indignados, sino también los propios trabajadores. Y a veces, para más inri, ni tan siquiera los resultados económicos son buenos. ¿Entonces? ¿Dónde está el problema? Yo sólo veo una respuesta: en los nuevos sistemas. Y, sobre todo, en las personas que los implantan.

No sé si soy demasiado pesimista, pero me da la sensación de que, con estas historietas, estoy describiendo al país entero.

viernes, 12 de marzo de 2021

El feminismo de la RUIGEU

El 8 de marzo de este año 2021, la Red de Unidades de igualdad de Género de las Universidades Españolas para la Excelencia Universitaria (RUIGEU) ha emitido un nuevo Manifiesto. En su día comenté con cierto detalle el que publicaron el 25 de noviembre de 2018, con motivo del Día Internacional por la Eliminación de las Violencias contra las Mujeres. Éste de hoy, aunque más comedido que aquél, contiene algunas cosillas que me gustaría comentar. Cito el Manifiesto en negrita cursiva, y comento seguidamente.

1. Volvemos a reivindicar la necesidad de avanzar en una igualdad efectiva entre mujeres y hombres que nos permita alcanzar una sociedad verdaderamente justa y democrática.

El error aquí consiste en la equiparación entre justicia y democracia. No es, desde luego, algo exclusivo del Manifiesto, sino que se encuentra con bastante frecuencia en muchos otros discursos. La justicia y la democracia algo tienen que ver, obviamente, pero no son en absoluto equivalentes o equiparables. Puede haber justicia sin democracia, y democracia sin justicia. Ambas palabras son de esas que –como decía Cortázar, si no recuerdo mal– deben lavarse concienzudamente antes de usarlas. Y a mí, la ligereza con la que se usan en el Manifiesto –y en tantos otros sitios– me alarma automáticamente.

2. La violencia ejercida contra las mujeres, la feminización de la pobreza, las dificultades de acceso al espacio público en general, así como la conciliación, son problemas persistentes que año tras año el movimiento feminista pone en el centro del debate público como prioritarios.

Estoy de acuerdo con esta frase... hasta llegar a la última palabra. Estos problemas existen, resisten y persisten, y deben por tanto debatirse públicamente. Ahora bien, ¿son prioritarios? ¿Lo son para todos? Casi nadie discute hoy que la causa feminista sea una causa justa. El problema es que hay en el mundo muchas otras causas justas. Yo observo en el feminismo un creciente interés por erigirse en la causa central, en la primera de las causas justas, en el gran imperativo moral que debe ocuparnos a todos constantemente. Este intento es, por supuesto, comprensible, pero creo que no es correcto. Más aún, me parece una peligrosa gatera para la intrusión de un pensamiento totalitario.

3. La crisis [de la pandemia], como es lo habitual, está afectando especialmente a las mujeres.

Yo creo que esto es verdad, pero no me parece de recibo que una red de unidades universitarias para la excelencia universitaria (sea eso lo que sea) suelte afirmaciones tan gruesas sin aportar la menor prueba o argumentación. Este proceder me parece ajeno al método académico y científico. ¿Dónde queda la dichosa excelencia universitaria?

4. El Manifiesto señala algunos de los trabajos o logros de la RUIGEU en el año 2020:

  • La elaboración de una guía de Teletrabajo y Conciliación Corresponsable en tiempos de covid-19, que pretende mejorar los problemas de conciliación detectados que ahondan, aún más, las distintas brechas de género que existen en la comunidad universitaria.
    De nuevo me inquieta que una entidad universitaria para la excelencia afirme las cosas gratuitamente, incluso cuando es muy posible que sean verdaderas. ¿Cuántas son esas brechas? ¿Dónde están los datos que prueban su existencia, las describen, etc.? No estoy diciendo que tengan que colocar toda esa información en este Manifiesto, pero sí que deberían incluir las referencias correspondientes. Así se trabaja en una universidad... incluso aunque no sea excelente.
  • Este punto es un divertido ejemplo de lo mal redactado que está el texto. Se trata de la aportación de nuestras Unidades de Igualdad a la creciente preocupación de la ANECA por la brecha de género. Según esto, la Aneca está cada vez más preocupada, y la RUIGEU contribuye a aumentar su preocupación. Gran aportación, pardiez...
  • La RUIGEU se ha incorporado a la Mesa de Género y Universidad impulsada por el Ministerio de Universidades. Es decir, la burocracia en torno a estos asuntos sigue creciendo. ¿Seguro que es esto una buena noticia?

La RUIGEU entiende que estos logros no cambian nada, pero sí constatan una tendencia a abordar las clásicas problemáticas de las mujeres en las universidades y, sobre todo, demuestra que la actuación conjunta de esta Red para avanzar en la igualdad obtiene, efectivamente, resultados. Es decir, que existen unas problemáticas clásicas, pero hay una tendencia a abordarlas. La frase es, una vez más, un globito de colores. De todas maneras, lo mejor es lo de los resultados demostrados. ¿Cuáles, la elaboración de una guía, la participación en una mesa, el incremento de la preocupación en la Aneca? ¡Tremendos resultados!

5. Reivindicamos la importancia del trabajo desarrollado por las Unidades de Igualdad para avanzar en la eliminación de las desigualdades y exigimos que la perspectiva de género impregne todas las políticas universitarias.

Es lógico que quieran reivindicar su trabajo (falta les hace, me temo). Lo que me parece un grave error es la exigencia de que todas las políticas universitarias deban estar impregnadas de la perspectiva de género. Nos topamos otra vez como ese interés en erigirse en centro del universo, que olvida una verdad obvia: algunas políticas universitarias tendrán que tener presente la perspectiva de género, pero otras muchas, no. (Por cierto: ¿qué es exactamente una política universitaria? ¿Y la perspectiva de género?) La RUIGEU, sin embargo, insiste en que tal perspectiva (que, insisto, nadie sabe muy bien en qué consiste) debe aplicarse en todos los ámbitos de la universidad, que enumera además de la siguiente manera: la administración, la gestión, la docencia, la investigación y la innovación. Me salgo del tema, pero no puedo resistirme a comentar la inclusión de la innovación como un pilar fundamental del quehacer universitario, junto con la docencia o la investigación. He aquí otro magnífico ejemplo de la utilización de clichés de pensamiento, de los que huyo como de la peste.

6. No es posible la excelencia y la calidad sin la igualdad.

¿Pero cómo que no? Por supuesto que, en condiciones de desigualdad (y no sólo por razón de sexo, que es lo único que importa a los autores del Manifiesto), una universidad puede ofrecer frutos de calidad. Sin embargo, esa universidad no sería un lugar justo. Y, por supuesto, sería deseable que lo fuese. Además, cualquier lugar en el que reine la justicia está en mejores condiciones de rendir más y mejor. Pero no es una condición sine qua non. 

En definitiva, procurar la justicia y la igualdad es un imperativo (no sólo moral) que debe regir en la universidad (y en cualquier sitio). Pero sin frases vacuas, eslóganes falsos y trampas del pensamiento. Y sin olvidar que ese ideal debe ser mucho más amplio que el feminista. 

viernes, 12 de febrero de 2021

Tabernas y división de poderes

El fallo del TSJPV del pasado 9 de febrero sobre el cierre de los bares me ha dejado confuso y desconcertado.

Antes de explicarme, quiero dejar una vez más anotado un dato lamentable: he leído la noticia en 17 sitios de internet (Naiz, El Diario Vasco, El Correo, Noticias de Navarra, Noticias de Gipuzkoa, Deia, El Periódico, Eitb, El diario, La Vanguardia, Heraldo, Sur, ABC, La Información, COPE, El País, La Razón), pero sólo dos de ellos ofrecen el texto de la resolución. Sobran los comentarios.

¿Bares cerrados o abiertos? Aunque es irrelevante para lo que quiero tratar en estas líneas, no me resisto a intentar centrar la cuestión, de acuerdo a mis pobres entendederas. Aquí se trata de decidir entre dos males, porque las dos alternativas en liza conllevan un perjuicio cierto. En un caso (bares cerrados), el perjuicio es económico y lo sufre un número considerable pero finito de personas; en el otro (bares abiertos), el daño es sanitario y afecta a todos los ciudadanos. La dificultad radica en precisar el grado de ambos males. El perjuicio económico es variable según los casos, bastante fácilmente mensurable y potencialmente grave o muy grave. El perjuicio sanitario es muy difícil de medir y sólo será grave en pocos casos; pero, eso sí, en no pocos de esos casos resultará letal. Estos son los datos que hay que colocar en la balanza. ¿Quién es capaz de decidir con seguridad hacia dónde debe inclinarse?

En cuanto al fallo del tribunal, lo que me desconcierta no es la decisión en sí, sino el hecho de que le corresponda a un juez decidir si es correcto, justo o sensato abrir los bares o mantenerlos cerrados.

El auto apenas trata sobre lo legal o ilegal de la medida del Gobierno Vasco, sino sobre lo razonable de la petición de suspenderla que habían presentado los hosteleros. Es verdad que se presentan valoraciones legales, pero el fallo se fundamenta sobre todo en estimaciones generales sobre la pandemia y la incidencia de la hostelería en su expansión, es decir, supuestos subjetivos y alegales. Un juez sabe sobre el riesgo de contagio de los bares lo mismo que yo: nada. Ser juez no le capacita en modo alguno para emitir juicios semejantes, o, mejo dicho, para pretender que sus juicios prevalezcan sobre los de cualquier otro ciudadano.

Es verdad que el auto muestra una argumentación cuidada, que merece ser atendida. Sin embargo, lo lamentable es que este tipo de argumentaciones lo esperemos encontrar en un auto judicial, y no un artículo de opinión, en un discurso de un político, etc. Nuestro bajo nivel intelectual hace destacar  como eminente lo que no debería ser sino normal en cualquier ámbito que pretenda manejar un discurso ordenado y razonado. De todos modos, la seriedad del auto es, en varias ocasiones, sólo aparente. Por ejemplo, afirmar que los encuentros familiares y de amigos en espacios cerrados según una parte importante de los epidemiólogos puede producir en torno al 80% de los contagios no me parece de recibo.

Este auto es el enésimo ejemplo de un fenómeno general que me tiene muy confuso: la judicialización de la cosa pública. Estamos viendo como algo normal que acabe siendo un juez quien tenga la última palabra en la riñas políticas y quien, en definitiva, dicte lo que debe hacerse en un abanico cada vez más amplio de asuntos. Este abuso, a mi modo de ver, está generando un desequilibrio entre los poderes del Estado, puesto que el judicial, al intervenir en las decisiones de los otros, se arroga una capacidad de tutela sobre ellos. De este modo, los poderes no sólo no están separados, sino que uno se coloca de facto en una posición prominente.

Esta bola de nieve la echaron hace unos años a rodar los políticos, como siempre por motivos torticeros, pues pretendían sacar tajada de las decisiones de unos tribunales previamente infiltrados por sus acólitos respectivos. Este proceso, además, se ha visto favorecido por el triste hecho de que los abusos judiciales siempre les salgan gratis a sus perpetradores. ¿Pasa algo porque un juez admita a trámite una querella sin pies ni cabeza que más tarde se acaba desestimando, como bien sabía el propio juez? ¿Pasa algo porque un juez emita una sentencia más propia de la barra de una tasca que de un tribunal? ¿Pasa algo porque un partido político utilice descaradamente los juzgados como medio de promoción política?

En este punto conviene hacer una digresión. Yo no sé si esas actuaciones de los jueces deben entenderse siempre y necesariamente como prevaricación. Pero me parece bastante claro que los motivos por los que un juez es capaz de tragar con una mamarrachada, o fallar un sinsentido, pueden ser tres: interés personal, sumisión ideológica o estulticia. Cualquiera de esos tres supuestos lo desacredita como juez.

Vuelvo a formular el motivo de mi desconcierto: creo que, en los últimos años, el poder judicial está extralimitándose en su cometido, injiriéndose más de lo debido en las actuaciones de los otros dos poderes; y creo que este fenómeno pone en peligro la división de poderes y su equilibrio. Pero, por otra parte, es evidente que el poder judicial debe velar por la legalidad de las actuaciones de todos, incluidos los poderes legislativo y ejecutivo. ¿Cómo se soluciona esto? En el caso que no ocupa, ¿cómo se decide si este auto se extralimita o no en su cometido?

Una imagen final: si tres personas mantienen tensas tres cuerdas entrecruzadas, sobre ellas, en equilibrio, puede sostenerse un plato; si alguno de los tres estira demasiado de un extremo de su cuerda, el equilibrio se rompe y el plato se cae.