Nuestra tradición cultural nos ha hecho ver al ser humano como el final de la creación: nos miramos al espejo y vemos una obra acabada. Me temo que la realidad es otra. Somos un balbuceo de la evolución, un borrador apresurado y chapucero, con algunas soluciones ingeniosas, desde luego, pero con muchos problemas de diseño y funcionamiento por resolver. Hay una serie de cuestiones básicas (el cuidado de las crías, las relaciones entre los individuos y los grupos, la organización de la sociedad, el bienestar, el trabajo, el poder, etc.) que estamos tan lejos de solucionar hoy como ayer. Nuestros 300.000 años como especie (a los que podríamos sumar otros muchos miles de evolución homínida anterior) no nos han servido aún para dar respuesta a ninguno de estos desafíos.
No sé qué conclusión podríamos sacar de lo anterior, salvo ésta: paciencia. Va a ser imposible que nadie solucione nada; ninguno de los problemas de verdad importantes del ser humano se va resolver en nuestra vida, ni en la de nuestros más próximos descencientes. Con algo de suerte, podríamos notar alguna mejora de calado dentro de unos cuantos miles de años. Y esa mejora no será social, ni cultural (que también), sino evolutiva. Si es que aún continuamos existiendo como especie, claro está (de ahí lo de la suerte).
De lo anterior cabe extraer una segunda conclusión: desconfiad de los cambios exteriores y más o menos rápidos. No debemos cambiar el mundo, sino a nosotros mismos. No tenemos que hacer un mundo mejor, tenemos que hacernos mejores a nosotros mismos. Pero, por supuesto, sólo mejoramos hacia afuera, es decir, haciendo mejor todo lo que nos rodea.
¿Cómo debe organizarse el mundo, cómo deben unos padres organizar su vida, cómo debemos educar a nuestros niños, cómo nos repartimos los recursos, etc.? Debemos tener claro que no existe una respuesta satisfactoria a ninguna de estas preguntas. Si alguien afirma que tiene las respuestas, hay que huir de él porque es un tipo peligroso, por bobo o –más probablemente– por sinvergüenza.
He aquí por qué desconfío tanto de las ideologías, que tan correctas parecen en un papel y que tan dolorosamente acaban casi siempre. Da auténtico pavor la despreocupación con la que volvemos hoy día a corretear por aquellos mismos peligrosísimos acantilados a los que nos llevaron hace bien poco algunas de esas grandes teorías del siglo pasado.
Otro buen ejemplo de mi descreimiento es el movimiento feminista: ¿de verdad se cree alguien que en unas pocas décadas vamos a encontrar la manera perfecta de convivir hombres y mujeres, cuando no hemos sido capaz de conseguirlo en 300.000 años? (Ojo: con esto no estoy diciendo que los pasos dados por el feminismo sean malos, ni que no se deban seguir dando más; digo que hay que ponerlos en su justa perspectiva... que no es precisamente de género.)
Podríamos acumular los ejemplos. Aquí va el último: entre un candidato político que me prometiera la solución a mis principales problemas y otro que se comprometiera a cumplir la ley y administrar mi dinero con prudencia, yo daría inmediatamente mi voto al segundo.
Hacer América grande de nuevo, devolver su grandeza a la Madre Rusia, recuperar la esencia de España, o de Europa... Nuevos desvaríos, o, mejor dicho, los mismos desvaríos de siempre, redivivos una y otra vez por estos animales defectuosos que somos. He citado algunos ejemplos evidentes, pero cosas parecidas suceden en todas partes; también, desde luego, frente a nuestras mismísimas narices. Tal vez el problema no sea que tengamos defectos, sino que no nos damos cuenta.