viernes, 4 de abril de 2025

Animales defectuosos

Nuestra tradición cultural nos ha hecho ver al ser humano como el final de la creación: nos miramos al espejo y vemos una obra acabada. Me temo que la realidad es otra. Somos un balbuceo de la evolución, un borrador apresurado y chapucero, con algunas soluciones ingeniosas, desde luego, pero con muchos problemas de diseño y funcionamiento por resolver. Hay una serie de cuestiones básicas (el cuidado de las crías, las relaciones entre los individuos y los grupos, la organización de la sociedad, el bienestar, el trabajo, el poder, etc.) que estamos tan lejos de solucionar hoy como ayer. Nuestros 300.000 años como especie (a los que podríamos sumar otros muchos miles de evolución homínida anterior) no nos han servido aún para dar respuesta a ninguno de estos desafíos.

No sé qué conclusión podríamos sacar de lo anterior, salvo ésta: paciencia. Va a ser imposible que nadie solucione nada; ninguno de los problemas de verdad importantes del ser humano se va resolver en nuestra vida, ni en la de nuestros más próximos descencientes. Con algo de suerte, podríamos notar alguna mejora de calado dentro de unos cuantos miles de años. Y esa mejora no será social, ni cultural (que también), sino evolutiva. Si es que aún continuamos existiendo como especie, claro está (de ahí lo de la suerte).

De lo anterior cabe extraer una segunda conclusión: desconfiad de los cambios exteriores y más o menos rápidos. No debemos cambiar el mundo, sino a nosotros mismos. No tenemos que hacer un mundo mejor, tenemos que hacernos mejores a nosotros mismos. Pero, por supuesto, sólo mejoramos hacia afuera, es decir, haciendo mejor todo lo que nos rodea.

¿Cómo debe organizarse el mundo, cómo deben unos padres organizar su vida, cómo debemos educar a nuestros niños, cómo nos repartimos los recursos, etc.? Debemos tener claro que no existe una respuesta satisfactoria a ninguna de estas preguntas. Si alguien afirma que tiene las respuestas, hay que huir de él porque es un tipo peligroso, por bobo o más probablemente por sinvergüenza. 

He aquí por qué desconfío tanto de las ideologías, que tan correctas parecen en un papel y que tan dolorosamente acaban casi siempre. Da auténtico pavor la despreocupación con la que volvemos hoy día a corretear por aquellos mismos peligrosísimos acantilados a los que nos llevaron hace bien poco algunas de esas grandes teorías del siglo pasado. 

Otro buen ejemplo de mi descreimiento es el movimiento feminista: ¿de verdad se cree alguien que en unas pocas décadas vamos a encontrar la manera perfecta de convivir hombres y mujeres, cuando no hemos sido capaz de conseguirlo en 300.000 años? (Ojo: con esto no estoy diciendo que los pasos dados por el feminismo sean malos, ni que no se deban seguir dando más; digo que hay que ponerlos en su justa perspectiva... que no es precisamente de género.) 

Podríamos acumular los ejemplos. Aquí va el último: entre un candidato político que me prometiera la solución a mis principales problemas y otro que se comprometiera a cumplir la ley y administrar mi dinero con prudencia, yo daría inmediatamente mi voto al segundo.

Hacer América grande de nuevo, devolver su grandeza a la Madre Rusia, recuperar la esencia de España, o de Europa... Nuevos desvaríos, o, mejor dicho, los mismos desvaríos de siempre, redivivos una y otra vez por estos animales defectuosos que somos. He citado algunos ejemplos evidentes, pero cosas parecidas suceden en todas partes; también, desde luego, frente a nuestras mismísimas narices. Tal vez el problema no sea que tengamos defectos, sino que no nos damos cuenta.

domingo, 4 de agosto de 2024

La dichosa innovación

Quiero reflexionar sobre la innovación, uno de los más evidentes fetiches del pensamiento actual. Me centraré en el ámbito universitario, que conozco mejor.

En primer lugar, creo que el concepto se utiliza de un modo muy impreciso. Veámoslo con un ejemplo: un profesor lleva varios años dando satisfactoriamente una asignatura a grupos de unos quince alumnos, pero el curso que viene deberá hacerlo con un grupo de cuarenta. ¿Tendrá que cambiar algo? Muy probablemente. ¿Deberá, entonces, innovar? No veo por qué: la asignatura es la misma, lo que cada alumno debe aprender es lo mismo, el trabajo que debe hacer para conseguirlo es, más o menos, el mismo. Lo que sí deberá hacer nuestro profesor es adaptar o adecuar sus clases a un grupo mayor de alumnos. Pero adaptar no es innovar; adaptación no es innovación.

Pongamos otro ejemplo: la investigación. Dese hace años, se repite como un mantra la frase de que toda investigación debe ser innovadora. No me resisto aquí a hacer un excurso personal.

Yo comencé desarrollando proyectos de investigación. Enseguida, los proyectos pasaron a ser de investigación y desarrollo (I+D). ¿Desarrollo de qué? Nunca lo he sabido. ¿Desarrollo social? Ignoro qué quiere decir eso y cómo se mide (cf. el término progreso). ¿Desarrollo de la propia disciplina? Pero es que una investigación que no pretenda aportar algo, por poco que sea, al conocimiento acumulado, no es que no sea I+D, es que tampoco es I. En todo caso, eso era poco para las grandes mentes que rigen el cotarro, y los proyectos acabaron siendo, desde hace ya tiempo, de investigación, desarrollo e innovación: I+D+I. Volvemos, pues, al hilo abandonado en el párrafo anterior.

Cuando se dice que toda investigación debe ser innovadora, en realidad lo que se quiere decir es que debe ser original. Que no es lo mismo. Pero es que tampoco el concepto de originalidad es unívoco. ¿Se trata de una investigación que resulta de la inventiva del autor (segunda definición de la RAE) o que tiene en sí carácter de novedad (sexta definición)? En el primer caso, hablaríamos de una pura obviedad, más relacionada con la honestidad que con la ciencia; en el segundo, sí podríamos hablar en puridad de originalidad e incluso de innovación. Pero el caso es que ni mucho menos tienen que ser así todas las investigaciones. Por poner un ejemplo simplicísimo: yo puedo replicar un experimento anterior de un modo prácticamente idéntico, obtener unos resultados similares, llegar a las mismas conclusiones que el trabajo replicado... y aún así resultar un aporte científico razonablemente valioso.

Innovacion, adaptación, originalidad... Algo tienen que ver entre sí esos términos, pero no son en absoluto sinónimos. En resumen, el concepto de innovación se utiliza de una manera difusa y, a mi modo de ver, tramposa, puesto que que puede significar muchas cosas diferentes y nadie sabe, en realidad, de qué demonios se está hablando.

Pasemos ahora al segundo punto de esta reflexión, e imaginemos a todos los profesores de todas las universidades del mundo devanándose la sesera para producir, año tras año, conocimientos nuevos, procedimientos nuevos, métodos nuevos. No sólo sería un espectáculo absurdo, sino, sobre todo, imposible. Con suerte, una persona de genio es capaz de generar algo verdaderamente innovador una o dos veces en su vida. El resto no serán sino repeticiones, adiciones o matizaciones. Más aún: si esa persona se obsesiona por innovar, lo más probable es que le salga el tiro por la culata y acabe dando a luz auténticos despropósitos. La innovación nunca es perpetua, ni tan siquiera recurrente. Anda que no tenemos ejemplos preciosos de esta regla en el mundo de la moda...

¿Imaginan ustedes a un profesor impartiendo treinta años seguidos la misma materia, y haciéndolo cada año de un modo verdaderamente innovador? ¿Sería posible? Rotundamente, no. Pero de conseguirlo, ¿sería cada año mejor? Tampoco, porque y aquí viene lo bueno innovar no implica mejorar. Esta es la gran obviedad que escondemos. Si yo me creyera capaz de idear, año tras año, nuevas maneras de ejercer mi trabajo, siempre diferentes y siempre mejores, sería un pobre trastornado o, más probablemente, un simple idiota. Un profesor no tiene que ser innovador: tiene que ser eficaz. Y honesto, que es algo que siempre se nos olvida.

miércoles, 24 de julio de 2024

Pedagogía y Universidad

La pedagogía es una disciplina muy interesante. Indagar, mediante el método científico, acerca de cómo aprendemos y cómo podemos enseñar mejor: ¿quién podría negar interés a estas cuestiones? El problema no está en la teoría, sino, una vez más, en la práctica.

De un modo general, la práctica de la pedagogía no ha conseguido zafarse de un error fundacional, de algo así como su pecado original: olvidarse del qué para ocuparse del cómo; o, en el mejor de los casos, supeditar aquél a éste. Es un error muy comprensible, muy disculpable, pero es un error: lo que enseño, mi propia disciplina, es mucho más importante que cómo lo enseño y debe ser el centro de mi quehacer.

La matraca de las competencias (y demás milongas pedagógicas adjuntas) que dirige y controla desde hace años, en mayor o menor medida, el diseño de los planes de estudio de todas las titulaciones de la universidad española es una decidida vuelta de tuerca al error fundacional señalado, pues otorga un aparente fundamento teórico a la conversión definitiva del cómo en el nuevo qué. De este modo, la universidad ha sacrificado los contenidos en el altar de las competencias, olvidando que uno sólo puede ser competente en algo, y que, sin una materia real que manejar y controlar, sólo puede aspirar a ser un competente a la violeta, es decir, un bonito globo vacío.

Yo creo en la buena fe y la sensatez de los pedagogos (y me consta en el caso de los que conozco personalmente). En realidad, el error no está tanto en ellos, como en quienes les cedieron la capacidad de dirección y decisión. Porque son los médicos, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de medicina; son los lingüistas, no los pedagogos, quienes deben diseñar los estudios de lingüística; etc. Los médicos, los lingüistas, todos harán bien en pedir consejo a los pedagogos y seguir sus indicaciones; pero un pedagogo jamás debe tener la última palabra en nada de eso.

No se trata de volver a la situación anterior, porque es claro que en la universidad española abundaban las barbaridades docentes. Había y sigue habiendo, curiosamente, después de tantos años de tutela pedagógica– muchas cosas por corregir. Y la pedagogía tiene, evidentemente, mucho que decir en esto. El problema es que aquí se pasó pronto, y sin que nadie supiera muy bien cómo, del consejo a la imposición.

No debemos, pues, volver al pasado, sino aprender de nuestros errores y corregir el rumbo, lo que implica entre otras cosas colocar a la pedagogía y los pedagogos en el lugar que en puridad les corresponde. Y hay que hacerlo mejor hoy que mañana, porque la cosa urge. Nos jugamos una buena parte del futuro.


viernes, 15 de diciembre de 2023

Los escándalos políticos y la política escandalosa

Me ha llamado la atención la escandalera que se ha montado con el acuerdo del PSN para apoyar la moción de censura de EH Bildu en el ayuntamiento de Pamplona. Desde luego, es llamativo el cambio de opinión producido en las filas socialistas: hace unas pocas semanas aseguraban solemnemente que jamás llegarían a ningún acuerdo con ese partido, y ahora anuncian un acuerdo que parece incluso favorecer más a dicho partido que a ellos mismos. Llueve sobre mojado, además, porque hechos semejantes se han producido también en la reciente formación del gobierno de la nación.

No sé si conozco algún político capaz de salir indemne de una confrontación con su propia hemeroteca, pero hay que reconocer que Don Pedro es un auténtico campeón olímpico en la disciplina de Donde dije digo digo Diego. (¿Podría llegar a ganar la medalla de oro de la modalidad? No lo sé, me niego a pensar en estos asuntos con los mismos parámetros que se aplican al deporte o a los concursos de belleza.)

Para todos los escandalizados, lo escandaloso del cambio ha sido el acuerdo de hoy, no la declaración de intenciones de ayer. Para mí, la cosa es exactamente al revés: lo escandaloso no es que un partido acuerde algo con otro, sino que declare de antemano que jamás estará de acuerdo con él.

Es inevitable que un partido como un persona guste más a unos que a otros; incluso se entiende que pueda resultar detestable para alguien. Una persona particular puede rehuir todo contacto con otra a quien aborrezca; un partido político, no. Los ciudadanos les han encargado la tarea de ponerse de acuerdo, y a ella se deben. Por supuesto, puede darse el caso de que, por mucho que lo intenten, no lleguen a acordar nada; pero es inaceptable que renuncien a ello de antemano, enarbolando no se sabe muy bien qué principios morales o políticos. La democracia no consiste en tener razón, sino en acordar  entre todos las reglas que nos obligamos a cumplir.

Esta facilidad política de rasgarse las vestiduras es, además, unidireccional: el PP se escandaliza de que el PSOE acuerde algo con EH Bildu, porque con esos no se debe acordar nada, mientras que el PSOE se escandaliza de los acuerdos del PP con VOX, por la misma exacta razón. Está claro que los principios deben defenderse (aunque para eso, primero, haya que tenerlos), pero, si impiden la convivencia, tal vez deban ser revisados.

Hay en esta historia otro aspecto que me parece destacable y que sucede, además, en todos las cámaras legislativas del país. El acuerdo pamplonés ya ha sido anunciado, defendido y atacado convenientemente por todos; el debate político ya se ha desarrollado ante los medios de comunicación, de modo que lo que suceda en el pleno municipal es redundante e irrelevante, puesto que todo el pescado está vendido de antemano. Es comprensible, e incluso deseable, que las cosas se vayan tratando y preparando antes de llegar al pleno, pero me parece muy peligrosa esta manera de vaciarlo de contenido.

Con estos procedimientos, el parlamento se convierte en un trámite vacío, donde no se debate ningún asunto, sino que se escenifica una discusión, como si la cámara fuera una extensión de un plató televisivo. De esta manera, el pleno legislativo se convierte en una suerte de toreo de salón, inútil y agotador, donde unos y otros simulan debatir, pero sólo riñen, tratando no de llegar a ningún acuerdo, sino de conseguir simpatías y adhesiones, con la esperanza de que se conviertan, llegado el momento, en votos.

Y luego está lo más grave de todo: que nosotros asistimos a este penoso espectáculo y, en lugar de escandalizarnos, nos parece bien.

martes, 7 de marzo de 2023

Esperanza en lo pequeño

Para Josu. Y hasta aquí puedo leer...

Quien se atreva o se resigne a leer mis pequeñas reflexiones, tal vez pueda sacar la conclusión de que soy un completo cenizo, experto en detectar desgracias y presagiar calamidades. Y algo de razón no le faltaría. Efectivamente, cuando me fijo en los grandes asuntos, en las cosas que juzgo importantes, me pasa como a Quevedo: no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Encuentro en todas partes claros indicios del ocaso de nuestra civilización, del advenimiento de profundos cambios en nuestra travesía de homo sapiens, que siempre se han saldado con miles de individuos pasándolas canutas. Incluso en los apabullantes logros científicos de nuestra época veo las semillas de horizontes turbadores.

Y si me fijo en la gente... ¡Qué decir entonces! La gente, ese compendio amorfo de necios y de lerdos, capaz de todas las majaderías, de todas las locuras, de todas las maldades; la gente, que chapotea en el lodo de su inmediatez de miras, que se regodea en su gregarismo tranquilizador, que busca afanosamente un bienestar o una creencia que le anestesie... Esa gente, incapaz de abrir de verdad los ojos, de la que nada bueno cabe esperar, está sin embargo constituida por personas individuales (¡yo entre ellas!), por una multitud de microcosmos móviles capaces de proezas inimaginables.

Aquí y allá, en mi vida diaria, me topo con personas haciendo cosas magníficas (y también, desgraciadamente, con muchos sinvergüenzas; a veces, incluso, son los mismos). Hablo de pequeños actos un gesto, una frase, una sonrisa, una pequeña acción sin apenas trascendencia, sin un mérito excesivo, pero que consiguen que, por un momento, en ese entorno mínimo, el mundo sea un lugar un poquito mejor.

Si los grandes asuntos, los grandes problemas, las grandes tendencias, parecen gigantescas losas negras cayendo inexorablemente sobre nuestras cabezas para aplastarnos contra el suelo, estas minúsculas hazañas cotidianas son como finísimos rayos de luz ascendente que tratan de horadar esas losas: no pueden romperlas, pero sí hacerlas ligerísimamente más porosas, menos plúmbeas, más soportables.

No me fío de las cosas grandes. Aunque sé que son necesarios, tengo muy poca fe en los grandes ideales, los grandes principios; desconfío del progreso (tal vez porque no consigo averiguar qué es), de los sistemas económicos, de los políticos; y, desde luego, no espero nada de la gente. Sin embargo, sé que sólo las personas pueden construir un futuro mejor. La salvación del mundo no está en los grandes ideales, las grandes obras, las grandes hazañas, sino en la suma de nuestras insignificancias.

Por eso, de todas las grandes palabras, las grandes ideas, hay una en la que todavía me obligo a creer: educación. No hablo de la educación reglada (que también), sino de ese proceso complejo, difuso e inacabable que puede convertir a la gente en personas, a un animal del rebaño en un miembro de la tribu (en palabras de Antonio Escohotado).

La única revolución pendiente, la única revolución posible es la que se desata en el interior de cada uno de nosotros. Esto es especialmente claro en los casos extremos: hay personas que realizan acciones execrables, literalmente imperdonables; sin embargo, estos deshechos de humanidad aún tienen una posibilidad de salvación: dejar de ser esas personas y convertirse en otras, a quienes las acciones cometidas les resulten completamente ajenas. Esto, en el nivel que corresponda en cada caso, es verdad para todos y cada uno de nosotros. 

A todos nos compete liderar nuestra propia revolución, y todos somos capaces de culminarla. ¿A qué esperamos? El futuro de la humanidad no depende de las grandes cosas, sino de esas minúsculas conquistas sobre nuestras miserias.

martes, 28 de febrero de 2023

Lenguaje, corrección política y pasta gansa

Se ha hablado mucho estos días acerca de las nuevas versiones de las novelas de Roald Dahl e Ian Fleming, expurgadas de cuanto pudiera suponer un motivo de indignación para la corrección política aparentemente imperante.

No quiero repetir los argumentos de quienes consideran este empeño una censura inaceptable y una formidable majadería. Estoy de acuerdo con ellos. Me gustaría insistir en otro hecho que, sin ser desconocido, suele pasar, a mi juicio, algo desapercibido. Me estoy refiriendo a lo que casi siempre es la verdadera madre del cordero: la pasta.

Cuando una editorial decide retocar los textos de un autor (como ya sucedió con Enid Blyton), lo hace porque calcula que así ganará más dinero (o también a la defensiva: porque teme que alguien pueda organizar una campaña en su contra si no lo hace). Lo mismo puede decirse de la productora cinematográfica que se plantea modificar las características básicas del personaje de James Bond. En ningún caso estamos hablando de las convicciones ideológicas o los valores morales de estas empresas: es negocio, puro negocio y nada más que negocio.

Somos tan tontos que nos tragamos su estrategia de ventas y, lo que resulta aún más increíble, permitimos que moldee nuestros gustos, nuestros juicios y nuestras percepciones. Al final, acabamos creyéndonos que lo lógico y normal, que lo éticamente correcto, es no llamar jamás gordo a un gordo, calvo a un calvo, etc. Y todo porque un avispado vendedor pensó que así nos sacaría más dinero.

jueves, 23 de febrero de 2023

Empecinados en lo irrelevante

Al publicar mi último texto, me quedé, una vez más, con la sensación de que no me había sabido explicar del todo bien. Confío en que no parezca que he perdido definitivamente el juicio si, para tratar de enmendarme, comienzo contando un cuento (que adapto de El chapuzas, una historieta de Goofy que leía de niño en la fantástica colección de Dumbo). Vamos allá:

Un hombre tiene un coche que últimamente funciona cada vez peor. Mete mucho ruido, ha perdido potencia, a veces el motor da unos empujones raros... El hombre, preocupado, lo lleva a un taller. Al de un par de días, el mecánico le llama y le dice que puede pasar a recogerlo porque ya está arreglado. Nuestro hombre va a buscar su coche y se lo encuentra reluciente.

 El coche estaba sucísimo le explica el mecánico, así que lo hemos tenido que lavar entero, por fuera y por dentro. También hemos tenido que pulir los tapacubos y cambiar la alfombrilla de los pedales. En total, aquí tiene la factura y le pasa el papel.

 No me lo puedo creer  exclama nuestro hombre, ¿eso es todo lo que has hecho? ¿Ni has mirado el motor? Yo no he traído el coche para que me lo limpies, sino para que me lo arregles. Y lo único que has hecho es enredar en tonterías.

 ¿Pero es que no está mejor ahora que antes? pregunta el mecánico, más bien ofendido.

 Lo que has arreglado son unos detalles sin ninguna importancia que me traían sin cuidado le responde el hombre, el coche sigue estando igual de mal que cuando lo traje. Ahora tendré que llevarlo a un taller de verdad. Y, por supuesto, no pienso pagarte esta factura.

Ya está, éste es el cuento. En esta versión, el descerebrado es el mecánico; pero también podríamos haberlo contado al revés: un hombre que lleva su coche a pintar cuando el motor se está cayendo a pedazos.

Con todos los detalles y los pormenores que queramos añadir, creo que esta historieta del coche expresa bastante bien la ceguera de nuestra sociedad, de la que quise hablar en mi anterior entrada (a cuenta de la señora ministra). Porque así también vamos nosotros, muy ocupados pasando la aspiradora por los asientos de nuestro coche, discutiendo con obstinación si bajamos o subimos una ventanilla, si conviene repintar la carrocería, y de qué color, pero sin prestar atención a si el motor responde como debe, a si tenemos suficiente gasolina, a si conducimos adecuadamente... Y, sobre todo, sin repajolera idea de hacia dónde vamos.