lunes, 10 de diciembre de 2018

Universidad y violencia contra las mujeres

El pasado 25 de noviembre de 2018, los 51 miembros de la Red de Unidades de Igualdad de Género de las Universidades Españolas para la Excelencia Universitaria (RUIGEU) firmaron un Manifiesto con motivo del Día Internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres. Puede leerse en https://www.uv.es/ruigeu2/MANIFIESTO25N_2018.pdf. Me gustaría repasar rápidamente algunos de los dislates que, a mi juicio, contiene el documento.

1. Comienza el Manifiesto hablando de la lucha contra todo tipo de violencia sobre las mujeres, violencias que están asentadas sobre las desigualdades entre hombres y mujeres, construidas culturalmente mediante prácticas discriminatorias. Es decir, según la RUIGEU, todas las violencias nacen de la desigualdad, no cabe por tanto un acto violento contra una mujer que no esté asentado sobre la desigualdad. Esto es sencillamente falso.

2. La RUIGEU entiende que un objetivo prioritario de las universidades debe ser colaborar con los poderes públicos y la sociedad en su conjunto para poner fin a las violencias ejercidas contra las mujeres. Por eso, afirma que las universidades tenemos como núcleo irrenunciable de actuación, el principio de igualdad. A mi modo de ver, esto es un grave error de concepto. 

Por supuesto que el principio de igualdad debe ser observado en la universidad. Ese principio, y otros muchos. Pero esa observancia en ningún caso debe ser el núcleo de su actuación. A quién podría parecerle mal que la universidad colabore en la erradicación de la violencia (contra las mujeres y contra quien sea). Pero eso no ha de ser de ningún modo un objetivo prioritario. La universidad está para otras cosas.

3. La RUIGEU insiste en la necesidad de acabar con todo tipo de agresiones, abusos y acosos sexistas en las universidades. De lo que cabe deducir que estos hechos se producen con cierta frecuencia. Yo, sin embargo, creo que, de existir, son excepcionales. Por supuesto, puedo estar equivocado (o mal informado). Pero en lo que sí creo tener razón es en lo siguiente: si hoy se da un caso de esos en cualquier universidad, ésta tiene plena capacidad de actuación. No necesita hacer manifiestos, ni pedir nada: basta con que cumpla con su obligación ciudadana; cuenta para ello con su propia reglamentación y el recurso a la justicia ordinaria. Afirmar que todo esto existe cotidianamente en la universidad no es sino reconocer su propia culpa. ¿Qué pasa, que actúas mal? Pues cállate y actúa bien…

4. La RUIGEU entiende que la universidad debe formar a todos sus alumnos en las competencias y destrezas necesarias para este indispensable cambio social hacia la igualdad, de modo que sus grados y posgrados capaciten para el ejercicio profesional con perfil cualificado en los procesos derivados de la violencia de género. Por supuesto, nadie sabe en qué consiste esa cualificación, ni cuáles son esas competencias y destrezas. También es digna de reseñar la pretensión de que todo perfil profesional deba incluir formación al respecto. Pero lo fundamental sigue siendo, a mi juicio, el error de concepto sobre el quehacer universitario: ¿desde cuándo la universidad está para enseñar a nadie a actuar ante un acto injusto? ¿Y además sólo debe hacerlo si la injusticia es contra una mujer? No digo que no lo haga, ni que no sea su deber hacerlo: digo que su objetivo es otro.

5. La RUIGEU reclama el apoyo de los poderes públicos: la dotación económica dispuesta por el Pacto de Estado, y gestionada por las Comunidades Autónomas, debe contener la previsión correspondiente para incluir a las universidades como agentes intervinientes en la lucha contra la violencia de género, dotándoles de los medios materiales y humanos suficientes. […] necesitamos el respaldo institucional y financiero del gobierno de las comunidades autónomas para acometer las políticas de género, ya que, sin dicho respaldo, resulta muy difícil, cuando no inviable, que las universidades, y sus unidades de igualdad, podamos asumirlas

Me temo que hemos dado con la auténtica finalidad del Manifiesto: la pasta. Quieren más dinero. ¿Para qué? No lo dicen. Yo no entiendo muy bien la necesidad de un presupuesto específico para atajar la violencia o la injusticia en una universidad. Pero, en cualquier caso, no dicen: quiero dinero para hacer esto, y lo otro y lo de más allá. Sólo dicen: dame dinero, porque mi objetivo es justo. Y eso es hacer trampa.

6. El Manifiesto asume que sólo hay un punto de vista correcto para afrontar la violencia contra las mujeres: la ideología de género. Más aún, entiende que afrontar estos problemas desde otra perspectiva es, no sólo erróneo, sino contraproducente: la ausencia de perspectiva de género en la evaluación de los hechos que fundamentan la violencia de género lleva a la consolidación de falsos presupuestos, otorgando autoridad a quienes niegan la existencia de una violencia sistémica contra las mujeres. Estamos, pues, ante una versión del clásico o conmigo o contra mí. Creo que el batiburrillo mental en la cita anterior es evidente: parece ser que hay unos hechos (¿cuáles?) que fundamentan la violencia, y no verlos desde una determinada perspectiva supone dar la razón a quienes niegan dicha violencia, que de paso resulta ser sistémica… Además, en esto hay otro grave problema: que nadie sabe muy bien en qué consiste exactamente la tan manida ideología de género

7. Dejo para el final el disparate más grave, a mi juicio: es ineludible la transversalización de la perspectiva de género en todas las áreas de conocimiento según el grado de intensidad que se requiera en cada una de ellas

Me pregunto si la RUIGEU habrá oído hablar del Decreto Orovio, que en 1875 suspendió la libertad de cátedra en España y prohibió –entre otras cosas– cualquier enseñanza contraria a la doctrina católica. Seguro que a la RUIGEU le parecería intolerable que alguien hoy en día pretendiera que en la universidad la doctrina católica fuera una perspectiva transversal en todas las áreas de conocimiento. ¿Y por qué entonces le parece bien si se trata de la ideología de género? Lo inaceptable es pretender que el quehacer científico y académico deba someterse a una ideología, sea ésta la que sea. La presión ideológica sobre la universidad ha existido siempre; pero que ahora sea la propia universidad la que solicite para sí misma un yugo ideológico es el colmo: las ranas pidiendo un rey, los pájaros llamando a los cazadores.

Luchar contra la violencia contra las mujeres es un objetivo loable. Luchar contra cualquier violencia lo es. El problema no está en el objetivo, sino en los medios utilizados. Y los medios propuestos por la RUIGEU (subversión de los objetivos universitarios, sometimiento ideológico) son inaceptables.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Referéndum, identidad y Perogrullo

Estoy cansado del dichoso procés catalán. No sé lo que pasará el primero de octubre (me resisto, por cierto, a escribir 1-O), aunque difícilmente será nada bueno. Estoy cansado, no tanto del debate, que no ha existido apenas, sino del ruido y la furia que lo acompañan y sustituyen. En estas pocas líneas trataré de centrar la cuestión, de acuerdo a mis pobres entendederas.

El debate sobre el referéndum catalán (la riña, más bien, porque aquí se confunden siempre las dos cosas) se ha centrado en dos cuestiones principales: su carácter legal y su carácter democrático. Ambas son irrelevantes.

En cuanto a lo primero, me parece evidente que la convocatoria de referéndum no cumple con la legalidad española y es, por tanto, ilegal. No creo que quepa mayor discusión al respecto y no debe, por tanto, perderse el tiempo con eso. (Es curioso, por cierto, observar cómo se convierten en paladines de la legalidad quienes, a juzgar por la montaña de indicios acumulada, no han tenido demasiados escrúpulos para saltársela cuando les venía bien.) Pero, en todo caso, aquí lo que se plantea no es el cumplimiento de la legalidad, sino su superación. Muchas cosas que hoy son legales, ayer no lo eran. No era legal que las mujeres votaran, o que blancos y negros compartieran asiento en un autobús; en España, no hace mucho era ilegal que una mujer abriera una cuenta en un banco. La Historia está llena de ejemplos en los que la gente fuerza un cambio en la legalidad, porque se topa con algo que, a pesar de ser legal, percibe como injusto.

En cuanto al carácter democrático de algo, todo depende de qué entendamos por “democrático”. La democracia es un concepto complejo, poliédrico. ¿En qué faceta nos fijamos? La democracia, desde luego, es el estricto cumplimiento de unas normas comunes; pero también es el respeto por la voluntad popular. Si nos fijamos en lo primero, los promotores del referéndum pueden tacharse de antidemocráticos; si nos fijamos en lo segundo, los antidemocráticos serían quienes tratan de impedirlo. Por tanto, el debate arrojadizo (riña, una vez más) sobre quién es más o menos democrático es perfectamente estéril. 

¿En qué debe centrarse el debate? A mi modo de ver, en dos cuestiones consecutivas. Las redacto en unos términos deliberadamente llanos:

  1. ¿Tiene derecho una parte de España –o de cualquier otro sitio– a separase del resto si así lo quiere?
  2. En el caso concreto de Cataluña –o en cualquier otro caso–, ¿es razonable ese deseo? Dicho de otro modo: ¿qué es más razonable, que se separe o que no? 

La primera cuestión es la fundamental y su debate se lleva esquivando en España desde hace mucho más tiempo del razonable. 

Pongamos, para empezar, un sencillo ejemplo: varios amigos acuerdan irse a vivir juntos, compartiendo piso. Al de un tiempo, uno de ellos decide dejarlos para vivir él solo en su propia casa. ¿Tendría sentido que los otros compañeros se lo prohibieran, arguyendo que esa decisión debería ser tomada entre todos? Evidentemente, no. Convendría que discutieran todos los aspectos prácticos del caso (las inversiones, las deudas, etc.), podrían tratar de convencerlo para que no se marchara… pero nunca debería cuestionarse el derecho de un compañero a dejar el piso común. 

Nuestro caso, por supuesto, es mucho más complejo, pero el ejemplo es aplicable. Un país (una nación, un estado… no son sinónimos perfectos, pero ésta no es ahora la cuestión) es un grupo de personas que, por las razones que sean, han decidido vivir juntas, compartiendo recursos y destino. Si se niega a cualquier parte del conjunto su derecho a romper ese acuerdo de unión, el país deja de ser un espacio común de convivencia (el viejo contrato social) para convertirse en una cárcel. En otras palabras: a mí me parece Cataluña tiene todo el derecho del mundo a poder separarse de España si así lo desea; pero no sólo Cataluña, sino también Murcia, Albacete, Pancorbo… 

Esto es lo que debería discutirse en España, pero no se hace. Y sospecho que no se hace porque, por mucho que algunos se empeñen en negar la evidencia, la identidad nacional –la identidad española– es, y ha sido, problemática.

La identidad es múltiple y se define sobre todo por oposición. Nadie es sólo una cosa, sino muchas, y esas diferentes identidades afloran más o menos según las circunstancias. Según dónde y con quién esté, uno puede ser identificado como –por ejemplo– europeo, español, vasco, vizcaino, bilbaino (las dos sin acento, además), de Begoña…  Por supuesto, no todas las identidades tienen la misma importancia en todas las personas. Además, cada cual puede cultivar más o menos la identidad que se le antoje; puede decidir eliminar alguna (si es capaz de conseguirlo), o adquirir una nueva. Y tiene todo el derecho del mundo a hacer todas esas cosas. 

Adaptado lo anterior a nuestro caso, es preciso admitir que en Cataluña –o en el País Vasco, ya puestos–  puede existir desde la persona que quiere potenciar al máximo su identidad catalana, hasta hacer casi desaparecer la española, hasta la persona que desea justo lo contrario, pasando por el infinito continuum de situaciones intermedias. Y todas esas personas tiene perfecto derecho a pretenderlo (otra cosa es que sea más o menos sensato). Y la cosa pública debe gestionar eficazmente la tensión derivada de esos deseos, no siempre fáciles de armonizar. Aquí se ha fracasado, no sólo por la habitual ineptitud (por usar un término suave) de nuestros políticos, sino porque este mismo principio ha sido negado por el conjunto de la sociedad, porque no se ha aceptado el derecho de todo el mundo a situarse en el punto del continuum identitario que considere oportuno, o le dé la real gana. Porque las identidades se manejan como absolutas, excluyentes y esenciales.

En el fondo, los párrafos anteriores no son más que una sarta de perogrulladas. Y sin embargo, creo que en estas cuestiones está la raíz de todos estos problemas. (Por supuesto, no debemos olvidar el abono que supone el hatajo de mentecatos y sinvergüenzas que nos rodea por doquier; pero eso es otra historia.) Debemos, pues, examinar con sensatez la raíz de las cosas, y ponernos de acuerdo en lo fundamental. Sólo así podremos pasar al segundo punto: examinar con cuidado todos los argumentos que puedan plantearse sobre las identidades y su gestión, para tratar de encontrar las opciones más razonables. Y hacerlo discutiendo, no riñendo.

Un último apunte: conviene recordar que el sentido etimológico del término referéndum es ‘lo que ha de ser consultado’. Si esto no lo merece, ¿qué otra cosa puede ser? Pues a ello…

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Elecciones y pensamiento difuso

Las últimas elecciones estadounidenses, con su sorprendente final, dan pie para muchos comentarios. A mí me han hecho recordar aquella frasecilla demoledora que escribió Karel Capek hace casi un siglo: «Estáis ocupados con las votaciones [...] y en momentos así no hay lugar para la sabiduría. ¡Bah, qué digo! Ni siquiera para la sensatez. Las elecciones son, más bien, cuestión de astucia» (Agatón o la sabiduría). Efectivamente, no parece que los norteamericanos hayan escogido con sabiduría, ni tan siquiera con sensatez. Y lo mismo vale para los ingleses, los españoles, etc. La cuestión obvia es: ¿cómo es posible que tanta gente se equivoque tanto? Voy a ensayar una posible respuesta.

Desde hace muchos años (no menos de dos décadas), asistimos a un empobrecimiento continuado de la “inteligencia pública”. La educación en todos sus niveles, los medios de comunicación, los políticos, los famosos, los modelos sociales, las artes, las ideologías, todo ello se entrecruza en una maraña intrincada que va tirando de la sociedad hacia la incultura y la inopia intelectual. ¿A qué sociedad me refiero? Creo que lo dicho vale, en general, para la sociedad del llamado mundo occidental.

El resultado de este proceso es que el pensamiento claro y ordenado, que debería ser nuestra guía, ha sido sustituido por el pensamiento difuso. 

El pensamiento claro y ordenado distingue entre hechos y opiniones, entre hechos ciertos y hechos probables o posibles, entre opiniones infundadas y opiniones razonables o teorías, entre razonamientos y sentimientos o sensaciones. Se basa en argumentos sólidos y bien estructurados, se somete de buen grado a la crítica y la revisión, no es dogmático.

El pensamiento difuso se basa en clichés, tópicos, expresiones vacuas e ideas vagas; maneja por igual hechos, creencias, suposiciones y deseos. Compone con todo eso una papilla confusa y multiusos, que se exhibe como bandera (sin admitir, por tanto, crítica alguna) y aun como arma arrojadiza.

De esta manera, como resultado de este pensamiento cada vez más difuso, tenemos unos ciudadanos que sienten cada vez más, pero razonan cada vez menos; unos ciudadanos que opinan cada vez más, pero saben cada vez menos; unos ciudadanos que incluso recelan cada vez más de quienes saben y de quienes piensan.

¿Por qué ha sucedido –está sucediendo– todo esto? No lo sé. Pero parece difícil atribuir este vasto proceso social al azar. Si siguiéramos la vieja máxima de los detectives clásicos (“averigua a quién beneficia el crimen”), la conclusión lógica sería, aunque manida, escandalosa: quien maneja los hilos del poder en nuestra sociedad está interesado en que los ciudadanos no sepan pensar, porque resultan así mucho más manejables.

Si eso fuera verdad, las últimas elecciones (americanas y europeas) vendrían a ser el clásico tiro por la culata. De tan maleable, la sociedad es blanco fácil para el primero que sepa excitar sus resortes primarios, de modo que los poderosos acaban recibiendo en este caso una buena dosis de su propia medicina.

En esta explicación, incurro en lo que denuncio, porque manejo una idea vaga, muy vaga: el poder y quienes manejan sus hilos. Intentar aclarar esto nos llevaría demasiado lejos, pero no me resisto a dejar anotada aquí mi percepción de que nuestra democracia occidental parece cada vez más una fachada, una representación pública que esconde tras de sí la verdadera realidad: la existencia de una plutocracia que escribe la obra que se representa y es en última instancia –o pretende ser– la dueña del teatro en el que estamos todos. Si esto fuera así, podríamos preguntarnos si en realidad estas decisiones populares imprevisibles no habían sido ya previstas, si de verdad suponen un desafío para el auténtico poder, si acaso no será un mero cambio de libreto en la representación social.

En cualquier caso, la siguiente pregunta también parece obvia: ¿qué hacer? Tampoco lo sé, pero intuyo que la clave está, como casi siempre, en una palabra mágica: educación. La educación actual, con toda su cháchara pedagógica y tecnológica, pretende formar hombres útiles (¿a la sociedad, a las empresas, al capital?), no hombres libres. Porque los hombres libres pueden no ser útiles, especialmente si la utilidad se entiende en términos de beneficio económico (al fin y al cabo, muchas veces lo verdaderamente importante no sirve para nada); de hecho, pueden llegar a ser extraordinariamente incómodos e inconvenientes. 

Educación y más educación. Es fácil de decir, pero difícil de llevar a cabo. Un apunte: la escuela es sólo una parte de la educación de un niño, y no la más importante; lo resume muy bien un conocido proverbio africano: «hace falta una tribu entera para educar a un niño». Otro apunte: hay varios modelos educativos razonables; más importante que acertar con el mejor es lograr el compromiso y el trabajo de todos a favor del modelo seleccionado, sea el que sea.

Si queremos ser dueños de nuestras vidas, debemos ser de verdad dueños de nuestros pensamientos. Lo escribió con otras palabras en los primeros años de la transición (y tal vez no por los motivos adecuados) Fernando Lázaro Carreter: «no habrá democracia mientras unos sepan expresarse satisfactoriamente y otros no; mientras unos comprendan y otros no; mientras el eslogan pueda sustituir al razonamiento articulado que se somete a ciudadanos verdaderamente libres porque tienen adiestrado el espíritu para entender y hacerse entender».

Este sencillo artículo no puede terminar sin un estrambote final. ¿Seguro que existe el proceso social que he descrito? Porque tal vez sea un fenómeno o una percepción constante a lo largo de la historia, que no deba aplicarse a este tiempo más que a cualquier otro de los últimos dos mil años. ¿Seguro que la educación actual está más desnortada que la de antes? Porque la respuesta depende mucho, para empezar, de lo que entendamos por “antes”. ¿Seguro que los norteamericanos y los europeos han votado de manera insensata? Porque también es posible que sea yo el equivocado… ¿Quién ha dicho que yo tenga las respuestas? Sólo intento hacerme las preguntas correctas.

viernes, 15 de mayo de 2009

La wiki, ¿la carga el diablo?

No puedo negar que la wikipedia es un invento interesante y práctico; pero tampoco que, como toda herramienta, puede ser muy peligrosa. Su problema más evidente es la poca fiabilidad de sus contenidos. Cuando la edición de un artículo está abierta a todo el mundo, es difícil garantizar su calidad. Los defensores de la wiki argumentan que muy pocos son los que se atreven a editar algo sin conocimientos suficientes, y que un contenido de mala calidad es pronto corregido por otro editor con más conocimientos. Por supuesto, eso será verdad a veces, pero mi experiencia como wikinavegante me dice que un buen número de sus editores saben algo de lo que editan, pero no mucho. Y no hay peor manera de no saber algo que saberlo a medias.

Por otra parte, nadie consulta una enciclopedia para leer lo que ya sabe. Un experto en –pongamos– nanomiasmetría computerizada teleplástica no tiene por qué buscar esa entrada en la wikipedia, y sólo se molestará en comprobar su calidad por dos razones principales: filantropía o curiosidad maliciosa. Si es lo primero, lo corregirá; si es lo segundo, probablemente no.

Con todo, el verdadero problema de fondo es otro. Envuelta en formulaciones tan bonitas como la "democratización de la cultura", la wikipedia se sustenta en una falacia del pensamiento contemporáneo: la de que todo el mundo tiene igual derecho a opinar, y todas las opiniones son igualmente respetables.

El derecho a opinar será universal, pero no es gratuito: hay que ganárselo, principalmente con trabajo y conocimiento. En los grupos humanos –una asociación cultural, una oficina, etc.– no pocas veces encontramos personas que opinan sin merecerlo, precisamente por estas dos razones: no lo merece el individuo que nunca arrima el hombro para nada, pero que se permite hablar como el que más y defender alegremente proyectos que él será siempre el último en llevar a cabo; no lo merece tampoco ese listo que, al segundo día de incorporarse a un grupo humano, ya está sentando cátedra sobre cómo se deberían hacer las cosas.

Estas personas de los ejemplos anteriores, ¿tienen el mismo derecho a opinar que el resto de sus compañeros de grupo? Tajantemente, no. Pero es que, además, ¿acaso todas las opiniones son igualmente valiosas?

Antes de continuar, conviene recordar una verdad de Perogrullo que la falacia que examinamos oculta: que hay cuestiones más opinables que otras, y que hay cuestiones que no lo son apenas. Pongamos ejemplos casi tontos de puro evidente: lo acertado de la alineación de una selección de fútbol es claramente opinable; la emoción que nos pueda transmitir la interpretación de un cantante está más sujeta a opinión que el que afine o no las notas al cantar; que dos y dos son cuatro es apenas opinable. Es muy importante, si se pretende razonar con una mínima garantía, aprender a distinguir estas cuestiones. Si no, podemos encontrarnos con disparates como la cruzada de los creacionistas estadounidenses, por poner otro ejemplo.

Creo que es bastante claro que, en general, el ámbito de una enciclopedia no es lo opinable. Y entonces, ¿cómo va a ser igualmente valiosa la opinión del experto que la del aficionado, la del maestro que la del alumno? Para saber sobre algo, parece imprescindible conocer lo que han dicho los estudiosos precedentes y entender el valor de cada una de sus aportaciones. Hoy, sin embargo, cada vez es más frecuente el alumno que rechaza lo anterior, que renuncia por tanto al estudio de la bibliografía (que, dicho sea de paso, también puede estar colgada), y se limita a visitar páginas wiki –o joyas aún peores– que le proporcionan fácilmente una información aparentemente completa o al menos suficiente. Y este uso, lejos de restringirse al ámbito docente, se extiende a toda una sociedad que cada vez conoce más pero sabe menos, opina más pero reflexiona menos, siente más pero razona menos.

Un último aspecto de la falacia que conviene desenmascarar, aunque no tenga ya tanto que ver con la wikipedia, es que todas las opiniones no sólo no son igualmente valiosas, sino que ni tan siquiera son igualmente respetables. ¿Es respetable la opinión de que la mujer es inferior al hombre y le debe sumisión? ¿Es respetable la opinión de que los judíos (o los árabes, o quienes sean) deben ser exterminados? No debe olvidarse nunca que una opinión puede perfectamente ser despreciable.

En definitiva, yo creo que lo fundamental, con la wikipedia y con cualquier otra herramienta, es la actitud crítica. Hoy en día no debemos dar por cierto nada gratuitamente: ni lo que leemos, ni lo que oímos, ni lo que vemos, puesto que todo puede estar falseado o directamente manipulado. (Por cierto: las posibilidades de manipulación que brinda la wiki es otro interesantísimo tema de debate.) Se cierra así un círculo espectacular, en el que nuestra civilización ultratecnológica y postmoderna se convierte en neoprimitiva: porque en estos tiempos de tribulación, uno sólo puede confiar de verdad en la palabra de un hombre honrado.

(Este texto se publicó en la revista Deusto, núm. 98, pág. 37, en un debate sobre la wikipedia. A mí me encargaron un texto en contra; yo habría escrito más a gusto a favor, pero...]

lunes, 9 de junio de 2008

Decálogo universitario

Llevo media vida en la Universidad, en la de Deusto, pero también en otras. Tengo familia y amigos en diversas universidades, y sé de sus trabajos, afanes, problemas y sinsabores. En definitiva, en estos años, aquí y allá, creo haber aprendido algunas cosas (tampoco muchas, al fin y al cabo), que voy a intentar resumir en esta especie de decálogo desordenado. Se trata de generalizaciones, por lo que no deben verse alusiones a personas o situaciones concretas:

  1. En la Universidad florece la paradoja, por lo demás universal, de que "quien sabe no puede, y quien puede no sabe".
  2. En la Universidad conocerás las inteligencias más luminosas, pero también los tontos más rotundos. El estudio no siempre genera conocimiento, ni éste implica sabiduría. En definitiva, la universidad no sirve de antídoto contra la estulticia.
  3. Frente a la Universidad como templo del saber, debes reivindicar la importancia del no saber: un saber que no lleve aparejado su correspondiente no saber es acaso la mayor necedad. (Corolario: es tal vez más importante que enseñes lo que no sabes que lo que sí sabes; esto último se encuentra fácilmente en los libros).
  4. Por mucho que sepas, y por muy prudente que seas, siempre habrá un momento en el que dejes al descubierto tu ignorancia. Procura, de todas maneras, saber más, mejor y –sobre todo– ser más prudente. (Corolario: no te burles de la ignorancia del vecino, porque la compartes; sí puedes hacerlo, acaso, de su imprudencia.)
  5. Es fácil ser bueno en aquello en lo que inviertes mucho tiempo. Por tanto, todos tus logros tampoco valen tanto.
  6. A tu lado hay mucha gente, y casi todos tienen potencias, saberes y méritos que ignoras.
  7. Además del conocimiento y la inteligencia, la experiencia es indispensable para conseguir esa facultad indefinible que se denomina criterio. Pero no olvides que la experiencia no consiste tanto en las cosas que has experimentado, como en las cosas sobre las que has reflexionado.
  8. ¿No consigues ser brillante, destacar entre tus colegas? Bueno, es una pena, pero no pasa nada: con ser honrado tienes más que suficiente.
  9. Un mal profesor lo es por la combinación, en proporciones muy diversas, de tres razones principales: no saber lo suficiente, carecer de verdadero interés por que sus alumnos aprendan y presentar alguna "deficiencia" personal (tener pocas luces o poca vergüenza son las más habituales). Nada de esto se corrige con pedagogía. (Corolario: ¿quién se atreve?)
  10. Sea cual sea tu situación, desde el instante en que "te lo crees" estás perdido.

Estas diez sagacísimas sentencias resumen lo que he aprendido. Tal vez dentro de algún tiempo escribiría otras; tal vez entonces éstas me parezcan tontas. En todo caso, podemos acabar como Groucho Marx: éstos son mis principios; y si no te gustan, tengo otros...

domingo, 15 de mayo de 2005

Guerra de sexos

¿Qué es la guerra de sexos y qué puedo decir yo acerca de eso? Supongo que la cuestión se podrá analizar desde perspectivas diversas. Si fuera psicólogo, tal vez sabría explicar qué parte de nosotros deriva del hecho de ser sexuados, qué cualidades corresponden a cada sexo y cuáles de ellas entran o pueden entrar en conflicto recíproco. Si yo fuera psicólogo... pero no lo soy.

Si yo fuera paleobiólogo, probablemente creería que detrás de un hombre y una mujer hay largos siglos de evolución divergente, y mantendría la hipótesis de que el auténtico origen de la guerra de sexos está en el momento evolutivo del bipedismo y de la pérdida de celo. ¿Será todo eso verdad? No lo sé: como no soy paleobiólogo...

También se puede disertar largo y tendido sobre la guerra de sexos y la violencia, el abuso de poder, la educación, la instrumentalización de la diferencia, etc. ¿Qué necesitaría ser para hacer eso? Lamentablemente, casi cualquier cosa: sociólogo, pedagogo, pero también contertulio, famoso, concursante, listo profesional...

También podríamos recurrir a algunos de los grandes nombres de la Historia. Podríamos así aprender que la mujer es un ser inferior ("la hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades" –Aristóteles–), pero con la cualidad de resultar atractiva ("la mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido, aunque agradable y gracioso" –Erasmo de Rotterdam–), y que debe por tanto cultivar únicamente la cualidad de gustar ("no hay manto ni sayo que peor siente a una mujer que el querer ser sabia" –Martín Lutero–). Queda claro, pues, que la mujer existe para ser utilizada por el hombre ("las mujeres están para ser gustadas. Después, unas se dejan, otras no… Eso ya va por provincias" –Camilo José Cela–). En definitiva, esta pequeña ensalada de perlas nos enseña que el genio y el patán pueden perfectamente convivir debajo del mismo sombrero. Si algo queda claro en esta historia de hombres es su definitiva ineptitud para comprender a las mujeres; lo reconocía claramente Sigmund Freud: "la gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?"

Otra luz que puede iluminar la cuestión de la guerra de sexos es la del humor, puesto que hay miles de chistes de todo tipo que la ilustran copiosamente. Estas pocas líneas no permiten tratar más que uno de esos tipos: el que parece en primer lugar "reversible" (que puede contarse tanto acerca de hombres como de mujeres), pero suscita la reflexión de si, en verdad, pueden aplicarse en sentido doble. Estos chistes son auténticas joyas de perspicacia. Por ejemplo, éste que clasifica las cuatro fases del enamoramiento masculino: "Primero te gustan todas; luego, sólo te gusta una; más tarde, vuelven a gustarte todas; por último, te gustan todas menos una". ¿Puede predicarse lo anterior de los dos sexos, o acaso conviene más al masculino? Tal vez se ajuste más al femenino esta revisión del chiste anterior, hecha por un amigo mío: "Primero te gustan todas; luego te casas y ya no te gusta ninguna". Dilucidar si estas dos versiones presentan una distribución sexual y ensayar posibles explicaciones para cualquiera de las dos opciones, creo que podría dar para alguna que otra sesuda tesis doctoral.

En fin. Ya casi he terminado mi ejercicio de redacción. Me habría gustado ser psicólogo, paleobiólogo, sociólogo, pedagogo, incluso listo. Pero como, al parecer, no soy nada de eso, ni sé de nada, he acabado contando chistes. Sin embargo, creo que en ellos se puede encontrar la manera tal vez más humana de encarar la dichosa guerra de sexos: mirar con honradez cómo somos, qué ridículamente nos comportamos tantas veces, y sonreír después con benevolencia. Porque en esa sonrisa anidan la comprensión, el perdón (¿es que no son lo mismo?) e incluso, a veces, el propósito de enmienda.

(Publicado en la revista Deusto, nº. 86, 2005, pág. 39)